2 de septiembre de 2018

Los plátanos verdes.


Los plátanos verdes.

Hay quien es aficionado a las cosas de la historia; pero yo lo soy más a las historias de las cosas (lo sé, parece frase de Arjona), y esta es la historia de estos plátanos dominicos comprados un viernesico saliendo del palacio de gobierno de Xalapa, donde apreciamos el mural "La revolución contínua", nombre que me puso a pensar si el acento estaba colocado en la "i" y no en la "u" para teñir de color rosa mexicano lo que en realidad es el rojo sangre del pintor, que ustedes no están para saberlo pero yo sí para contarlo o no lo estaría haciendo, fue mi querido y admirado maestro de pintura, hombre rojo que inspiró mi rojo caminar, rojo empático, rojo compasión, rojo indignación, rojo que te quiero rojo, rojo carmesí y carmen no, rojo ocre medio pero nunca rojo medio ocre. Tal vez sí, tal vez no, pero me imagino a Melchor Peredo reírse para sus adentros al plantarles justo debajo de "sus narices" su rojo mensaje a Herrera, Duarte, Llunes y a los que vinieron antes y los que vendrán después.

Pero estos plátanos no eran rojos sino verdes y traía la penquita un humilde anciano que los ofrecía en el portal. Desvelado por un viaje tan cómodo como el día que te presentan a tus suegros, reaccioné hasta cinco pasos adelante. Me detuve, saqué una moneda de 10 pesos y le pedí a mi hijo se la diera. Como no regresara de inmediato, volví mis pasos y mi hijo me contestó: no está pidiendo dinero. Y, efectivamente, el hombre ofrecía la penca a la venta. Ahí me di cuenta que los prejuicios nos parecen menos cuando los vestimos de bondad; pero siguen siendo prejuicios. Mi compasión fugaz que me hizo detener llamó a la caridad, la verdadera, donde puedes ver al otro como tu igual. Y no me refiero a que lo viera igual de viejo o pobre que yo, sino "igual igual", hermanados en esta especie de homo sapiens sapiens tan en peligro de extinción debido a su enemigo natural, el homo homini lupus.

El viejo no vestía el traje típico del totonacapan, más bien, el del mexicano de antaño, de siempre, de extra de película de Armendaris y Negrete, ese traje distinguible del mexicano indistinguible. Su pequeño morral de yute dejaba entrever lo que parecía un pan de bola o un bolillo, tal vez una torta, y una botellita de coca cola, esa sí totalmente distinguible, lo cual me hermanó más con él.

Mi hijo, a quien se supone debería yo enseñar pero es de quien más aprendo, sacó otros veinte pesos para completar el precio solicitado por la penquita. !¿Treinta pesos?! De repente salió lo poco que queda en mí de judío comerciante. Ni siquiera eso costaría en mi pueblo, donde todo es caro por escaso, como la libertad. No se hable más, que no estoy comprando sino ayudando al hombre a vender lo que seguramente fue su única mercancía posible, recién cortada en los platanares de su pobre casa enclavada en la montaña. ¿Que cómo sé yo todo eso? Pues no lo sé, ¿pero a poco no se siente chido pensar que asi fue?

Sus "treinta pesos" que repitió enmedio de otras muchas palabras ininteligibles me sacaron de tales pensamientos. Dijo algo más donde incluía que "estaban maduros" y yo, pues puse la sonrisa pendeja cuando no entiendes ni madre pero que no quieres decir que no entendiste para que no te lo repitan. Mi hijo parecía entenderle más y le contestó que veníamos de Querétaro. Más conversación críptica y ajena hasta que se dirigió a mí para preguntar "¿De dónde eres güero?" Y mi cerebro, cabrón, contesta para mis adentros: "pues sólo que de las palmas de mis manos". Le digo que de Acapulco y doy por terminada mi dosis de caridad. Me despido y él ignora mi despedida. Sigue hablando en su lenguaje particular, mitad atravezado y mitad rápido. Sigo sonriendo con mi sonrisa estúpida, mitad sorda y mitad interesada. Sólo alcanzo a distinguir unas pocas palabras, las últimas de cada frase. De las cuales me afianzo, como político a hueso, y de ellas descifro lo que quiere decir; pero me doy cuenta que no le importan mucho mis respuestas, él sigue con lo suyo, exactamente como hace la mayoría de la gente.

