¿Ser o no ser? Elemental, mi querido Hamlet.
Ser “humano” significa equivocarse, tener defectos, caer y dudar. Pero también significa acertar, mejorar, levantarse y aprender. Como seres humanos somos imperfectos, pero perfectibles. Esto parece muy fácil de entender y aceptar.
Detengámonos un poco en la primer parte, pero hagámoslo en primera persona y digamos: “Soy humano y eso significa que me equivoco, que tengo defectos, que caigo y que dudo”. Ya no es igual de fácil aceptarlo. En ocasiones decimos cosas que lastiman a nuestros seres queridos, a veces nos comportamos egoístamente, a veces nos gana la flojera, la envidia, el rencor, la ira o cualquier sentimiento negativo. Sin embargo, esta sencilla verdad parece algo muy difícil de aceptar.
Es probable que seamos personas dispuestas a “mejorar” y creemos que hemos aprendido a “aceptar” nuestros defectos. ¿Qué sucede dentro de nosotros si el juicio viene de otra persona? Seguramente responderemos: “¡No! No soy así” o “¡No es mi culpa!”. Una reacción de defensa inconsciente, automática e instantánea, implantada desde pequeños, cuando necesitábamos la aprobación paternal para “sobrevivir”. Tememos reconocer nuestras características “malas” porque creemos que eso significa que somos “malos”, lo cual nos traerá el rechazo de los demás.
También decía que, ser “humano” significa acertar, mejorar, levantarse y aprender. Pero tampoco lo hacemos todo el tiempo. Además de ser difícil aceptar que actuamos “mal”, también lo es que no actuamos siempre “bien”. Si alguien pregunta: “¿Cómo estás?” Nuestras respuestas suelen ser “estoy bien”, aunque estemos tristes, deprimidos, enojados, indignados o dolidos. Tenemos vergüenza de aceptar que no somos “perfectos”, que en realidad somos "débiles" o que no podemos manejar una situación. De niños nos portábamos “bien” con el fin de obtener el amor paternal. Aseguramos que “todo está bien”, sin importar qué tan infelices nos estemos sintiendo. Al hacerlo así, nos traicionamos.
El afán de ser “buenos”, "inteligentes", "agradables" o "capaces" nos lleva a realizar actos que no deseamos o realizarlos sin tener una intención real, con un tremendo derroche de energía. También nos vuelve víctimas fáciles de otros que, apretando estos “botones” logran de nosotros lo que ellos desean: “préstame esto, no seas egoísta” o "seguramente tú puedes ayudarme". ¿Cuántas veces nos sentimos obligados a hacer algo que no deseamos sólo para no ser “malos” o para no perder la imagen de “buenos”? El mismo afán nos lleva a culpar a algo o a alguien de nuestros problemas y errores, a la pérdida de la responsabilidad personal.
Es una confusión creer que actuar “bien” o “mal” nos convierte en “buenos” o “malos”. Esta confusión nos hace más vulnerables aún. Más allá de nuestros actos están nuestros pensamientos, intenciones y sentimientos. Podemos actuar “bien” por las razones equivocadas o con malas intenciones y esto no nos hará “buenos”. Igualmente, podemos "equivocarnos" teniendo las mejores intenciones y esto no nos hará "malos".
La lucha diaria por querer actuar “correctamente”, ser o aparentar ser “buenos”, tener la “razón”, tener “éxito” en la vida o ser “mejores” resulta contraproducente o, cuando menos, inútil. Esto podrá ser difícil de aceptar pues estamos inundados de literatura de autoayuda y acudimos a estas lecturas para conseguirlo. No quiero decir que estos libros estén mal, sólo la lucha con nosotros mismos por escapar de nuestros defectos es la que está equivocada.
Resistimos, rechazamos, reprimimos y odiamos la parte que nos resulta dolorosa o que consideramos despreciable. Al hacerlo, en realidad estamos luchando contra una parte de nosotros mismos. Negar el dolor, los defectos o los errores no hará que desaparezcan. Sólo su aceptación permitirá trascenderlos.
Otra confusión existe en la selección personal de lo que es “bueno” y lo que es “malo”. Por ejemplo, podemos ser una persona “ordenada” y creer que es una “virtud”, cuando en realidad ocultamos una dolorosa rigidez, un miedo a perder el control y vivir en el desorden total. Y, cuando coincidimos con otro que se “permite” el desorden, no lo toleramos, aunque expresemos “no tolero el desorden”, en realidad “no nos permitimos ser desordenados”. Por tanto, la aceptación de ambas partes, sin distinción, se vuelve más que imprescindible. Sólo aceptando, y no negando, podremos explorar esas partes “oscuras” de nuestra personalidad y llevarles “luz”. Al llevar “luz” a nuestro interior, podemos descubrir que “lo malo no es tan malo y que lo bueno no es tan bueno”, y nos dará más libertad, conocimiento y comprensión de nosotros, de los demás y del mundo mismo.
Cuando observamos nuestras fallas, perdemos de vista nuestros aciertos. Cuando observamos nuestros aciertos, perdemos de vista nuestras fallas. Esto suele suceder porque escindimos: Aquí lo bueno, allá lo malo. Aquí quiero o debo estar, allá no quiero o no debo estar. Esta misma escisión, también, la llevamos afuera de nosotros y vemos a la gente como aliados o enemigos. Vemos al mundo como "terrible" o "hermoso".
Cuando rechazamos nuestros defectos, también los rechazamos en los demás. Y, actuado o no, será percibido a nivel consciente o inconsciente y provocará una respuesta. Esto genera gran número de conflictos en las relaciones de todo tipo. Así mismo, cuando rechazamos algo en los demás, tenemos la pista de qué es lo que estamos rechazando en nosotros.
