La guerra de los Dioses.
Tengo un Dios que me ama, me cuida y salva de los peligros, me perdona mis fallas, cumple mis deseos y tiene para mi prometida la felicidad eterna. Definitivamente es muy “conveniente” un Dios así. Sobre todo, comparado con otros dioses cuyo carácter es enteramente opuesto: Un Dios que vigila, que castiga o que exige determinados comportamientos. Por supuesto, creo en el Dios que a mi me satisface y no puedo concebir que Dios no sea así. Por tanto, “mi” Dios y sólo mi Dios es el verdadero. Los demás son meras ilusiones o engaños del demonio. Quien piensa igual que yo, se salvará; pero quien no, irá al infierno.
Desgraciadamente, cada quien tiene su concepción de la divinidad la cual refleja sus más profundas necesidades y deseos. Es obvio que el Dios implacable y terrible de unos en poco se parece al Dios amoroso de otros. Ambos bandos se descalificarán mutuamente. En nuestro sistema de creencias, nosotros y sólo nosotros tenemos la razón. Ellos están equivocados terriblemente. ¿Equivocado yo? jamás. Lo mismo sucede en todas las religiones. Damos por hecho que sólo mi religión es la buena y las demás, falsas y, aún dentro de mi religión, las cosas son como yo las creo. Es muy cómodo pensar que ya me “salvé”, que ya “la hice” pues estoy del lado correcto…¡sólo por creer algo!. Yo estoy bien, los demás están mal. No hay posibilidad alguna de que yo me equivoque porque… ¿por qué? Sencillamente por nuestra necesidad infantil de tener a Dios de nuestro lado y “sentirnos protegidos”. Nos aferramos al pensamiento mágico que nada nos sucederá.
Es obvio que las creencias tan opuestas y encontradas acerca de la divinidad no pueden ser todas ciertas; sin embargo nadie está dispuesto a ceder un paso. Porque eso sería traicionar a Dios y entonces perderíamos todos los “privilegios” que tenemos con Él. ¿Es en realidad Dios como yo quiero que sea? Al crear una imagen “privada” de Dios lo estamos creando a nuestra imagen y semejanza. En realidad a imagen y semejanza de nuestros miedos, deseos y necesidades no resueltos.
Cuando algo malo nos sucede podemos considerarlo como “castigo divino” por aquellos que creemos en un Dios temible o bien, una “prueba” o bien, que sucedió porque “fallamos” en nuestra Fe, para quienes creemos en un Dios amoroso. No es porque en la vida sucedan cosas buenas y malas. En vez de aceptar la realidad, la acomodamos para justificar el carácter de Dios y, sobre todo por nuestra necesidad de que intervenga en nuestras vidas. Torcemos la realidad para justificar nuestras creencias. Así, la aparición del V.I.H. fue, para algunos, un signo “inequívoco” de la ira de Dios contra los varones homosexuales. Cuando se supo que no es exclusiva de ellos se convirtió un signo “inequívoco” de la ira de Dios contra los pecados de toda la humanidad. Coloquialmente decimos: "Si se muere, fue el médico. Si se cura, fue la Virgen".
Sin embargo, hemos constatado muchas veces que nuestros deseos no son cumplidos. ¿Acaso Dios no nos escuchó? Normalmente, no podemos aceptar eso y lo justificamos con argumentos: “Dios está muy ocupado”, “Mi Fe no es lo suficientemente buena” o “Dios me está castigando”. Entonces, necesitamos de “otros” semidioses para que nos “auxilien” o para que ellos sí nos concedan nuestros ruegos. Así, cuando Dios no es suficiente, acudimos a los Santos y ahí, entre ellos, hay unos más “milagrosos” que otros. O mejor, vamos derechito con la Virgen, ella es “Madre de Dios” y, por tanto, muy “influyente”. A últimas fechas, a falta de los milagros esperados, estamos recurriendo a los ángeles. Cuando tampoco sean escuchados nuestros ruegos, nos inventaremos algo nuevo para seguir pidiendo y esperando por los tan ansiados milagros.
Creer en la intromisión de Dios en todos los asuntos de la vida contiene la semilla de la apostasía. Si creemos que Dios manda las “bendiciones”, también creemos que Dios manda las “maldiciones” y castigos. Si no en nosotros, al menos esperamos que lo haga con los demás. Mientras todo sale como queremos, estamos muy “contentos” con “nuestro” Dios; pero cuando algo sale mal empiezan los reclamos, el alejamiento y hasta la blasfemia. Creer en la intervención divina en los asuntos humanos es renunciar al compromiso de vivir la vida. Si nos preguntamos “¿por qué Dios permite tanta miseria o injusticia en el mundo?” no vamos a ninguna parte. Si cambiamos la pregunta y la enunciamos en primera persona: “¿por qué permito yo tanta miseria o injusticia en el mundo?” entonces nos haremos conscientes de nuestra responsabilidad y podremos empezar a hacer algo, al menos en nuestro ámbito. Si vemos a un niño pasando frío y esperamos que Dios baje a cobijarlo estamos perdiendo el tiempo. Si le regalamos algo con qué cobijarse, entonces habremos dado un paso adelante. La responsabilidad viene con la madurez. Dar la espalda a la vida y esperar que venga Dios a arreglar los asuntos humanos y nuestros asuntos es fruto del pensamiento mágico infantil.
Tenemos la certeza que Dios está de nuestro lado y este es un sentimiento real. Tenemos certeza legítima de este sentimiento. Pero aunque la sensación es verdadera, eso no significa que nuestra creencia sea verdadera. Aún así, contra toda lógica, basamos nuestra Fe en esta certeza. Este sentimiento es tan “humano” que lo encontraremos en todas las religiones y aún fuera de ellas. Si visitamos un templo evangélico encontraremos a muchas personas recibiendo el “Espíritu Santo” bailando, revolviéndose, “hablando” otras lenguas, gritando o cayendo al suelo. ¿Acaso ellos están recibiendo realmente al Espíritu Santo? Aceptarlo sería pensar que nuestra religión no es la verdadera. Para nosotros, se trata de histeria colectiva y contraria a la “verdadera” religión. Pero quienes participan en el evento sinceramente creen que es el Espíritu Santo quien los “posee” y será imposible convencerlos de lo contrario, ya que también su certeza es legítima. Las curaciones milagrosas de otras religiones son patrañas, supersticiones u obras del demonio; pero las “propias” son verdaderas y obras de Dios. Las deidades hindúes que beben leche son tonterías de gente ignorante; pero las vírgenes que lloran no lo son. Una estatua de un dios africano es idolatría, una de un santo católico, es digna de todo respeto. Las apariciones de ángeles o vírgenes a católicos son verdaderas, las apariciones de ángeles de José Smith son falsas. Ver el rostro de Jesús en una mancha es milagro; ver el nombre de Alá en las nubes es ridículo. La Biblia está dictada por Dios, el Corán no lo es. Nuestra certeza no admite competencia con la ajena. Así que concluimos que son satánicas, ridículas o las ignoramos completamente.
En verdad el sentimiento de que Dios está con nosotros es real y nos “llena”. Muchas veces es tan intenso que podemos sentir una exaltación o “éxtasis místico” y somos “adictos” a éste. Esta exaltación también la sienten los idealistas revolucionarios, los soldados americanos que van a matar “terroristas” a Medio Oriente, aquellos jóvenes que salieron a golpear “emos”, los soldados nazis y en aquellos que pertenecen a la dianética, la gnosis, al KKK o a otros grupos. Es un sentimiento que mezcla “pertenecer”, “poseer la verdad” y la “superioridad moral”. Cuanto más grande el sentimiento, más justificables encontramos nuestros actos. No importa si es en nombre de “Dios”, del “Socialismo”, de la "pureza racial", de la “Libertad y Democracia” o en nombre de la “Ciencia” este sentimiento llevado al extremo ha conducido a las peores conductas a través de la historia de la humanidad.
El secreto de la felicidad es aceptar la vida, dejar de luchar en contra y empezar a fluir con ella. A final de cuentas, los sucesos de la vida son “neutros” y somos nosotros quienes les damos el significado que podemos, queremos o necesitamos. Un mismo suceso puede resultar triste o alegre, bueno o malo, castigo o bendición, según nuestro propio sistema de creencias. Por ejemplo, la muerte de un ser querido puede verse como un castigo divino o como un acto de misericordia de Dios ante una agonía. Un embarazo puede ser una bendición o un problema.
No se trata de renunciar a nuestras creencias. Se trata de renunciar al falso sentimiento de “seguridad”, de levantarnos de nuestra postración (que por cierto Dios jamás nos pidió lo hiciéramos), de responsabilizarnos por nosotros mismos –nuestros actos, pensamientos y sentimientos–, aceptar la vida como es y empezar a vivirla, que para eso estamos aquí.
Enoch Alvarado
31 de enero de 2009
13 de enero de 2009
Un baile de máscaras
Un baile de máscaras.
El origen del self ideal.