Por el contrario, cuando aceptamos un defecto nuestro, podemos aceptar el mismo defecto en los demás, dando paso a la compasión y la caridad. Cuando lo logremos, entenderemos que “amar al prójimo como a ti mismo”, más que un mandamiento, es una invitación a vivir la vida tal como debe ser vivida. El amor es la realidad de la vida misma y requiere de aceptación, tanto propia, como del otro. Sin amor por nosotros mismos, las relaciones se convierten en “entrega” y sin amor por el otro se convierten en “saqueo”. Todas las relaciones de amor: erótico, fraternal, paternal, maternal, filial, humano y en todas sus formas, requieren de la aceptación.
“¿Ser o no ser?” La respuesta es muy simple: “Ser y no ser”. Debemos abandonar el dualismo (bueno o malo), la escisión (esto o lo otro), los opuestos (listo o tonto) para permitir aceptar el “y”. No siempre actuamos bien o mal, sino que en ocasiones actuamos bien y en ocasiones actuamos mal. Este pequeño cambio (la letra “o” por la letra “y”) es todo lo que necesitamos para empezar a aceptar nuestras dualidades.
Emplear el “o” es vivir con miedo. “Vivimos o morimos” conduce al miedo a la muerte. Vivimos y morimos, lleva a la aceptación de la realidad. Ser listo o tonto, trae el miedo a la vergüenza de parecer "tonto". Entre más aceptamos nuestras dualidades menos dependemos de realizar las exigencias propias o ajenas para sentirnos bien, podemos ser más honestos con nuestros propios sentimientos y podemos fijar nuevas expectativas reales acordes con lo que en realidad deseamos.
Existe el miedo a dejar salir lo peor de nosotros, nuestra negatividad y nuestra destructividad, de destapar la "cloaca". No sucede así, al dar luz a nuestros "terribles demonios" interiores -aceptándolos- pierden su “fuerza”, ya que ésta radica en la obscuridad, en sorprendernos cuando menos lo esperamos, en tomar control de nuestra vida, precisamente a través del miedo. Imaginemos nuestra parte negativa como un péndulo: con la fuerza que apliquemos para alejarla, con esa misma fuerza regresará.
La aceptación de nuestras dualidades significa dejar de tratar de ser lo que no somos para atrevernos a ser lo que en verdad somos. Y, lo que en verdad somos, es la suma de las dos partes: las aceptadas y las no aceptadas.
Enoch Alvarado
14 de diciembre de 2008
12 de diciembre de 2008
Juan Carlos, o los disfraces.
Juan Carlos, o los disfraces.
Juan Carlos era uno de mis mejores amigos de la adolescencia. Inteligente, educado y culto. Aunque eran épocas de jugar y divertirse, él prefería la lectura y las discusiones filosóficas. Con su actitud, más que un chico de 13 años, parecía un pequeño intelectual, aunque no por su tamaño, ya que era el más alto del salón. Después de algunos años, nos reencontramos cuando él ya era un verdadero intelectual -pipa incluída- y pertenecía al círculo intelectual del D.F. Un buen día, no sé qué pasó, incursionó rumbos totalmente distintos: el chamanismo, el ciclismo, motorismo y no sé cuántos más. Amén de haber logrado su sueño, de una vida muy interesante y de muchas otras cosas, le admiro el valor y la capacidad de despojarse de ese disfraz de intelectual y reinventarse una y otra vez.
En mayor o menor grado, todos usamos disfraces. Es más evidente en los adolescentes cuando se visten "fresas", de "emos", "punks", "darks", "rebeldes" o de cualquier otra cosa que se les ocurra, en su afán de “ser distintos, pero iguales”. Distintos a los demás (principalmente de los padres), pero iguales entre ellos (los amigos). Pero mientras en la mayoría de los jóvenes son modas pasajeras, de adultos solemos usarlos por mucho más tiempo. Muchos morirán con ellos y, otros, llegarán a morir por ellos.
Un disfraz es el conjunto de comportamientos y actitudes que, creemos, debemos usar ante las distintas actividades y situaciones de la vida.
Existen disfraces de papá o mamá, de jefe, de maestro, de estudioso, de popular, de intelectual, de científico, de militar, de galán, de diva, de limosnero, de político y de todo tipo de actividad posible. Es común “copiar” modelos “ajenos” que nos gustan, que nos impactan o que recordamos; pero, siempre resultarán distintos ya que les impusimos nuestro “toque” personal, nuestra cosmovisión.
Cuando tenemos listo un disfraz, salimos a mostrarlo con mucho entusiasmo. Por ejemplo, nos disfrazamos de “jefe” y esperamos que los demás se den cuenta que somos el “jefe”. Pero nos sorprendemos cuando los demás no sólo no se dan cuenta que somos “jefe”, sino que, según ellos, ni lo “parecemos”. Esta falta de reconocimiento al disfraz la vivimos como personal. Hasta cierto punto es entendible, ya que “estampamos” nuestra imagen en él. Igual sucede al contrario, cuando no entendemos de qué viene disfrazado el otro. Es un error común pensar que sólo puede existir un “diseño” correcto posible. Si dos disfraces no coinciden, podemos equivocarnos al pensar que uno tiene que estar mal. Algunos atacarán el disfraz ajeno mientras que otros pensarán que es el propio el equivocado.
Un disfraz no es un uniforme. De los uniformes podríamos esperar que fueran idénticos o al menos muy similares, con las variantes necesarias en talla, por supuesto. Los disfraces son totalmente diferentes entre sí. Existen grandes y pequeños, rígidos y flexibles, pesados y ligeros, tristes y alegres, oscuros y transparentes. Entonces, no sólo es inútil esperar que sean iguales, sino que no tienen por qué serlo, no es su función. Sólo podemos esperar que "parezcan” lo que tienen que “parecer”. Es decir, si usamos un disfraz de “policía” deberíamos parecer un “policía” para que el disfraz cumpla su cometido.
También me gusta la palabra disfraz porque puede ponerse y quitarse a voluntad, aunque no todos tengan la voluntad de hacerlo. Mucha gente jamás ha pensado en quitárselo y otros ni siquiera están conscientes que los están usando. Por ejemplo, existen “mamás” que se la pasan siendo “mamás” toda la vida, incluso con los esposos, amigos, vecinos y todo el que se deje. O bien, hay “capataces” que, al llegar a su casa, siguen siendo “capataces”. Esta incapacidad de desprenderse del “disfraz” obedece a la sensación de que, sin él, desaparecemos. Confundimos nuestro ser con nuestros actos. Recordemos que "el hábito no hace al monje".
En la medida en que nos esforzamos por “parecer” lo que queremos “parecer” en la forma en que queremos “parecer”, empleamos mucha energía vital y acabamos agotados. Y, ¿para qué queremos "parecer"? Normalmente lo hacemos para ser aceptados, para cumplir con las expectativas propias y ajenas. Sin embargo, no podemos mantener el engaño por mucho tiempo. Nuestra verdadera esencia asoma por debajo y tarde o temprano será descubierta.
Usamos uno o más disfraces a lo largo del día. Algunos se quitarán uno antes de ponerse otro. Habrá quienes se pondrán uno sobre otro. Así, los primeros podrán dejar de ser “jefe” al llegar a casa para ser “papá” o “esposo”. Mientras que los segundos serán “jefe y papá” o “jefe y esposo” en casa. Debemos aprender a quitarnos el disfraz y guardarlo, al menos hasta la próxima vez que lo necesitemos usar.
Así como revisamos nuestro guarda-ropa periódicamente para deshacernos de aquellas prendas que ya no nos sirven, de igual manera deberíamos prescindir de disfraces totalmente pasados de moda, que ya no son de nuestra talla (pues hemos crecido y madurado) o al menos, darles una revisada para ver qué partes del disfraz ya no necesitas qué estén ahí.
Ejercicio. Limpiando el guarda-ropa.
a) Elabora una lista de algunas de las actividades principales que desarrollas y tu papel en casa (padre, madre, hijo, hermano, etc.), en el trabajo y con los amigos. Ahí tienes tu lista de disfraces.
b) Elige cualquiera de ellos y observa tu disfraz: ¿Soy sólo ésto? ¿Qué más soy, además de ésto? Revisa para qué te sirve tu disfraz: ¿Dónde lo uso? ¿Dónde es necesario usarlo? ¿Dónde lo estoy usando que no corresponde?
c) Trata de recordar cómo confeccionaste el disfraz: ¿Recuerdas si tomaste un molde ajeno? ¿Estás seguro que te sigue siendo útil con lo que hoy sabes de la vida?
d) Repite los pasos b) y c) con los demás disfraces.
Enoch Alvarado
Juan Carlos era uno de mis mejores amigos de la adolescencia. Inteligente, educado y culto. Aunque eran épocas de jugar y divertirse, él prefería la lectura y las discusiones filosóficas. Con su actitud, más que un chico de 13 años, parecía un pequeño intelectual, aunque no por su tamaño, ya que era el más alto del salón. Después de algunos años, nos reencontramos cuando él ya era un verdadero intelectual -pipa incluída- y pertenecía al círculo intelectual del D.F. Un buen día, no sé qué pasó, incursionó rumbos totalmente distintos: el chamanismo, el ciclismo, motorismo y no sé cuántos más. Amén de haber logrado su sueño, de una vida muy interesante y de muchas otras cosas, le admiro el valor y la capacidad de despojarse de ese disfraz de intelectual y reinventarse una y otra vez.
En mayor o menor grado, todos usamos disfraces. Es más evidente en los adolescentes cuando se visten "fresas", de "emos", "punks", "darks", "rebeldes" o de cualquier otra cosa que se les ocurra, en su afán de “ser distintos, pero iguales”. Distintos a los demás (principalmente de los padres), pero iguales entre ellos (los amigos). Pero mientras en la mayoría de los jóvenes son modas pasajeras, de adultos solemos usarlos por mucho más tiempo. Muchos morirán con ellos y, otros, llegarán a morir por ellos.
Un disfraz es el conjunto de comportamientos y actitudes que, creemos, debemos usar ante las distintas actividades y situaciones de la vida.
Existen disfraces de papá o mamá, de jefe, de maestro, de estudioso, de popular, de intelectual, de científico, de militar, de galán, de diva, de limosnero, de político y de todo tipo de actividad posible. Es común “copiar” modelos “ajenos” que nos gustan, que nos impactan o que recordamos; pero, siempre resultarán distintos ya que les impusimos nuestro “toque” personal, nuestra cosmovisión.
Cuando tenemos listo un disfraz, salimos a mostrarlo con mucho entusiasmo. Por ejemplo, nos disfrazamos de “jefe” y esperamos que los demás se den cuenta que somos el “jefe”. Pero nos sorprendemos cuando los demás no sólo no se dan cuenta que somos “jefe”, sino que, según ellos, ni lo “parecemos”. Esta falta de reconocimiento al disfraz la vivimos como personal. Hasta cierto punto es entendible, ya que “estampamos” nuestra imagen en él. Igual sucede al contrario, cuando no entendemos de qué viene disfrazado el otro. Es un error común pensar que sólo puede existir un “diseño” correcto posible. Si dos disfraces no coinciden, podemos equivocarnos al pensar que uno tiene que estar mal. Algunos atacarán el disfraz ajeno mientras que otros pensarán que es el propio el equivocado.
Un disfraz no es un uniforme. De los uniformes podríamos esperar que fueran idénticos o al menos muy similares, con las variantes necesarias en talla, por supuesto. Los disfraces son totalmente diferentes entre sí. Existen grandes y pequeños, rígidos y flexibles, pesados y ligeros, tristes y alegres, oscuros y transparentes. Entonces, no sólo es inútil esperar que sean iguales, sino que no tienen por qué serlo, no es su función. Sólo podemos esperar que "parezcan” lo que tienen que “parecer”. Es decir, si usamos un disfraz de “policía” deberíamos parecer un “policía” para que el disfraz cumpla su cometido.