Como seres humanos, nuestra vida transcurre entre sentimientos de amor y desamor, paz y angustia, felicidad y tristeza y otros muchos más. De pequeños, somos especialmente vulnerables a los sentimientos negativos tales como rechazo, incomprensión, burla o desamor. Estas experiencias negativas, ya sean temporales, repetitivas o permanentes las percibimos como muy dolorosas y cercanas a la muerte. De pequeños nos culpamos a nosotros mismos por cualquier rechazo (sobre todo cuando aún no estamos diferenciados del mundo) y, por tanto, asumimos que los rechazos son a causa de nuestra “maldad”. En esa etapa, la aprobación de nuestros padres es crucial y, con el fin de evitar el rechazo, reprimimos todo aquello que parezca ser el origen de la desaprobación de nuestros padres y creamos el self ideal. Y, con el pensamiento exagerado de los pequeños, no basta con ser “buenos” sino hay que ser “totalmente buenos”. Así, se implanta también una exigencia de perfeccionismo que nos ayudará en mucho, a arruinar hasta los momentos más felices de nuestras vidas.
También es posible que un hecho traumático en etapas posteriores, algo que nos resulta tan doloroso como para dejarnos sentirlo nos provoque el mismo efecto: negar nuestros verdaderos sentimientos. Muchos podemos recordar el momento en que decidimos “no volver a pasar por esto”. En ese momento, nos hicimos un “juramento” que nos hizo elegir alguna u otra máscara.
El origen de las máscaras.
La premisa básica del self ideal es la falsa creencia de que no somos aceptables, deseables o dignos de amor “tal como somos”. Las máscaras son, entonces, el mecanismo de defensa que creamos para “parecernos” a este self ideal. Creamos máscaras para ocultar nuestro self rechazado. Máscaras que podamos mostrar al mundo “sin sentir vergüenza” . Máscaras que nos eviten volver a ser lastimados por el rechazo. Máscaras que nos vuelvan “invulnerables” al dolor. Máscaras con las que creemos ganaremos –finalmente- la aceptación y el amor añorado.
Como las máscaras son nuestra actuación del self ideal, podemos sentirnos orgullosos de “cumplir con nuestro deber” y, por tanto, nos da un sentimiento de superioridad sobre los demás.
Tenemos miedo de mostrarnos ante los demás y de aceptar para nosotros mismos que somos débiles, egoístas, ambiciosos o envidiosos; o que estamos enojados, tristes, derrotados y todo aquello que nuestro self ideal no puede ser. Al poner una máscara entre los demás y nosotros, tratamos de impedir que se acerquen demasiado y nos lastimen. Cuando lo hacemos ante nosotros mismos, nos traicionamos y, por tanto, nos sentimos indignos y capaces de las peores acciones. Así, aumenta el miedo de ser quien en realidad somos.
Estamos tan acostumbrados a vivir la vida como podemos, que muchas veces no sólo dejamos de luchar; sino que resistimos cualquier intento en contrario, ya sea que provenga de nosotros mismos o de los demás. Por esta obstinación o voluntarismo a mantener el status quo nos justificamos en miles de formas (“no vale la pena”, “para qué, si así está bien”, “no es posible”, “yo no puedo”, “no creo”, “no merezco” y muchas formas más) y perpetuamos las máscaras.
Usar máscaras es vivir de “mentiritas”, apartándonos de nuestra realidad, tanto en lo que percibimos como negativo como en lo positivo. La no aceptación nos lleva a vivir con miedo y angustia constante de “fallar” y no ser “como debemos ser”. La máscara nos mantiene alejados de la felicidad de aceptarnos y, por tanto, de amarnos. Aceptarnos no significa ceder ni rendirse ante aquello que no nos gusta, sino ser conscientes de ello, ser honestos con nosotros mismos.
Sería simpático, si no fuera en realidad patético, que “juramos” que los demás creen que somos la máscara que nos ponemos y así, solemos ir por la vida en un baile de máscaras. Sin embargo, los demás responderán con mayor o menor rechazo a ellas, consciente o inconsciente. Este rechazo suele revivir las experiencias dolorosas del pasado y refuerza nuestra necesidad de una máscara más perfecta. Así, creamos un círculo vicioso de mayor falsedad y mayor exigencia, aumentando el rechazo y el dolor que originalmente tratábamos de evitar.
Reconocer nuestras máscaras.
Cuando juzgamos a los demás o a nosotros mismos, cuando tememos que algún deseo, motivación, intención o sentimiento sea descubierto o se haga evidente, cuando sentimos vergüenza o culpa por no estar a la altura de nuestra exigencia, cuando queremos dar una impresión o apariencia distinta de lo que sucede en nuestro interior, cuando sentimos que la vida es superficial y sin sentido, estamos empleando máscaras.
Existen tres tipos de máscaras. La máscara de amor, la máscara de poder y la máscara de serenidad. Sin embargo, las máscaras son distorsiones de la realidad y en ellas, el amor se convierte en dependencia y sumisión; el poder en agresión y control; y la serenidad en ausencia y retraimiento. El amor, el poder y la serenidad deberían coexistir gratamente en nosotros. Pero en las máscaras las vivimos como opuestas entre sí e irreconciliables. Para ampliar más la distorsión añadimos nuestra exigencia perfeccionista y buscamos ser “totalmente amorosos”, “totalmente poderosos” o “totalmente serenos”.
La máscara de amor es un intento por obtener amor “aparentando ser amorosos”. El juego implícito es "no me hagas daño porque soy bueno y porque soy bueno, me darás lo que yo te pida". Al usarla, nos volvemos sumisos y dependientes; pero también altivos y despreciativos. La falsa creencia es que “debemos ser amados a toda costa”. La seguridad y autoestima dependen de poseer el amor y la aprobación de los demás. Dado que no pretendemos ser responsables de nosotros mismos, realmente conduce al desamparo y a forzar a los demás a satisfacer nuestras necesidades. Usamos el “desamparo” como un arma para crear sentimientos de culpa en los demás. Al emplear esta máscara vemos el mundo como un lugar lleno de “papás” y “mamás”, de quienes buscamos la protección; pero también podemos sentirnos decepcionados por no encontrarlos y vernos como una de las pocas personas “buenas” que quedan en el mundo. La máscara de amor tiende a anular los sentimientos propios en aras de la aceptación ajena, por tanto, se aleja del amor verdadero y nos convierte en víctimas.
La máscara de poder la empleamos para controlar la vida de los demás dando la apariencia de ser fuertes, independientes, y competentes. El juego implícito es "no quiero que me quieran sino con el miedo que me tengan basta". La falsa creencia es que la vida a una “lucha de poder”. La seguridad y la autoestima dependen de “ganar” siempre, despreciando las necesidades y debilidades humanas y menospreciando a quien comete un error. Tras la búsqueda del triunfo rechazamos el amor y la cercanía. Como entablamos una lucha sin cuartel contra todos y por todo, las sensaciones de vergüenza y fracaso son muy frecuentes. Esto se compensa siendo más frenéticos, dominantes y repartiendo culpas por nuestros fracasos. La negación de nuestras necesidades afectivas se convierte en estrés y en actividad incesante, alejándonos de la paz y la tranquilidad. La máscara de poder nos convierte en tiranos.
La máscara de serenidad la empleamos para escapar a los sentimientos negativos, problemas y dificultades de la vida aparentando ser “serenos”, aunque en realidad estemos evadiendo la vida. El juego implícito es "ojos que no ven, corazón que no siente". Normalmente esta máscara se emplea cuando las otras dos fueron incapaces de funcionar. Creemos que ni el amor ni la autoafirmación están a nuestra disposición y decidimos “alejarnos”. Es la actitud de la zorra ante las inalcanzables uvas (“al fin que ni quería”). La falsa creencia es que los problemas desaparecerán si los ignoramos (actitud de avestruz). La auto-traición es casi total. El compromiso con nosotros mismos y los demás es pequeñísimo. Con esta máscara nos encerramos en el intelecto, la religión o en una vida “espiritual” interior. La máscara de serenidad nos vuelve espectadores en vez de actores de la vida.
Las máscaras combinadas. Muchas veces empleamos más de una máscara en nuestras vidas, con gran confusión pues cada una de ellas emplea caminos diferentes basada en premisas contradictorias. Por ejemplo, la máscara de amor pretende ser completamente amorosa, negando la fuerza y la independencia. La máscara de poder niega la necesidad de amor, pretendiendo ser todopoderosa. La máscara de serenidad no entra en lucha por el amor ni en la batalla para dominar, pues desprecia ambas actitudes. Toda esta confusión provoca escisión en nuestras vidas y acabamos acomodando una máscara en el trabajo, otra en casa y otra ante los amigos. Así, podemos ser tiranos en el trabajo y sumisos en casa o viceversa; desapegados a la familia, pero muy afectuosos con los amigos.
Fuera máscaras.
Las máscaras jamás podrán funcionar pues se basan en la falsa creencia de que es posible evitar la imperfección, la frustración, el rechazo, la decepción, el dolor y demás sentimientos que no toleramos. Si reconocemos que son inevitables, los aceptamos y aprendemos a tolerarlos, o mejor aún, a trascenderlos, entonces podremos reducir la necesidad de las máscaras.
El orgullo, el miedo y el voluntarismo son los obstáculos a vencer para librarnos de nuestras máscaras. La única forma es atrevernos a ser lo que en realidad somos (vencer el miedo), dejar de creer que somos lo que no somos (vencer el orgullo) y comprometernos con el cambio (vencer el voluntarismo). No quiero decir que sea fácil o que debamos simplemente arrojarlas para siempre. Esto es irreal. Mientras no estemos listos para reconocer nuestras fallas y asumir el compromiso de aceptación de nuestro self real, las seguiremos necesitando y usando. Sin embargo, el primer paso es ser conscientes de ellas sin culpa ni castigo.
Aun cuando el self ideal a menudo se construye de aspectos reales y positivos, su intento por esconder al self verdadero es tan equivocado como la falsa premisa de que somos intrínsecamente indignos de ser amados. Para poder ser felices (y para poder dar felicidad) necesitamos aceptar nuestra imperfecta naturaleza humana. Debemos hacernos conscientes que nos enojan nuestras imperfecciones, que no las aceptamos. Debemos observar nuestra resistencia a la auto-aceptación. Es preferible vivir nuestra vida imperfecta que tratar de vivir una mentira creada por nosotros mismos. Podría decir que el self ideal debería morir, ¡pero jamás vivió! Sólo fue un invento de nuestra mente.
Auto-aceptarnos, respetarnos y amarnos es la forma de deshacernos de las máscaras. Sin embargo, se requiere mucho valor para aceptar y convertirnos en nuestro self verdadero. Implica desembarazarnos de muchas de nuestras creencias que nos han acompañado durante toda la vida. Creencias tan antiguas y enraizadas que se convierten en las premisas a través de las cuales nos juzgamos y juzgamos al mundo. Creencias que surgieron cuando éramos totalmente débiles e indefensos, llenos de miedo y teníamos pensamiento mágico, surgidas de la intolerancia de manejar los sentimientos que consideramos negativos.
Nuestro self real es mucho más que el self ideal inventado. Al permitirnos ser lo que en realidad somos estamos en contacto con nosotros mismos y entonces podemos encontrar la paz, seguridad y amor dentro de nosotros mismos y dejar de buscarla en los lugares equivocados, por las razones equivocadas de la forma equivocada. Cuando abandonemos nuestras máscaras seremos seres humanos verdaderos.
Enoch Alvarado
El origen del self ideal.
Como seres humanos, nuestra vida transcurre entre sentimientos de amor y desamor, paz y angustia, felicidad y tristeza y otros muchos más. De pequeños, somos especialmente vulnerables a los sentimientos negativos tales como rechazo, incomprensión, burla o desamor. Estas experiencias negativas, ya sean temporales, repetitivas o permanentes las percibimos como muy dolorosas y cercanas a la muerte. De pequeños nos culpamos a nosotros mismos por cualquier rechazo (sobre todo cuando aún no estamos diferenciados del mundo) y, por tanto, asumimos que los rechazos son a causa de nuestra “maldad”. En esa etapa, la aprobación de nuestros padres es crucial y, con el fin de evitar el rechazo, reprimimos todo aquello que parezca ser el origen de la desaprobación de nuestros padres y creamos el self ideal. Y, con el pensamiento exagerado de los pequeños, no basta con ser “buenos” sino hay que ser “totalmente buenos”. Así, se implanta también una exigencia de perfeccionismo que nos ayudará en mucho, a arruinar hasta los momentos más felices de nuestras vidas.
También es posible que un hecho traumático en etapas posteriores, algo que nos resulta tan doloroso como para dejarnos sentirlo nos provoque el mismo efecto: negar nuestros verdaderos sentimientos. Muchos podemos recordar el momento en que decidimos “no volver a pasar por esto”. En ese momento, nos hicimos un “juramento” que nos hizo elegir alguna u otra máscara.
El origen de las máscaras.
La premisa básica del self ideal es la falsa creencia de que no somos aceptables, deseables o dignos de amor “tal como somos”. Las máscaras son, entonces, el mecanismo de defensa que creamos para “parecernos” a este self ideal. Creamos máscaras para ocultar nuestro self rechazado. Máscaras que podamos mostrar al mundo “sin sentir vergüenza” . Máscaras que nos eviten volver a ser lastimados por el rechazo. Máscaras que nos vuelvan “invulnerables” al dolor. Máscaras con las que creemos ganaremos –finalmente- la aceptación y el amor añorado.
Como las máscaras son nuestra actuación del self ideal, podemos sentirnos orgullosos de “cumplir con nuestro deber” y, por tanto, nos da un sentimiento de superioridad sobre los demás.
Tenemos miedo de mostrarnos ante los demás y de aceptar para nosotros mismos que somos débiles, egoístas, ambiciosos o envidiosos; o que estamos enojados, tristes, derrotados y todo aquello que nuestro self ideal no puede ser. Al poner una máscara entre los demás y nosotros, tratamos de impedir que se acerquen demasiado y nos lastimen. Cuando lo hacemos ante nosotros mismos, nos traicionamos y, por tanto, nos sentimos indignos y capaces de las peores acciones. Así, aumenta el miedo de ser quien en realidad somos.
Estamos tan acostumbrados a vivir la vida como podemos, que muchas veces no sólo dejamos de luchar; sino que resistimos cualquier intento en contrario, ya sea que provenga de nosotros mismos o de los demás. Por esta obstinación o voluntarismo a mantener el status quo nos justificamos en miles de formas (“no vale la pena”, “para qué, si así está bien”, “no es posible”, “yo no puedo”, “no creo”, “no merezco” y muchas formas más) y perpetuamos las máscaras.
Usar máscaras es vivir de “mentiritas”, apartándonos de nuestra realidad, tanto en lo que percibimos como negativo como en lo positivo. La no aceptación nos lleva a vivir con miedo y angustia constante de “fallar” y no ser “como debemos ser”. La máscara nos mantiene alejados de la felicidad de aceptarnos y, por tanto, de amarnos. Aceptarnos no significa ceder ni rendirse ante aquello que no nos gusta, sino ser conscientes de ello, ser honestos con nosotros mismos.
Sería simpático, si no fuera en realidad patético, que “juramos” que los demás creen que somos la máscara que nos ponemos y así, solemos ir por la vida en un baile de máscaras. Sin embargo, los demás responderán con mayor o menor rechazo a ellas, consciente o inconsciente. Este rechazo suele revivir las experiencias dolorosas del pasado y refuerza nuestra necesidad de una máscara más perfecta. Así, creamos un círculo vicioso de mayor falsedad y mayor exigencia, aumentando el rechazo y el dolor que originalmente tratábamos de evitar.
Reconocer nuestras máscaras.
Cuando juzgamos a los demás o a nosotros mismos, cuando tememos que algún deseo, motivación, intención o sentimiento sea descubierto o se haga evidente, cuando sentimos vergüenza o culpa por no estar a la altura de nuestra exigencia, cuando queremos dar una impresión o apariencia distinta de lo que sucede en nuestro interior, cuando sentimos que la vida es superficial y sin sentido, estamos empleando máscaras.
Existen tres tipos de máscaras. La máscara de amor, la máscara de poder y la máscara de serenidad. Sin embargo, las máscaras son distorsiones de la realidad y en ellas, el amor se convierte en dependencia y sumisión; el poder en agresión y control; y la serenidad en ausencia y retraimiento. El amor, el poder y la serenidad deberían coexistir gratamente en nosotros. Pero en las máscaras las vivimos como opuestas entre sí e irreconciliables. Para ampliar más la distorsión añadimos nuestra exigencia perfeccionista y buscamos ser “totalmente amorosos”, “totalmente poderosos” o “totalmente serenos”.
La máscara de amor es un intento por obtener amor “aparentando ser amorosos”. El juego implícito es "no me hagas daño porque soy bueno y porque soy bueno, me darás lo que yo te pida". Al usarla, nos volvemos sumisos y dependientes; pero también altivos y despreciativos. La falsa creencia es que “debemos ser amados a toda costa”. La seguridad y autoestima dependen de poseer el amor y la aprobación de los demás. Dado que no pretendemos ser responsables de nosotros mismos, realmente conduce al desamparo y a forzar a los demás a satisfacer nuestras necesidades. Usamos el “desamparo” como un arma para crear sentimientos de culpa en los demás. Al emplear esta máscara vemos el mundo como un lugar lleno de “papás” y “mamás”, de quienes buscamos la protección; pero también podemos sentirnos decepcionados por no encontrarlos y vernos como una de las pocas personas “buenas” que quedan en el mundo. La máscara de amor tiende a anular los sentimientos propios en aras de la aceptación ajena, por tanto, se aleja del amor verdadero y nos convierte en víctimas.