También me gusta la palabra disfraz porque puede ponerse y quitarse a voluntad, aunque no todos tengan la voluntad de hacerlo. Mucha gente jamás ha pensado en quitárselo y otros ni siquiera están conscientes que los están usando. Por ejemplo, existen “mamás” que se la pasan siendo “mamás” toda la vida, incluso con los esposos, amigos, vecinos y todo el que se deje. O bien, hay “capataces” que, al llegar a su casa, siguen siendo “capataces”. Esta incapacidad de desprenderse del “disfraz” obedece a la sensación de que, sin él, desaparecemos. Confundimos nuestro ser con nuestros actos. Recordemos que "el hábito no hace al monje".
En la medida en que nos esforzamos por “parecer” lo que queremos “parecer” en la forma en que queremos “parecer”, empleamos mucha energía vital y acabamos agotados. Y, ¿para qué queremos "parecer"? Normalmente lo hacemos para ser aceptados, para cumplir con las expectativas propias y ajenas. Sin embargo, no podemos mantener el engaño por mucho tiempo. Nuestra verdadera esencia asoma por debajo y tarde o temprano será descubierta.
Usamos uno o más disfraces a lo largo del día. Algunos se quitarán uno antes de ponerse otro. Habrá quienes se pondrán uno sobre otro. Así, los primeros podrán dejar de ser “jefe” al llegar a casa para ser “papá” o “esposo”. Mientras que los segundos serán “jefe y papá” o “jefe y esposo” en casa. Debemos aprender a quitarnos el disfraz y guardarlo, al menos hasta la próxima vez que lo necesitemos usar.
Así como revisamos nuestro guarda-ropa periódicamente para deshacernos de aquellas prendas que ya no nos sirven, de igual manera deberíamos prescindir de disfraces totalmente pasados de moda, que ya no son de nuestra talla (pues hemos crecido y madurado) o al menos, darles una revisada para ver qué partes del disfraz ya no necesitas qué estén ahí.
Ejercicio. Limpiando el guarda-ropa.
a) Elabora una lista de algunas de las actividades principales que desarrollas y tu papel en casa (padre, madre, hijo, hermano, etc.), en el trabajo y con los amigos. Ahí tienes tu lista de disfraces.
b) Elige cualquiera de ellos y observa tu disfraz: ¿Soy sólo ésto? ¿Qué más soy, además de ésto? Revisa para qué te sirve tu disfraz: ¿Dónde lo uso? ¿Dónde es necesario usarlo? ¿Dónde lo estoy usando que no corresponde?
c) Trata de recordar cómo confeccionaste el disfraz: ¿Recuerdas si tomaste un molde ajeno? ¿Estás seguro que te sigue siendo útil con lo que hoy sabes de la vida?
d) Repite los pasos b) y c) con los demás disfraces.
Enoch Alvarado
11 de diciembre de 2008
La crisis y el negro porvenir.
La crisis y el negro porvenir.
Es mentira que la crisis esté generalizada, ya que sólo afecta de coroneles hacia abajo. Según nuestro Gobierno, sólo afecta a unas cuantas personas en todo el País. Estoy totalmente de acuerdo, sólo afecta a seis. Tres del singullar (yo, tú, él) y tres del plural (nosotros, ustedes y ellos).
Las cifras oficiales demuestran que hay muchos nuevos ricos ... no aclaran que antes eran millonarios. También aseveran estas mismas cifras que el número de pobres se ha reducido ... Es cierto, ¡ya se murieron de hambre!
Pinochet, después de dar su golpe de Estado en Chile, dijo unas "sabias" palabras que reflejan la situación actual de nuestro México. "El País estaba al borde de un precipicio. Hoy, hemos dado un paso al frente".
Mucha gente quedará con una mano adelante y la otra mano atrás, y para sobrevivir no faltará quienes tendrán que quitarse -ellas- la mano de adelante y ellos, la de atrás.
La crisis también traerá disgustos en las familias, ya que todos sabemos que cuando el hambre entra por la puerta, el amor sale por la ventana (como el Sancho). Pero la crisis es mucho peor que un divorcio, porque también pierdes la mitad de tu patrimonio, pero la "fiera" sigue en casa.
Y ya que tocamos el tema, a mi no me preocupa el Sancho. Es más, si mi mujer se quiere ir con él, me voy con ellos.
Le pregunté a un amigo, que es vendedor, cómo le iba en su chamba. Me contestó: "Mis ventas han subido: ya vendí la tele, mis muebles y hasta los juguetes de mis hijos". Me platicó cómo hacen para que en su casa puedan comer "a la carta": "Tomamos una baraja, repartimos una carta a cada uno y quien saca la más alta, es quien come". A su abuela, le cambiaron el tanque de oxígeno por un fuelle y se las ingeniaron para que la mecedora del abuelo lo accione. Lo malo era cuando se quedaba dormido, platicaba, pero los jadeos desesperados de la abuela afortunadamente lo alcanzan a despertar. Su mujer está lavando ropa ajena, la hija mayor se metió de prostituta y los pequeños, en una esquina de limosneros. Todos ayudan en su casa. Si la cosa empeora, me dijo muy gravemente, tendrá que dejar de fumar, invitar los tragos a los cuates en el "teibol" y terminar con su amante.
En lo personal, esta crisis me recuerda mis años de adolescente: la cosa se me está poniendo dura, negra y de pelos. Aunque muchos no puedan dormir, yo duermo como un bebé... me despierto llorando cada 3 horas.
El otro día fuí asaltado y el "rata", cuando vio que sólo tenía un billete de $20 pesos en la cartera me dijo: "Chaaaale, cuate... si estás bien jodidoooo. ¿"pos" a qué te dedicaaaas?". "Soy Ingeniero en Sistemas", le contesté. Y el "caco" me contesta: "¿Y de qué generación eres, colegaaaa?".
La crisis me ha traído mucho trabajo. Sí, mucho trabajo para encontrar clientes, mucho trabajo para vender y mucho más trabajo para cobrar. Quise vender mi alma al Diablo; pero me dijo que ya era suya desde hace mucho. Ahora, no sé si vender mi casa y salvar mi reputación... o vender mi reputación y salvar mi casa.
Me reiría de la crisis, pero es una cosa seria. El año pasado la gente reía con el chiste del "año del consumismo": "con su mismo traje", "con su mismo coche"... Hoy, andan rogando a Dios seguir "con su mismo trabajo". Este año será declarado como el año de Picasso, pues pintó de la fregada y nadie entendió ni madres.
Para aquellos que creen que México no importa... déjenme decirles que esta crisis sí la importamos, como los productos chinos. Aunque se originó en USA ha llegado a todos los rincones del planeta, aunque en forma algo diferente. Por ejemplo, en África la gente no logra distinguir la diferencia, en China andan viendo cómo hacer crisis más baratas y deshechables y en Rusia dicen que "peor que haber descubierto las mentiras del socialismo es haber descubierto las verdades del capitalismo". Los gringos, por su parte, tienen grandes esperanzas en su próximo Presidente. No se han dado cuenta que tienen un negro porvenir. Y que, por más que le busquen, siempre se las verán negras.
Enoch Alvarado
Es mentira que la crisis esté generalizada, ya que sólo afecta de coroneles hacia abajo. Según nuestro Gobierno, sólo afecta a unas cuantas personas en todo el País. Estoy totalmente de acuerdo, sólo afecta a seis. Tres del singullar (yo, tú, él) y tres del plural (nosotros, ustedes y ellos).
Las cifras oficiales demuestran que hay muchos nuevos ricos ... no aclaran que antes eran millonarios. También aseveran estas mismas cifras que el número de pobres se ha reducido ... Es cierto, ¡ya se murieron de hambre!
Pinochet, después de dar su golpe de Estado en Chile, dijo unas "sabias" palabras que reflejan la situación actual de nuestro México. "El País estaba al borde de un precipicio. Hoy, hemos dado un paso al frente".
Mucha gente quedará con una mano adelante y la otra mano atrás, y para sobrevivir no faltará quienes tendrán que quitarse -ellas- la mano de adelante y ellos, la de atrás.
La crisis también traerá disgustos en las familias, ya que todos sabemos que cuando el hambre entra por la puerta, el amor sale por la ventana (como el Sancho). Pero la crisis es mucho peor que un divorcio, porque también pierdes la mitad de tu patrimonio, pero la "fiera" sigue en casa.
Y ya que tocamos el tema, a mi no me preocupa el Sancho. Es más, si mi mujer se quiere ir con él, me voy con ellos.
Le pregunté a un amigo, que es vendedor, cómo le iba en su chamba. Me contestó: "Mis ventas han subido: ya vendí la tele, mis muebles y hasta los juguetes de mis hijos". Me platicó cómo hacen para que en su casa puedan comer "a la carta": "Tomamos una baraja, repartimos una carta a cada uno y quien saca la más alta, es quien come". A su abuela, le cambiaron el tanque de oxígeno por un fuelle y se las ingeniaron para que la mecedora del abuelo lo accione. Lo malo era cuando se quedaba dormido, platicaba, pero los jadeos desesperados de la abuela afortunadamente lo alcanzan a despertar. Su mujer está lavando ropa ajena, la hija mayor se metió de prostituta y los pequeños, en una esquina de limosneros. Todos ayudan en su casa. Si la cosa empeora, me dijo muy gravemente, tendrá que dejar de fumar, invitar los tragos a los cuates en el "teibol" y terminar con su amante.
En lo personal, esta crisis me recuerda mis años de adolescente: la cosa se me está poniendo dura, negra y de pelos. Aunque muchos no puedan dormir, yo duermo como un bebé... me despierto llorando cada 3 horas.
El otro día fuí asaltado y el "rata", cuando vio que sólo tenía un billete de $20 pesos en la cartera me dijo: "Chaaaale, cuate... si estás bien jodidoooo. ¿"pos" a qué te dedicaaaas?". "Soy Ingeniero en Sistemas", le contesté. Y el "caco" me contesta: "¿Y de qué generación eres, colegaaaa?".
La crisis me ha traído mucho trabajo. Sí, mucho trabajo para encontrar clientes, mucho trabajo para vender y mucho más trabajo para cobrar. Quise vender mi alma al Diablo; pero me dijo que ya era suya desde hace mucho. Ahora, no sé si vender mi casa y salvar mi reputación... o vender mi reputación y salvar mi casa.
Me reiría de la crisis, pero es una cosa seria. El año pasado la gente reía con el chiste del "año del consumismo": "con su mismo traje", "con su mismo coche"... Hoy, andan rogando a Dios seguir "con su mismo trabajo". Este año será declarado como el año de Picasso, pues pintó de la fregada y nadie entendió ni madres.
Para aquellos que creen que México no importa... déjenme decirles que esta crisis sí la importamos, como los productos chinos. Aunque se originó en USA ha llegado a todos los rincones del planeta, aunque en forma algo diferente. Por ejemplo, en África la gente no logra distinguir la diferencia, en China andan viendo cómo hacer crisis más baratas y deshechables y en Rusia dicen que "peor que haber descubierto las mentiras del socialismo es haber descubierto las verdades del capitalismo". Los gringos, por su parte, tienen grandes esperanzas en su próximo Presidente. No se han dado cuenta que tienen un negro porvenir. Y que, por más que le busquen, siempre se las verán negras.