La máscara de poder la empleamos para controlar la vida de los demás dando la apariencia de ser fuertes, independientes, y competentes. El juego implícito es "no quiero que me quieran sino con el miedo que me tengan basta". La falsa creencia es que la vida a una “lucha de poder”. La seguridad y la autoestima dependen de “ganar” siempre, despreciando las necesidades y debilidades humanas y menospreciando a quien comete un error. Tras la búsqueda del triunfo rechazamos el amor y la cercanía. Como entablamos una lucha sin cuartel contra todos y por todo, las sensaciones de vergüenza y fracaso son muy frecuentes. Esto se compensa siendo más frenéticos, dominantes y repartiendo culpas por nuestros fracasos. La negación de nuestras necesidades afectivas se convierte en estrés y en actividad incesante, alejándonos de la paz y la tranquilidad. La máscara de poder nos convierte en tiranos.
La máscara de serenidad la empleamos para escapar a los sentimientos negativos, problemas y dificultades de la vida aparentando ser “serenos”, aunque en realidad estemos evadiendo la vida. El juego implícito es "ojos que no ven, corazón que no siente". Normalmente esta máscara se emplea cuando las otras dos fueron incapaces de funcionar. Creemos que ni el amor ni la autoafirmación están a nuestra disposición y decidimos “alejarnos”. Es la actitud de la zorra ante las inalcanzables uvas (“al fin que ni quería”). La falsa creencia es que los problemas desaparecerán si los ignoramos (actitud de avestruz). La auto-traición es casi total. El compromiso con nosotros mismos y los demás es pequeñísimo. Con esta máscara nos encerramos en el intelecto, la religión o en una vida “espiritual” interior. La máscara de serenidad nos vuelve espectadores en vez de actores de la vida.
Las máscaras combinadas. Muchas veces empleamos más de una máscara en nuestras vidas, con gran confusión pues cada una de ellas emplea caminos diferentes basada en premisas contradictorias. Por ejemplo, la máscara de amor pretende ser completamente amorosa, negando la fuerza y la independencia. La máscara de poder niega la necesidad de amor, pretendiendo ser todopoderosa. La máscara de serenidad no entra en lucha por el amor ni en la batalla para dominar, pues desprecia ambas actitudes. Toda esta confusión provoca escisión en nuestras vidas y acabamos acomodando una máscara en el trabajo, otra en casa y otra ante los amigos. Así, podemos ser tiranos en el trabajo y sumisos en casa o viceversa; desapegados a la familia, pero muy afectuosos con los amigos.
Fuera máscaras.
Las máscaras jamás podrán funcionar pues se basan en la falsa creencia de que es posible evitar la imperfección, la frustración, el rechazo, la decepción, el dolor y demás sentimientos que no toleramos. Si reconocemos que son inevitables, los aceptamos y aprendemos a tolerarlos, o mejor aún, a trascenderlos, entonces podremos reducir la necesidad de las máscaras.
El orgullo, el miedo y el voluntarismo son los obstáculos a vencer para librarnos de nuestras máscaras. La única forma es atrevernos a ser lo que en realidad somos (vencer el miedo), dejar de creer que somos lo que no somos (vencer el orgullo) y comprometernos con el cambio (vencer el voluntarismo). No quiero decir que sea fácil o que debamos simplemente arrojarlas para siempre. Esto es irreal. Mientras no estemos listos para reconocer nuestras fallas y asumir el compromiso de aceptación de nuestro self real, las seguiremos necesitando y usando. Sin embargo, el primer paso es ser conscientes de ellas sin culpa ni castigo.
Aun cuando el self ideal a menudo se construye de aspectos reales y positivos, su intento por esconder al self verdadero es tan equivocado como la falsa premisa de que somos intrínsecamente indignos de ser amados. Para poder ser felices (y para poder dar felicidad) necesitamos aceptar nuestra imperfecta naturaleza humana. Debemos hacernos conscientes que nos enojan nuestras imperfecciones, que no las aceptamos. Debemos observar nuestra resistencia a la auto-aceptación. Es preferible vivir nuestra vida imperfecta que tratar de vivir una mentira creada por nosotros mismos. Podría decir que el self ideal debería morir, ¡pero jamás vivió! Sólo fue un invento de nuestra mente.
Auto-aceptarnos, respetarnos y amarnos es la forma de deshacernos de las máscaras. Sin embargo, se requiere mucho valor para aceptar y convertirnos en nuestro self verdadero. Implica desembarazarnos de muchas de nuestras creencias que nos han acompañado durante toda la vida. Creencias tan antiguas y enraizadas que se convierten en las premisas a través de las cuales nos juzgamos y juzgamos al mundo. Creencias que surgieron cuando éramos totalmente débiles e indefensos, llenos de miedo y teníamos pensamiento mágico, surgidas de la intolerancia de manejar los sentimientos que consideramos negativos.
Nuestro self real es mucho más que el self ideal inventado. Al permitirnos ser lo que en realidad somos estamos en contacto con nosotros mismos y entonces podemos encontrar la paz, seguridad y amor dentro de nosotros mismos y dejar de buscarla en los lugares equivocados, por las razones equivocadas de la forma equivocada. Cuando abandonemos nuestras máscaras seremos seres humanos verdaderos.
Enoch Alvarado
31 de diciembre de 2008
4 errores que arruinan vidas
4 errores que arruinan vidas
¿Has leído acerca de un experimento practicado sobre unas ranas, donde se les sumerge en agua y se sube la temperatura gradualmente hasta que son cocidas, sin que éstas hayan percibido, jamás, el cambio de temperatura? Pues bien, en el aspecto de nuestra salud física y mental somos como esas ranitas. Vamos perdiendo poco a poco la salud y la felicidad, sin darnos cuenta, hasta que nuestro cuerpo o nuestra mente no pueden más. A diferencia de los batracios que no tienen regulación térmica, nosotros tenemos la capacidad para rectificar en todo momento. Pero, ¿qué podemos rectificar si precisamente no sabemos cuál es nuestra cacerola de agua hirviendo? Hoy platicaremos de cuatro errores frecuentes que limitan nuestra vida y cómo podemos superarlos.
I. Perseguir ideales equivocados.
Decía Carl Rogers que ser auténtico se relaciona con la búsqueda del propio yo: “Las personas que no padecen esa ardua búsqueda del yo, someten su libertad individual a alguna organización o institución que elige los propósitos, los valores y la filosofía que hay que adoptar.” Es nuestra elección decidir ser “yo mismo” o ser “lo que otros quieren de mí”.
Someterse es un camino tan “cómodo” como lleno de frustraciones y neurosis. Nos divide entre quienes somos en realidad (self) y en quienes creemos que deberíamos ser (self ideal). En la medida en que estos dos se apartan surge la incongruencia. A mayor incongruencia entre ambas, existe más des-sincronización, más neurosis.
Buscar quiénes somos, por su parte, es un camino tan interminable como lleno de tropiezos. Sin embargo, cada paso que damos en el descubrimiento del self (“el yo verdadero”) nos llena de satisfacción y nos impulsa a seguir adelante.
En aquellas partes de nuestra vida en la cual nos sentimos muy cómodos, donde estamos muy a gusto con nosotros mismos, es seguro que nos califiquemos con un 9 o 10 con respecto del “ideal”. Por el otro lado, aquellas partes que nos provocan ansiedad o descontento, son aquellas en las cuales nos calificamos con un 6 o 7. Las calificaciones reprobatorias, por su parte, indicarían puntos de neurosis. Esta calificación de nuestro self contra el self ideal es totalmente arbitraria y subjetiva, pero sincera. Es imposible engañar al inconsciente. Podemos decir “merezco un 10 en tal aspecto”; pero sólo si ese aspecto está totalmente libre de conflicto será un verdadero 10. Entonces, al decir “calificación sincera” no estoy diciendo la verbalizada; sino la calificación que dictan nuestros verdaderos sentimientos.
Aunque comúnmente no sabemos quiénes somos, sí sabemos cómo queremos ser o cómo creemos que deberíamos ser. Tenemos ideales de cómo debemos comportarnos, sobre qué pensamientos debemos tener (y cuáles rechazar) y los sentimientos que son aceptables (y los que no). Este conjunto de creencias y juicios de valor que hacemos y tenemos sobre los actos, pensamientos y sentimientos son una “conciencia sobre-impuesta”.
Es común, entonces, que nos esforcemos por mejorar nuestra auto-calificación, por reducir la incongruencia. Ya sea que lo hagamos para evitar el dolor o por un sincero afán de ser “mejores”, leemos, tomamos cursos, pedimos ayuda a Dios, hacemos ejercicio o intentamos todo aquello que esté a nuestro alcance por llegar al 10 o al menos, por reducir la incongruencia.
Es muy común creer que debemos llegar al 10 en todos los aspectos. Hay quienes luchan toda su vida por este ideal. Personas que son eternas luchadoras, admirables y dignas de respeto. Sin embargo, la mayoría de la gente aceptamos que es imposible ser perfecto y, nos detenemos al llegar a un aceptable 8 o bien, aceptamos un cínico 6 y nos resignamos a vivir con ese “dolor”.
Nuestra conciencia sobre-impuesta (todo aquello que nos decimos a nosotros mismos sobre lo que debemos ser) fue creada (y creída) en nuestro pasado, bajo circunstancias totalmente distintas a las actuales, normalmente cuando éramos pequeños e indefensos, cuando "ser buen niño" era imprescindible para sobrevivir. Entonces, ajustarse a esas normas, era una cuestión de vida o muerte.