Enoch Alvarado
9 de diciembre de 2008
Chucho, o las etiquetas
Chucho, o las etiquetas.
¡Chucho!* era la “respuesta automática” de las maestras siempre que se escuchaba algún ruido, si alguien reía o si alguien gritaba ¡Maestra!. Chucho fue mi primer amigo de la infancia pues lo conocí mucho antes de que entráramos a la Primaria. Es verdad que tenía más energía que todos, siempre fue fuerte y coordinado. Muy buen jugador de futbol y, en general, en todos los deportes. Aunque tenía bajas notas, era el mejor deportista y, estoy seguro que si se calificaran la amistad, la destreza o la nobleza, él habría ocupado el primer lugar indiscutible.
Por supuesto que no siempre era el único que hacía travesuras, ya que todos las hacíamos. Recuerdo una ocasión en que otro compañero hizo una travesura y, como siempre, la maestra de inmediato culpó a Chucho. Él no era el culpable, y todos lo sabíamos. Hizo un mínimo esfuerzo para evitar el castigo diciendo: “Yo no fui, maestra”. La maestra le preguntó: “¿Quién fue?” Él calló y soportó el castigo sin volver a protestar. Nadie lo defendió, ya que implicaba delatar al verdadero culpable. Yo tampoco estuve a la altura que Chucho merecía, lo sé. En el recreo le pregunté: “¿Por qué no dijiste que fue Mario?” Su respuesta, me dejó con una mezcla de admiración y tristeza: “¿Para qué? Yo ya estoy acostumbrado a los castigos y Mario no”. Así era Chucho. Fuerte, no sólo físicamente, sino para soportar sobre su espalda las culpas ajenas; pero su desesperanza me dolió. Era un chiquillo y no supe qué decirle.
Chucho tenía la etiqueta de “travieso”. Esta etiqueta le acompañó durante todos sus años escolares. Le era imposible librarse de ella. Al inicio de un nuevo ciclo escolar, la maestra anterior "advertía" a la nueva.
¿Qué son, entonces las etiquetas? Son adjetivos, principalmente juicios de valor sobre la persona. Ya sea sobre su físico (el “flaco” o la “bonita”), sobre su comportamiento (el “travieso” o el “tímido”), sobre sus aptitudes (el “debilucho”, el “inteligente”), actitudes, creencias, carácter, sentimientos y hasta por detalles tan ajenos al etiquetado, como “el mayor” de la familia o el “pilón”. En otras épocas, afortunadamente ya superadas, era un estigma ser "bastardo", "hijo natural" o ser "hijo de padres divorciados".
Las etiquetas limitan tanto al etiquetado como a los etiquetadores. Sin embargo, es el etiquetado quien más la sufre, ya que la conservará durante muchos años más. Muchas veces, hasta el fin de su vida, mucho tiempo después de que los demás se hayan olvidado de ella. A todos nos “cuelgan” nuestras etiquetas. Podemos "protestar" por ellas, pero solemos acostumbrarnos pronto y, peor aún, a darlas por ciertas. El problema se agrava más porque los etiquetados sabemos, en nuestro interior, que NO somos lo que la etiqueta dice, pero nos “rendimos” ante ella, traicionándonos. Y, si somos capaces de traicionarnos, entonces nos sentimos indignos. Merecedores y capaces de las peores cosas. La peor traición es a uno mismo y esto lo hacemos todo el tiempo.
Cuando etiquetamos a otros, aceptamos nuestras etiquetas o nos etiquetamos a nosotros mismos, nos privamos de descubrir los demás aspectos del etiquetado. Todos somos seres valiosos y, en la medida en que nos permitimos descubrirlo y aceptarlo, enriquecemos nuestro mundo.
Cuando descubrimos que el etiquetado o nosotros mismos no somos lo que “siempre creímos” solemos sorprendernos. Sin embargo, no faltará quien se aferre a su creencia de que la etiqueta (propia o ajena) es verdadera, por más pruebas que la vida le de en contrario.
Muchas veces sólo es necesario que una sola persona “pegue” una etiqueta a alguien para que los demás la den por buena, sin siquiera usar su propio criterio. Estamos más que listos para poner y emplear etiquetas de todo tipo: buenas o malas, graciosas u odiosas, acertadas o no. Solemos emplearlas por “pereza mental” ya que así “simplificamos” nuestra visión del mundo, sin darnos cuenta de cuánto nos limitamos. Etiquetamos a todo el mundo, a nuestros hijos, a nuestros alumnos, a los padres, a los amigos, a los clientes y hasta a nuestras mascotas. Las etiquetas suelen reflejar nuestra percepción de los “valores” que consideramos correctos e incorrectos.
Ya te habrás dado cuenta qué tan dañino es “pegar” etiquetas. Las etiquetas son un "estigma" para el etiquetado. Incluso las etiquetas “buenas”, puestas con las mejores intenciones, suelen representar una carga para el etiquetado. Podemos decir de un niño que es “muy inteligente” y sufrirá en la medida en que no se permitirá fallar, sobre todo porque sabe que, en realidad, no siempre podrá estar a la altura de esta expectativa.
Una misma etiqueta puede significar algo positivo para ti y puede ser lo contrario para otros, o viceversa. Por ejemplo, ser “rebelde” lo puedes considerar como algo que te permite destacar y hacer cosas nuevas, por lo tanto deseable; o puedes sentirla como algo que te trae problemas y, por tanto, indeseable. En mi experiencia, he encontrado gente que, con orgullo, portan sus etiquetas y están dispuestas a mostrarlas a todo el mundo. Somos nosotros quienes le damos el verdadero sentido a nuestras etiquetas. Realmente, las etiquetas por sí mismas, son menos dañinas que aquello que "nos decimos" de ellas.