Así que, un segundo camino para reducir la incongruencia consiste en revisar nuestros ideales. Nuestra conciencia sobre-impuesta no revisa la validez del self ideal. Revisar los ideales no significa renunciar a ellos. Significa ajustarlos a nuestra nueva realidad. Al hacerlo, bajará el nivel de exigencia y de igual forma se reducirá la distancia. Esto, que parece ser demasiando simple, a muchos nos tomará por sorpresa. Algunos podríamos defender nuestro “derecho a vivir angustiados” y preguntarnos: “¿acaso no debo ser perfecto en tal o cual área?”. La pregunta correcta no es ésa, sino ésta: “¿para qué quiero ser perfecto en tal o cuál área?”. Revisar la conciencia sobre-impuesta es sanador, nos liberará de muchos miedos infantiles.
Si aún creemos que no debemos renunciar al ideal inicial, o nos resistimos a hacerlo, podemos hacer una concesión con nosotros mismos y establecer una meta realista a corto plazo. Coloquemos el ideal sólo un poco por encima de nuestra calificación actual. Y hagamos el compromiso para revisarla nuevamente en cuanto hayamos conseguido un 9 o el 10. Este acuerdo con nosotros mismos será más llevadero y podría suceder que, cuando lleguemos al “ideal realista”, no demos cuenta que no es necesario llevarlo más allá.
II. Confundir los niveles del ser.
La incongruencia sucede en los niveles de los actos, pensamientos y sentimientos. Una incongruencia en el nivel de nuestros actos puede ser angustiante; pero seguramente sabremos perdonarnos; en el nivel de nuestros pensamientos, puede ser dolorosa o moleta; pero en el nivel de los sentimientos suele ser devastadora. Muchos confundimos estos niveles. Pongamos por ejemplo que marcamos equivocadamente un número telefónico. Este error lo podemos dejar en el nivel de nuestros actos (“me equivoqué”), lo podemos llevar al nivel de nuestros pensamientos (“qué tonto soy”) o en el de nuestros sentimientos (“me enoja equivocarme”). La confusión también sucede en el sentido inverso. Por ejemplo, solemos comer (actuamos) cuando estamos tristes. Así que, otra fuente de angustia, es juzgar nuestros actos, pensamientos y sentimientos (que ya de por sí es un error hacerlo) en el nivel equivocado.
Perpetuamos este error con nuestros hijos cuando les decimos “eres malo” o “¿te crees muy listo?” cuando algo que hicieron no nos gustó (aunque aquí podríamos revisar con qué ideal entramos en conflicto). Es preferible indicar la fuente de referencia del juicio de valor (“a mi” o “a otros”). Por ejemplo, “a mi no me gustó lo que hiciste” es preferible a “está mal lo que hiciste”. “A mi me da miedo que hagas eso” es mejor que “no hagas eso”, “Hay gente que se puede sentir incómoda si haces eso” es mejor que "eso es grosero". Corrijo la conducta, lo libero de la carga y de la culpa (porque seguramente a él no le da miedo o a él sí le gustó hacer tal cosa) y lo hago pensar en los demás.
III. Confundir “mi realidad” con “la realidad”.
Cuando digo "pensamientos", englobo nuestras creencias, juicios y valores que hacemos y tenemos sobre el medio ambiente, sobre nuestras aptitudes, sobre quiénes somos, para qué estamos aquí, nuestras creencias en el plano religioso.
Una fuente enorme de problemas es confundir nuestras creencias con la realidad. En realidad, jamás conocemos “la realidad”, sino sólo “nuestra realidad”, aquello que percibimos. Podemos creer que Dios existe, o podemos creer que no existe; pero Dios no existirá o dejará de existir porque yo crea o no. La realidad no tiene nada que ver con lo que yo crea. Mi realidad, es la percepción que de ella tengo. Si entendiéramos esto, acabaríamos con los celos, discusiones, preocupaciones, equívocos y hasta acabarían las guerras. Existe mucha gente que es capaz de matar o morir por sus creencias.
Hace poco una amiga estaba preocupada y triste porque el día anterior había tenido una discusión con su novio. Ella había estado intolerante y él le dijo que se veían después, cuando ella estuviera más calmada. Nuestra conversación fue más o menos así:
- (Ella) Ya no me va a volver a buscar.
- (Yo)¿Es un hecho que no te volverá a buscar o es algo que puede pasar?
- (Ella) Bueno… es algo que puede pasar. (Aquí ya cambió su tono de voz)
- (Yo) Entonces, aún no ha ocurrido, ¿verdad?
- (Ella) No.
- (Yo) ¿Qué puedes hacer para que eso no ocurra?
- (Ella) Hablarle y pedirle una disculpa; pero no sé si siga enojado. (Otra vez preocupándose, pero bueno, aún no aprendía la lección)
- (Yo) Puede estar enojado o no. Eso no lo puedes saber hasta hablar con él. ¿Quieres hacerlo o prefieres esperar a que él te hable?
Si somos sordos, ciegos e insensibles a nuestras propias verdades, ¿cómo esperamos entender, acompañar, ayudar o amar a los demás?
Para evitar este error, digamos o pensemos “yo creo” o “he aprendido que”. Este simple “añadido” a cada oración, nos recordará o le recordará a los demás que eso es sólo "nuestra realidad", nuestro punto de vista. De igual forma, lo que los demás digan o hagan es “su realidad” y, por tanto, tan respetable como la nuestra. De este tema, hay muchísimo que decir y probablemente platiquemos un poco más adelante.
IV. Reprimir en vez de encauzar.
Me encantan los niños porque tienen alineados sus actos, sus pensamientos y sus sentimientos, tanto para las cosas "buenas" como para las "malas". Si están enojados, inventarán venganzas en su mente y son capaces de llevarlas a cabo. Como adultos, aprendemos que si hacemos eso, tenemos que pagar las consecuencias.
Una causa de sufrimiento es cuando nuestros sentimientos apuntan hacia una dirección, nuestros pensamientos hacia otra y hacemos cosas completamente distintas a lo que pensamos o a lo que sentimos. Esta falta de alineación es más frecuente de lo que creemos. Para poder fluir en la vida debemos alinear estos tres niveles.
Normalmente, luchamos contra las conductas "malas". En los niños nos damos cuenta que los actos, pensamientos y sentimientos "malos" no son más que "distorsiones" de la energía creativa que hay en ellos. Aunque sea para destruir, hay mucha creatividad para hacerlo. Así que debemos aceptar y reencauzar esa energía hacia el lado constructivo, en vez de negarla, rechazarla o reprimirla. Si no encauzamos esa energía “indeseable” tarde o temprano saldrá en forma de agresión o enfermedad física o mental. También reprimimos los sentimientos positivos. Cuántas veces hemos reprimido la ternura que sentimos por no parecer “cursis”. O bien, guardamos el amor esperando darlo a la persona idónea.
Cuando estamos tan enojados que sentimos las ganas de golpear, patear, estrangular o cuando menos de pellizcar, independientemente de la validez de nuestro sentimiento (ya que para eso deberíamos revisar qué está pasando y en esos momentos no será fácil hacerlo), podemos encauzar esa misma ira contra un objeto (algún cojín, almohada o trapo). Es necesario que alineemos el sentimiento con el acto. Si tenemos ganas de estrangular, estrangulemos una toalla. Si tenemos ganas de patear, pateemos un objeto o el piso. Si queremos estrangular y en vez de eso pateamos, no estamos liberando la ira en la forma que deberíamos.
Encauzar no significa luchar en contra ni en aceptar todo lo que venga. Significa alinear nuestros sentimientos, pensamientos y actos de tal manera que no cause daño a nadie y que pueda surgir algo bueno. En el ejemplo del manejo de la ira que mencioné. No se trata de luchar contra el sentimiento, ni de lastimar al objeto de nuestra ira, sino aceptar el sentimiento, entender que tenemos derecho a enojarnos y, por último, actuar sin lastimar a nadie.
Enoch Alvarado
¿Has leído acerca de un experimento practicado sobre unas ranas, donde se les sumerge en agua y se sube la temperatura gradualmente hasta que son cocidas, sin que éstas hayan percibido, jamás, el cambio de temperatura? Pues bien, en el aspecto de nuestra salud física y mental somos como esas ranitas. Vamos perdiendo poco a poco la salud y la felicidad, sin darnos cuenta, hasta que nuestro cuerpo o nuestra mente no pueden más. A diferencia de los batracios que no tienen regulación térmica, nosotros tenemos la capacidad para rectificar en todo momento. Pero, ¿qué podemos rectificar si precisamente no sabemos cuál es nuestra cacerola de agua hirviendo? Hoy platicaremos de cuatro errores frecuentes que limitan nuestra vida y cómo podemos superarlos.
I. Perseguir ideales equivocados.
Decía Carl Rogers que ser auténtico se relaciona con la búsqueda del propio yo: “Las personas que no padecen esa ardua búsqueda del yo, someten su libertad individual a alguna organización o institución que elige los propósitos, los valores y la filosofía que hay que adoptar.” Es nuestra elección decidir ser “yo mismo” o ser “lo que otros quieren de mí”.