Otro gran problema surge porque la etiqueta es aceptada, mayormente, cuando viene de cualquier ascendente moral: padres, maestros, abuelos y personas que, supuestamente, están para enseñarnos y protegernos. Así que, entre más pequeños e indefensos, la etiqueta suele ser más aceptada sin poderse cuestionar. Es fácil rechazar las etiquetas que nos ponen los "iguales"; pero es muy difícil rechazar las que vienen de aquellos en quienes confiamos y en quienes amamos.
Cuando digo “pegar” las etiquetas lo digo con toda intención, ya que son totalmente “desprendibles”. No digo que para todos sea igual de fácil hacerlo, pero es totalmente posible. La dificultad surge cuando nos sentimos “indignos” por habernos traicionado y, por ello, las etiquetas son más “aceptables” que nuestra propia imagen. Así, las etiquetas pasan a ser un arma de defensa, y fortalecen su adherencia convirtiéndose en nuestras “aliadas”, al ocultar nuestra “terrible verdad” ante los demás.
En realidad todas las etiquetas están equivocadas, ya que no es verdad que “somos O no somos”, sino “somos Y no somos”. Este pequeño cambio, de una sola letra en nuestro pensamiento (de una conjunción disyuntiva a una copulativa) hará maravillas en nosotros. Pero de esto platicaremos más adelante.
Si quieres darte la oportunidad de explorar tu potencial y librarte de tus etiquetas, te recomiendo el siguiente ejercicio.
Ejercicio. Reconocer nuestras etiquetas.
a) Elabora una lista con aquellas etiquetas que puedas reconocer. Seguramente muchas veces has dicho: “hago esto porque…soy distraído, flojo, egoísta, etc.”, pues bien, ahí tienes una pista. No importa si el juicio es “bueno” o “malo”, sólo sé consciente de cuáles son las tuyas.
b) Añade a cada etiqueta de tu lista el calificativo de “deseable” o “indeseable” según tu punto de vista.
c) Elige una etiqueta “deseable” y pregúntate ¿SIEMPRE me comporto así? ¿JAMÁS fallo en ella?. Date cuenta que es imposible SER la etiqueta. Date cuenta que no ERES lo que dice tu etiqueta.
d) Revisa una etiqueta “indeseable” y date cuenta cómo eres tú quien le da el “valor” a la etiqueta. Pregúntate ¿cómo, cuándo o bajo qué circunstancias esta etiqueta “indeseable” podría ser “deseable”?
e) Elige cualquier etiqueta de tu lista. ¿Recuerdas quién te la “pegó”? ¿Recuerdas desde cuándo la tienes? Y contéstate si, después de todos estos años que han pasado, ¿crees seguir teniendo que portar esta etiqueta? Revisa qué “ganancia” tienes con cada etiqueta, ¿para qué te sirve tenerla?, ¿de qué te sirve o protege esta etiqueta?, ¿la usas para lograr algo?, ¿qué logras con ella?
f) Repite las dinámica c), d) y e) con las demás etiquetas.
Enoch Alvarado
* "Chucho" es el nombre cariñoso para los llamados Jesús en algunas partes de México.
¡Chucho!* era la “respuesta automática” de las maestras siempre que se escuchaba algún ruido, si alguien reía o si alguien gritaba ¡Maestra!. Chucho fue mi primer amigo de la infancia pues lo conocí mucho antes de que entráramos a la Primaria. Es verdad que tenía más energía que todos, siempre fue fuerte y coordinado. Muy buen jugador de futbol y, en general, en todos los deportes. Aunque tenía bajas notas, era el mejor deportista y, estoy seguro que si se calificaran la amistad, la destreza o la nobleza, él habría ocupado el primer lugar indiscutible.
Por supuesto que no siempre era el único que hacía travesuras, ya que todos las hacíamos. Recuerdo una ocasión en que otro compañero hizo una travesura y, como siempre, la maestra de inmediato culpó a Chucho. Él no era el culpable, y todos lo sabíamos. Hizo un mínimo esfuerzo para evitar el castigo diciendo: “Yo no fui, maestra”. La maestra le preguntó: “¿Quién fue?” Él calló y soportó el castigo sin volver a protestar. Nadie lo defendió, ya que implicaba delatar al verdadero culpable. Yo tampoco estuve a la altura que Chucho merecía, lo sé. En el recreo le pregunté: “¿Por qué no dijiste que fue Mario?” Su respuesta, me dejó con una mezcla de admiración y tristeza: “¿Para qué? Yo ya estoy acostumbrado a los castigos y Mario no”. Así era Chucho. Fuerte, no sólo físicamente, sino para soportar sobre su espalda las culpas ajenas; pero su desesperanza me dolió. Era un chiquillo y no supe qué decirle.
Chucho tenía la etiqueta de “travieso”. Esta etiqueta le acompañó durante todos sus años escolares. Le era imposible librarse de ella. Al inicio de un nuevo ciclo escolar, la maestra anterior "advertía" a la nueva.
¿Qué son, entonces las etiquetas? Son adjetivos, principalmente juicios de valor sobre la persona. Ya sea sobre su físico (el “flaco” o la “bonita”), sobre su comportamiento (el “travieso” o el “tímido”), sobre sus aptitudes (el “debilucho”, el “inteligente”), actitudes, creencias, carácter, sentimientos y hasta por detalles tan ajenos al etiquetado, como “el mayor” de la familia o el “pilón”. En otras épocas, afortunadamente ya superadas, era un estigma ser "bastardo", "hijo natural" o ser "hijo de padres divorciados".
Las etiquetas limitan tanto al etiquetado como a los etiquetadores. Sin embargo, es el etiquetado quien más la sufre, ya que la conservará durante muchos años más. Muchas veces, hasta el fin de su vida, mucho tiempo después de que los demás se hayan olvidado de ella. A todos nos “cuelgan” nuestras etiquetas. Podemos "protestar" por ellas, pero solemos acostumbrarnos pronto y, peor aún, a darlas por ciertas. El problema se agrava más porque los etiquetados sabemos, en nuestro interior, que NO somos lo que la etiqueta dice, pero nos “rendimos” ante ella, traicionándonos. Y, si somos capaces de traicionarnos, entonces nos sentimos indignos. Merecedores y capaces de las peores cosas. La peor traición es a uno mismo y esto lo hacemos todo el tiempo.