Someterse es un camino tan “cómodo” como lleno de frustraciones y neurosis. Nos divide entre quienes somos en realidad (self) y en quienes creemos que deberíamos ser (self ideal). En la medida en que estos dos se apartan surge la incongruencia. A mayor incongruencia entre ambas, existe más des-sincronización, más neurosis.
Buscar quiénes somos, por su parte, es un camino tan interminable como lleno de tropiezos. Sin embargo, cada paso que damos en el descubrimiento del self (“el yo verdadero”) nos llena de satisfacción y nos impulsa a seguir adelante.
En aquellas partes de nuestra vida en la cual nos sentimos muy cómodos, donde estamos muy a gusto con nosotros mismos, es seguro que nos califiquemos con un 9 o 10 con respecto del “ideal”. Por el otro lado, aquellas partes que nos provocan ansiedad o descontento, son aquellas en las cuales nos calificamos con un 6 o 7. Las calificaciones reprobatorias, por su parte, indicarían puntos de neurosis. Esta calificación de nuestro self contra el self ideal es totalmente arbitraria y subjetiva, pero sincera. Es imposible engañar al inconsciente. Podemos decir “merezco un 10 en tal aspecto”; pero sólo si ese aspecto está totalmente libre de conflicto será un verdadero 10. Entonces, al decir “calificación sincera” no estoy diciendo la verbalizada; sino la calificación que dictan nuestros verdaderos sentimientos.
Aunque comúnmente no sabemos quiénes somos, sí sabemos cómo queremos ser o cómo creemos que deberíamos ser. Tenemos ideales de cómo debemos comportarnos, sobre qué pensamientos debemos tener (y cuáles rechazar) y los sentimientos que son aceptables (y los que no). Este conjunto de creencias y juicios de valor que hacemos y tenemos sobre los actos, pensamientos y sentimientos son una “conciencia sobre-impuesta”.
Es común, entonces, que nos esforcemos por mejorar nuestra auto-calificación, por reducir la incongruencia. Ya sea que lo hagamos para evitar el dolor o por un sincero afán de ser “mejores”, leemos, tomamos cursos, pedimos ayuda a Dios, hacemos ejercicio o intentamos todo aquello que esté a nuestro alcance por llegar al 10 o al menos, por reducir la incongruencia.
Es muy común creer que debemos llegar al 10 en todos los aspectos. Hay quienes luchan toda su vida por este ideal. Personas que son eternas luchadoras, admirables y dignas de respeto. Sin embargo, la mayoría de la gente aceptamos que es imposible ser perfecto y, nos detenemos al llegar a un aceptable 8 o bien, aceptamos un cínico 6 y nos resignamos a vivir con ese “dolor”.
Nuestra conciencia sobre-impuesta (todo aquello que nos decimos a nosotros mismos sobre lo que debemos ser) fue creada (y creída) en nuestro pasado, bajo circunstancias totalmente distintas a las actuales, normalmente cuando éramos pequeños e indefensos, cuando "ser buen niño" era imprescindible para sobrevivir. Entonces, ajustarse a esas normas, era una cuestión de vida o muerte.
Así que, un segundo camino para reducir la incongruencia consiste en revisar nuestros ideales. Nuestra conciencia sobre-impuesta no revisa la validez del self ideal. Revisar los ideales no significa renunciar a ellos. Significa ajustarlos a nuestra nueva realidad. Al hacerlo, bajará el nivel de exigencia y de igual forma se reducirá la distancia. Esto, que parece ser demasiando simple, a muchos nos tomará por sorpresa. Algunos podríamos defender nuestro “derecho a vivir angustiados” y preguntarnos: “¿acaso no debo ser perfecto en tal o cual área?”. La pregunta correcta no es ésa, sino ésta: “¿para qué quiero ser perfecto en tal o cuál área?”. Revisar la conciencia sobre-impuesta es sanador, nos liberará de muchos miedos infantiles.
Si aún creemos que no debemos renunciar al ideal inicial, o nos resistimos a hacerlo, podemos hacer una concesión con nosotros mismos y establecer una meta realista a corto plazo. Coloquemos el ideal sólo un poco por encima de nuestra calificación actual. Y hagamos el compromiso para revisarla nuevamente en cuanto hayamos conseguido un 9 o el 10. Este acuerdo con nosotros mismos será más llevadero y podría suceder que, cuando lleguemos al “ideal realista”, no demos cuenta que no es necesario llevarlo más allá.
II. Confundir los niveles del ser.
La incongruencia sucede en los niveles de los actos, pensamientos y sentimientos. Una incongruencia en el nivel de nuestros actos puede ser angustiante; pero seguramente sabremos perdonarnos; en el nivel de nuestros pensamientos, puede ser dolorosa o moleta; pero en el nivel de los sentimientos suele ser devastadora. Muchos confundimos estos niveles. Pongamos por ejemplo que marcamos equivocadamente un número telefónico. Este error lo podemos dejar en el nivel de nuestros actos (“me equivoqué”), lo podemos llevar al nivel de nuestros pensamientos (“qué tonto soy”) o en el de nuestros sentimientos (“me enoja equivocarme”). La confusión también sucede en el sentido inverso. Por ejemplo, solemos comer (actuamos) cuando estamos tristes. Así que, otra fuente de angustia, es juzgar nuestros actos, pensamientos y sentimientos (que ya de por sí es un error hacerlo) en el nivel equivocado.
Perpetuamos este error con nuestros hijos cuando les decimos “eres malo” o “¿te crees muy listo?” cuando algo que hicieron no nos gustó (aunque aquí podríamos revisar con qué ideal entramos en conflicto). Es preferible indicar la fuente de referencia del juicio de valor (“a mi” o “a otros”). Por ejemplo, “a mi no me gustó lo que hiciste” es preferible a “está mal lo que hiciste”. “A mi me da miedo que hagas eso” es mejor que “no hagas eso”, “Hay gente que se puede sentir incómoda si haces eso” es mejor que "eso es grosero". Corrijo la conducta, lo libero de la carga y de la culpa (porque seguramente a él no le da miedo o a él sí le gustó hacer tal cosa) y lo hago pensar en los demás.
III. Confundir “mi realidad” con “la realidad”.
Cuando digo "pensamientos", englobo nuestras creencias, juicios y valores que hacemos y tenemos sobre el medio ambiente, sobre nuestras aptitudes, sobre quiénes somos, para qué estamos aquí, nuestras creencias en el plano religioso.
Una fuente enorme de problemas es confundir nuestras creencias con la realidad. En realidad, jamás conocemos “la realidad”, sino sólo “nuestra realidad”, aquello que percibimos. Podemos creer que Dios existe, o podemos creer que no existe; pero Dios no existirá o dejará de existir porque yo crea o no. La realidad no tiene nada que ver con lo que yo crea. Mi realidad, es la percepción que de ella tengo. Si entendiéramos esto, acabaríamos con los celos, discusiones, preocupaciones, equívocos y hasta acabarían las guerras. Existe mucha gente que es capaz de matar o morir por sus creencias.
Hace poco una amiga estaba preocupada y triste porque el día anterior había tenido una discusión con su novio. Ella había estado intolerante y él le dijo que se veían después, cuando ella estuviera más calmada. Nuestra conversación fue más o menos así:
- (Ella) Ya no me va a volver a buscar.
- (Yo)¿Es un hecho que no te volverá a buscar o es algo que puede pasar?
- (Ella) Bueno… es algo que puede pasar. (Aquí ya cambió su tono de voz)
- (Yo) Entonces, aún no ha ocurrido, ¿verdad?
- (Ella) No.
- (Yo) ¿Qué puedes hacer para que eso no ocurra?
- (Ella) Hablarle y pedirle una disculpa; pero no sé si siga enojado. (Otra vez preocupándose, pero bueno, aún no aprendía la lección)
- (Yo) Puede estar enojado o no. Eso no lo puedes saber hasta hablar con él. ¿Quieres hacerlo o prefieres esperar a que él te hable?
Si somos sordos, ciegos e insensibles a nuestras propias verdades, ¿cómo esperamos entender, acompañar, ayudar o amar a los demás?
Para evitar este error, digamos o pensemos “yo creo” o “he aprendido que”. Este simple “añadido” a cada oración, nos recordará o le recordará a los demás que eso es sólo "nuestra realidad", nuestro punto de vista. De igual forma, lo que los demás digan o hagan es “su realidad” y, por tanto, tan respetable como la nuestra. De este tema, hay muchísimo que decir y probablemente platiquemos un poco más adelante.
IV. Reprimir en vez de encauzar.
Me encantan los niños porque tienen alineados sus actos, sus pensamientos y sus sentimientos, tanto para las cosas "buenas" como para las "malas". Si están enojados, inventarán venganzas en su mente y son capaces de llevarlas a cabo. Como adultos, aprendemos que si hacemos eso, tenemos que pagar las consecuencias.
Una causa de sufrimiento es cuando nuestros sentimientos apuntan hacia una dirección, nuestros pensamientos hacia otra y hacemos cosas completamente distintas a lo que pensamos o a lo que sentimos. Esta falta de alineación es más frecuente de lo que creemos. Para poder fluir en la vida debemos alinear estos tres niveles.
Normalmente, luchamos contra las conductas "malas". En los niños nos damos cuenta que los actos, pensamientos y sentimientos "malos" no son más que "distorsiones" de la energía creativa que hay en ellos. Aunque sea para destruir, hay mucha creatividad para hacerlo. Así que debemos aceptar y reencauzar esa energía hacia el lado constructivo, en vez de negarla, rechazarla o reprimirla. Si no encauzamos esa energía “indeseable” tarde o temprano saldrá en forma de agresión o enfermedad física o mental. También reprimimos los sentimientos positivos. Cuántas veces hemos reprimido la ternura que sentimos por no parecer “cursis”. O bien, guardamos el amor esperando darlo a la persona idónea.
Cuando estamos tan enojados que sentimos las ganas de golpear, patear, estrangular o cuando menos de pellizcar, independientemente de la validez de nuestro sentimiento (ya que para eso deberíamos revisar qué está pasando y en esos momentos no será fácil hacerlo), podemos encauzar esa misma ira contra un objeto (algún cojín, almohada o trapo). Es necesario que alineemos el sentimiento con el acto. Si tenemos ganas de estrangular, estrangulemos una toalla. Si tenemos ganas de patear, pateemos un objeto o el piso. Si queremos estrangular y en vez de eso pateamos, no estamos liberando la ira en la forma que deberíamos.
Encauzar no significa luchar en contra ni en aceptar todo lo que venga. Significa alinear nuestros sentimientos, pensamientos y actos de tal manera que no cause daño a nadie y que pueda surgir algo bueno. En el ejemplo del manejo de la ira que mencioné. No se trata de luchar contra el sentimiento, ni de lastimar al objeto de nuestra ira, sino aceptar el sentimiento, entender que tenemos derecho a enojarnos y, por último, actuar sin lastimar a nadie.
Enoch Alvarado
19 de diciembre de 2008
¿Qué falla en la escuela?
¿Qué falla en la escuela?
La escuela poco tiene que ver con el aprendizaje, mucho menos con una verdadera educación. Actualmente, el método empleado para "enseñar" consiste en presentar cierta cantidad de información a los alumnos para luego realizarles un examen y calificar cuánta de esta información fueron capaces de “retener”. Así, lo que realmente aprenden los alumnos es a dar las respuestas "dictadas" que esperan los profesores (a veces ni siquiera las correctas).
Los profesores imponen sus propias reglas sobre los alumnos. Muchas veces arbitrarias y absurdas. Reglas que ellos mismos rompen en cualquier momento. Este abuso de poder es ejercido con total impunidad. El autoritarismo es ejercido en razón inversa a la calidad humana del profesor. Y esto es también aprendido por nuestros jóvenes: abusa de los demás, y en cuanto más débiles y desprotegidos, mejor.
El contenido que se enseña en las escuelas también es bastante cuestionable. Mucha información, se pretende pasar como “bases” o como cultura general. Cualquier adulto sabe que sólo un mínimo de lo aprendido en la escuela le ha resultado útil en algún momento de su vida. Aún en la educación universitaria, los alumnos se quejan de lo poco concreto de sus estudios y terminan su carrera con gran inseguridad y muchos miedos de enfrentarse al mundo laboral pues “saben que no saben”.
Los medios que utilizan los profesores para enseñar suelen ser limitados a unas cuantas técnicas audiovisuales, en el mejor de los casos; pero la mayoría de las veces la “técnica” se limita a un “dictado”, a escribir en el pizarrón para que los alumnos copien, a dejar que alguno de los alumnos lea el tema del mismo libro de texto, o bien, lo dejan de tarea con el nombre de “investigación” para que los alumnos aprendan por sí mismos. Nuestros alumnos aprenden que la mediocridad en el trabajo es la norma, no la excepción. Aprenden a aparentar que el trabajo se hace.
La escuela y los profesores tratan de ajustar al alumno a sus propias reglas y de que “aprenda” los contenidos. Poco importa su situación, sus deseos, sus intereses, sus habilidades y sus debilidades. Así, el alumno aprende a no considerar a los demás como personas.
La “disciplina” en la escuela es entendida como el conformismo o el silencio a las actitudes y decisiones que tomen los profesores. Cualquier opinión expresada en contrario por los alumnos suele tacharse de rebeldía y es reprimida o coartada de inmediato. Así el alumno aprende a quedarse callado, con su rabia, o a conformarse.
Los laboratorios se realizan para repetir experimentos, jamás para experimentar o, siquiera, entender el planteamiento científico que llevó a ellos. Lo que se califica en ellos no es la curiosidad científica sino la capacidad para seguir instrucciones al pie de la letra. Así, el alumno aprende a matar su iniciativa.
Los exámenes que deberían ser un instrumento para conocer el grado de aprovechamiento de los alumnos suelen ser un arma más de terror. Se emplean los exámenes “sorpresa” cuando los alumnos están más inquietos de lo debido. Los exámenes deberían calificar tanto a alumnos como a profesores. Si un examen no obtiene una distribución normal o una mejor de calificaciones, entonces de inmediato sabemos que el profesor no cumplió su tarea de hacer que el grupo aprendiera. Más bien, el examen es preparado con preguntas retorcidas, ambiguas o desproporcionadamente difíciles en comparación con lo visto en clases. Así, el alumno tiene todas las de perder y el objetivo real de los exámenes es torcido en beneficio del “autoritarismo” del profesor. Así, el alumno aprende a humillar.
Por último, llega la calificación final. Aquí, los profesores “consideran” el esfuerzo del alumno (calificación cualitativa), los exámenes (calificación cuantitativa) y demás puntos extra que suben o bajan a su arbitrio. En realidad, es la etapa de la negociación, donde los más llorones, arrastrados, barberos y “cooperativos” reciben la benevolencia del profesor en forma de “puntos extra”. Así, los alumnos aprenden que obtener la aprobación del profesor es mejor que ser esforzado y estudioso.
Todo lo que realmente aprenden nuestros jóvenes en la escuela es la “currícula oculta” que se reflejará a lo largo de su vida. De adultos, como padres, como trabajadores o como nuevos profesores repetirán esta misma historia de abuso, hipocresía, conformismo, indiferencia y cinismo.
Independientemente del “éxito” o “fracaso” escolar, el alumno aprende que cualquier idea en contrario a la propia o la establecida, por buena que sea, es una “traición” y se privan y privan a todo su alrededor de cualquier mejora... Aprenden a mantener el status quo. Una sociedad que educa así a sus jóvenes no es una sociedad en desarrollo. Las sociedades avanzan porque ha existido gente que no se conforma con el estado de las cosas.
La educación "rasa", que imparte el Estado, pretende enseñar a todos los niños por igual, independientemente de su situación geográfica, cultural e intelectual. Esto, más que obedecer a un espíritu de igualdad parece la "producción en serie" de objetos de consumo. Los niños con más capacidad para su edad se verán retrasados en su aprendizaje mientras que aquellos con menos serán tachados como malos estudiantes.
Los padres se preocupan por darles a sus hijos una buena escuela donde, dicen, habrán de ser educados. Sin embargo, olvidan que la verdadera educación es la del hogar y si los padres rehúyen o ignoran su responsabilidad, están enseñando a sus hijos a rehuir e ignorar las suyas.
Algunos padres buscan una escuela que “discipline” a sus hijos, olvidando que si un niño tiene problemas de disciplina, generalmente provienen de casa. Así, dejan que sea la escuela la que imponga el “castigo” que no se atreven a imponer.
Muchos padres no “llevan” a sus hijos a la escuela, los “abandonan” ahí. Esto es más evidente durante los días de asueto y vacaciones cuando no encuentran qué hacer con los hijos. Si el padre no se interesa en la educación de sus propios hijos, los profesores no lo harán mejor... ni siquiera por la paga.
Por otro lado, están los padres que “exigen” a sus hijos o a la escuela las mejores calificaciones, como si en ésto les fuera la vida. Cuando las calificaciones no son las esperadas, algunos padres se vuelven en contra del hijo y aumentan la “presión”, mientras que otros se vuelven en contra de la escuela. Así los hijos aprenden a exigir y culpar a los demás de sus propias expectativas y frustraciones.
Los padres podrán decir en su descargo que nadie les enseñó a ser padres, lo cual es correcto, y que por eso tienen que confiar en las escuelas para educar a sus hijos (cuya razón de ser es precisamente eso). Sin embargo, el que no exista una educación formal para ser padres no disminuye la responsabilidad de serlo y, por otro lado, repito, la escuela poco tiene que ver con el aprendizaje y la educación.
Entonces, qué hace la escuela con nuestros hijos? Bueno, además de la “currícula oculta” mencionada, la escuela adiestra a los alumnos. El adiestramiento es la capacitación para realizar una tarea específica. Así, la escuela nos adiestra para realizar ciertas tareas: “memorizar”, “leer”, “escribir”, realizar operaciones matemáticas, etc. Terminados los grados, los alumnos deberían ser capaces de realizar estas y otras tareas.