Cuando etiquetamos a otros, aceptamos nuestras etiquetas o nos etiquetamos a nosotros mismos, nos privamos de descubrir los demás aspectos del etiquetado. Todos somos seres valiosos y, en la medida en que nos permitimos descubrirlo y aceptarlo, enriquecemos nuestro mundo.
Cuando descubrimos que el etiquetado o nosotros mismos no somos lo que “siempre creímos” solemos sorprendernos. Sin embargo, no faltará quien se aferre a su creencia de que la etiqueta (propia o ajena) es verdadera, por más pruebas que la vida le de en contrario.
Muchas veces sólo es necesario que una sola persona “pegue” una etiqueta a alguien para que los demás la den por buena, sin siquiera usar su propio criterio. Estamos más que listos para poner y emplear etiquetas de todo tipo: buenas o malas, graciosas u odiosas, acertadas o no. Solemos emplearlas por “pereza mental” ya que así “simplificamos” nuestra visión del mundo, sin darnos cuenta de cuánto nos limitamos. Etiquetamos a todo el mundo, a nuestros hijos, a nuestros alumnos, a los padres, a los amigos, a los clientes y hasta a nuestras mascotas. Las etiquetas suelen reflejar nuestra percepción de los “valores” que consideramos correctos e incorrectos.
Ya te habrás dado cuenta qué tan dañino es “pegar” etiquetas. Las etiquetas son un "estigma" para el etiquetado. Incluso las etiquetas “buenas”, puestas con las mejores intenciones, suelen representar una carga para el etiquetado. Podemos decir de un niño que es “muy inteligente” y sufrirá en la medida en que no se permitirá fallar, sobre todo porque sabe que, en realidad, no siempre podrá estar a la altura de esta expectativa.
Una misma etiqueta puede significar algo positivo para ti y puede ser lo contrario para otros, o viceversa. Por ejemplo, ser “rebelde” lo puedes considerar como algo que te permite destacar y hacer cosas nuevas, por lo tanto deseable; o puedes sentirla como algo que te trae problemas y, por tanto, indeseable. En mi experiencia, he encontrado gente que, con orgullo, portan sus etiquetas y están dispuestas a mostrarlas a todo el mundo. Somos nosotros quienes le damos el verdadero sentido a nuestras etiquetas. Realmente, las etiquetas por sí mismas, son menos dañinas que aquello que "nos decimos" de ellas.
Otro gran problema surge porque la etiqueta es aceptada, mayormente, cuando viene de cualquier ascendente moral: padres, maestros, abuelos y personas que, supuestamente, están para enseñarnos y protegernos. Así que, entre más pequeños e indefensos, la etiqueta suele ser más aceptada sin poderse cuestionar. Es fácil rechazar las etiquetas que nos ponen los "iguales"; pero es muy difícil rechazar las que vienen de aquellos en quienes confiamos y en quienes amamos.
Cuando digo “pegar” las etiquetas lo digo con toda intención, ya que son totalmente “desprendibles”. No digo que para todos sea igual de fácil hacerlo, pero es totalmente posible. La dificultad surge cuando nos sentimos “indignos” por habernos traicionado y, por ello, las etiquetas son más “aceptables” que nuestra propia imagen. Así, las etiquetas pasan a ser un arma de defensa, y fortalecen su adherencia convirtiéndose en nuestras “aliadas”, al ocultar nuestra “terrible verdad” ante los demás.
En realidad todas las etiquetas están equivocadas, ya que no es verdad que “somos O no somos”, sino “somos Y no somos”. Este pequeño cambio, de una sola letra en nuestro pensamiento (de una conjunción disyuntiva a una copulativa) hará maravillas en nosotros. Pero de esto platicaremos más adelante.
Si quieres darte la oportunidad de explorar tu potencial y librarte de tus etiquetas, te recomiendo el siguiente ejercicio.
Ejercicio. Reconocer nuestras etiquetas.
a) Elabora una lista con aquellas etiquetas que puedas reconocer. Seguramente muchas veces has dicho: “hago esto porque…soy distraído, flojo, egoísta, etc.”, pues bien, ahí tienes una pista. No importa si el juicio es “bueno” o “malo”, sólo sé consciente de cuáles son las tuyas.
b) Añade a cada etiqueta de tu lista el calificativo de “deseable” o “indeseable” según tu punto de vista.
c) Elige una etiqueta “deseable” y pregúntate ¿SIEMPRE me comporto así? ¿JAMÁS fallo en ella?. Date cuenta que es imposible SER la etiqueta. Date cuenta que no ERES lo que dice tu etiqueta.
d) Revisa una etiqueta “indeseable” y date cuenta cómo eres tú quien le da el “valor” a la etiqueta. Pregúntate ¿cómo, cuándo o bajo qué circunstancias esta etiqueta “indeseable” podría ser “deseable”?
e) Elige cualquier etiqueta de tu lista. ¿Recuerdas quién te la “pegó”? ¿Recuerdas desde cuándo la tienes? Y contéstate si, después de todos estos años que han pasado, ¿crees seguir teniendo que portar esta etiqueta? Revisa qué “ganancia” tienes con cada etiqueta, ¿para qué te sirve tenerla?, ¿de qué te sirve o protege esta etiqueta?, ¿la usas para lograr algo?, ¿qué logras con ella?
f) Repite las dinámica c), d) y e) con las demás etiquetas.
Enoch Alvarado
* "Chucho" es el nombre cariñoso para los llamados Jesús en algunas partes de México.
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