La escuela también instruye a nuestros hijos, entendiendo como instrucción la enseñanza de las reglas que rigen las diversas situaciones. Los alumnos son instruidos, por ejemplo, en Civismo, higiene y deportes.
El aprendizaje debería consistir en adquirir nuevas formas para hacer las cosas o para la consecución de metas, no el mero hecho de recopilar información. El aprendizaje no debiera medirse por la cantidad de conocimientos almacenados en la mente del alumno, sino en la capacidad con que el alumno pueda realizar eficaz y eficientemente cualquier cosa que requiera en su vida. Si no se consigue este objetivo, no tendrá valor alguno desde el punto de vista práctico y, por ende, no motivará en forma alguna al estudiante a aprender.”
Si aprendemos a utilizar nuestras capacidades y resolver nuestras deficiencias, entonces nos será fácil lograr las metas que nos pongamos. ¿Nuestras escuelas están logrando esto? Aún antes, ¿Es éste el objetivo de nuestras escuelas?
Enoch Alvarado
La escuela poco tiene que ver con el aprendizaje, mucho menos con una verdadera educación. Actualmente, el método empleado para "enseñar" consiste en presentar cierta cantidad de información a los alumnos para luego realizarles un examen y calificar cuánta de esta información fueron capaces de “retener”. Así, lo que realmente aprenden los alumnos es a dar las respuestas "dictadas" que esperan los profesores (a veces ni siquiera las correctas).
Los profesores imponen sus propias reglas sobre los alumnos. Muchas veces arbitrarias y absurdas. Reglas que ellos mismos rompen en cualquier momento. Este abuso de poder es ejercido con total impunidad. El autoritarismo es ejercido en razón inversa a la calidad humana del profesor. Y esto es también aprendido por nuestros jóvenes: abusa de los demás, y en cuanto más débiles y desprotegidos, mejor.
El contenido que se enseña en las escuelas también es bastante cuestionable. Mucha información, se pretende pasar como “bases” o como cultura general. Cualquier adulto sabe que sólo un mínimo de lo aprendido en la escuela le ha resultado útil en algún momento de su vida. Aún en la educación universitaria, los alumnos se quejan de lo poco concreto de sus estudios y terminan su carrera con gran inseguridad y muchos miedos de enfrentarse al mundo laboral pues “saben que no saben”.
Los medios que utilizan los profesores para enseñar suelen ser limitados a unas cuantas técnicas audiovisuales, en el mejor de los casos; pero la mayoría de las veces la “técnica” se limita a un “dictado”, a escribir en el pizarrón para que los alumnos copien, a dejar que alguno de los alumnos lea el tema del mismo libro de texto, o bien, lo dejan de tarea con el nombre de “investigación” para que los alumnos aprendan por sí mismos. Nuestros alumnos aprenden que la mediocridad en el trabajo es la norma, no la excepción. Aprenden a aparentar que el trabajo se hace.
La escuela y los profesores tratan de ajustar al alumno a sus propias reglas y de que “aprenda” los contenidos. Poco importa su situación, sus deseos, sus intereses, sus habilidades y sus debilidades. Así, el alumno aprende a no considerar a los demás como personas.
La “disciplina” en la escuela es entendida como el conformismo o el silencio a las actitudes y decisiones que tomen los profesores. Cualquier opinión expresada en contrario por los alumnos suele tacharse de rebeldía y es reprimida o coartada de inmediato. Así el alumno aprende a quedarse callado, con su rabia, o a conformarse.
Los laboratorios se realizan para repetir experimentos, jamás para experimentar o, siquiera, entender el planteamiento científico que llevó a ellos. Lo que se califica en ellos no es la curiosidad científica sino la capacidad para seguir instrucciones al pie de la letra. Así, el alumno aprende a matar su iniciativa.
Los exámenes que deberían ser un instrumento para conocer el grado de aprovechamiento de los alumnos suelen ser un arma más de terror. Se emplean los exámenes “sorpresa” cuando los alumnos están más inquietos de lo debido. Los exámenes deberían calificar tanto a alumnos como a profesores. Si un examen no obtiene una distribución normal o una mejor de calificaciones, entonces de inmediato sabemos que el profesor no cumplió su tarea de hacer que el grupo aprendiera. Más bien, el examen es preparado con preguntas retorcidas, ambiguas o desproporcionadamente difíciles en comparación con lo visto en clases. Así, el alumno tiene todas las de perder y el objetivo real de los exámenes es torcido en beneficio del “autoritarismo” del profesor. Así, el alumno aprende a humillar.
Por último, llega la calificación final. Aquí, los profesores “consideran” el esfuerzo del alumno (calificación cualitativa), los exámenes (calificación cuantitativa) y demás puntos extra que suben o bajan a su arbitrio. En realidad, es la etapa de la negociación, donde los más llorones, arrastrados, barberos y “cooperativos” reciben la benevolencia del profesor en forma de “puntos extra”. Así, los alumnos aprenden que obtener la aprobación del profesor es mejor que ser esforzado y estudioso.
Todo lo que realmente aprenden nuestros jóvenes en la escuela es la “currícula oculta” que se reflejará a lo largo de su vida. De adultos, como padres, como trabajadores o como nuevos profesores repetirán esta misma historia de abuso, hipocresía, conformismo, indiferencia y cinismo.
Independientemente del “éxito” o “fracaso” escolar, el alumno aprende que cualquier idea en contrario a la propia o la establecida, por buena que sea, es una “traición” y se privan y privan a todo su alrededor de cualquier mejora... Aprenden a mantener el status quo. Una sociedad que educa así a sus jóvenes no es una sociedad en desarrollo. Las sociedades avanzan porque ha existido gente que no se conforma con el estado de las cosas.
La educación "rasa", que imparte el Estado, pretende enseñar a todos los niños por igual, independientemente de su situación geográfica, cultural e intelectual. Esto, más que obedecer a un espíritu de igualdad parece la "producción en serie" de objetos de consumo. Los niños con más capacidad para su edad se verán retrasados en su aprendizaje mientras que aquellos con menos serán tachados como malos estudiantes.
Los padres se preocupan por darles a sus hijos una buena escuela donde, dicen, habrán de ser educados. Sin embargo, olvidan que la verdadera educación es la del hogar y si los padres rehúyen o ignoran su responsabilidad, están enseñando a sus hijos a rehuir e ignorar las suyas.
Algunos padres buscan una escuela que “discipline” a sus hijos, olvidando que si un niño tiene problemas de disciplina, generalmente provienen de casa. Así, dejan que sea la escuela la que imponga el “castigo” que no se atreven a imponer.
Muchos padres no “llevan” a sus hijos a la escuela, los “abandonan” ahí. Esto es más evidente durante los días de asueto y vacaciones cuando no encuentran qué hacer con los hijos. Si el padre no se interesa en la educación de sus propios hijos, los profesores no lo harán mejor... ni siquiera por la paga.
Por otro lado, están los padres que “exigen” a sus hijos o a la escuela las mejores calificaciones, como si en ésto les fuera la vida. Cuando las calificaciones no son las esperadas, algunos padres se vuelven en contra del hijo y aumentan la “presión”, mientras que otros se vuelven en contra de la escuela. Así los hijos aprenden a exigir y culpar a los demás de sus propias expectativas y frustraciones.
Los padres podrán decir en su descargo que nadie les enseñó a ser padres, lo cual es correcto, y que por eso tienen que confiar en las escuelas para educar a sus hijos (cuya razón de ser es precisamente eso). Sin embargo, el que no exista una educación formal para ser padres no disminuye la responsabilidad de serlo y, por otro lado, repito, la escuela poco tiene que ver con el aprendizaje y la educación.
Entonces, qué hace la escuela con nuestros hijos? Bueno, además de la “currícula oculta” mencionada, la escuela adiestra a los alumnos. El adiestramiento es la capacitación para realizar una tarea específica. Así, la escuela nos adiestra para realizar ciertas tareas: “memorizar”, “leer”, “escribir”, realizar operaciones matemáticas, etc. Terminados los grados, los alumnos deberían ser capaces de realizar estas y otras tareas.
La escuela también instruye a nuestros hijos, entendiendo como instrucción la enseñanza de las reglas que rigen las diversas situaciones. Los alumnos son instruidos, por ejemplo, en Civismo, higiene y deportes.
El aprendizaje debería consistir en adquirir nuevas formas para hacer las cosas o para la consecución de metas, no el mero hecho de recopilar información. El aprendizaje no debiera medirse por la cantidad de conocimientos almacenados en la mente del alumno, sino en la capacidad con que el alumno pueda realizar eficaz y eficientemente cualquier cosa que requiera en su vida. Si no se consigue este objetivo, no tendrá valor alguno desde el punto de vista práctico y, por ende, no motivará en forma alguna al estudiante a aprender.”
Si aprendemos a utilizar nuestras capacidades y resolver nuestras deficiencias, entonces nos será fácil lograr las metas que nos pongamos. ¿Nuestras escuelas están logrando esto? Aún antes, ¿Es éste el objetivo de nuestras escuelas?
Enoch Alvarado
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