Tras una pausa larga de su parte, comprendo que me está dando permiso para irme. Me despido agitando la mano tímidamente, con miedo de que empiece nuevamente el "diálogo" de sordos. Ese que odio tanto que prefiero me llamen antisocial a tener que soportarlo.

Por su forma de hablar, porque, según, los plátanos estaban maduros y, por el precio elevado, concluí que no estaba totalmente bien de sus facultades mentales y ahí sí que terminé de hermanarme con el anciano.

¿Y ahora qué voy a hacer con una penca de plátanos verdes, caros y que observo por primera vez, son dominicos, cuando a mí no me gustan? Mi cerebro busca una solución a tan tremendo problema... Regalarlos a algún indigente, que no encuentro por ningún lado. ¿Dónde están cuando se les busca? ¿Acaso no estoy en México? ¿Acaso les prohíben deambular por ahí? Pues no hay uno solo por ningún lado. Reparo en que mi marchante estaba alineado entre otros puestos de chuchería y media. Empiezo a observar la ciudad con otros ojos: toda bella, toda limpia, toda de colores. Edificos verdes, amarillos y hasta rojos. Colores oor aquí y colores por allá, una ciudad pintada de colores, una ciudad sacada de un cuadro de pintura, o lo que es lo mismo, una ciudad pintoresca.

Decidí, pues, conservar mis platanicos dominicos verdesicos comprados en viernesico y esperar a que maduren... Ojalá les tome menos tiempo que a mí y no le pase lo que a muchos otros, que pasan de verdes a podridos sin haber madurado nunca y no me refiero a sus cuerpos sino a sus ideas y sentimientos.

¡Orgánicos¡ ¡Sìiii! ¿Cómo no pensé en eso antes? Son plátanos orgánicos y listo, ya no son caros sino baratos. Ahora sí, ya puedo presumirlos y esperar a que maduren. Dice Verónica, mi compañera de vida, que tal vez se pongan rojos al madurar. Sería metafórico el asunto; pero no espero tanto de mi penca, en este momento, compañera de aventuras por Xalapa y miembro honorario de mi mini y atípica familia, al menos hasta que corra el mismo destino que los bocoles y picadas que tenemos enfrente.

15 de diciembre de 2016

La moda

La moda.

Te dice qué hacer y qué no hacer, qué es lo correcto e incorrecto.

Dictada por un puñado de tipos que se benefician de ella.

Llena de rituales y fetiches inútiles.

No importa lo pervertido de sus líderes, la gente les permite todo.

Sus excesos, abusos y escándalos sexuales son frecuentes.

Emplea modelos con una imagen artificial, poco real, de lo que una persona común es o debe ser.

Te sientes especial por seguirla, aunque seas del montón.

Cambia frecuentemente para venderte nuevas cosas y volver a llevarse tu dinero.

La gente asiste a sus desfiles sólo por morbo o para dejarse ver y lucirse.

Cuando la sigues, crees que te hacer ver bien pero sólo haces el ridículo.

Mucho de lo que te vende es basura reciclada del pasado.

Exige mucho a las mujeres y poco a los hombres.

Te ha hecho creer que la necesitas en tu vida.

No tiene sentido pero igualmente la sigues.

Cambia tu apariencia pero no tu esencia.

Está mal visto reírse y burlarse de ella.

Definitivamente, la moda es una religión.

Enochanell

24 de noviembre de 2016

Querido Santa

Querido Santa:
Lo siento, pero anoche te descubrí por accidente. No es que estuviera de curioso, lo juro, sólo desperté para ir al baño y alcancé a escuchar tu voz. Es grave y algo rasposa, como la del vecino.

También descubrí que te acompaña tu hija y es quien lleva la cuenta de los juguetes. Ella decía: “Más, papi, más” mientras les pasabas los regalos a tus elfos con un “¡Toma, toma!”. Vaya que iban de prisa.

Estoy contento porque serán muchos juguetes. Les tomó largo rato descargarlos entre pujidos, quejidos, “no cabe”, “está muy apretado”, “ahora por el otro lado”, "déjame a mí", "así, así" y otras instrucciones que se daban. Debieron quedar agotados, cada vez se escuchaban más cansados.

Me hizo feliz saber que los bocadillos que dejé en la mesa les gustaron mucho. Fueron muchos “¡Mmmm, qué rico!” los que escuché.

Por más que quise no alcancé a escuchar tu trineo. Sólo escuché que tu hija pedía que le tocaras la "campanilla". El año próximo incluiré una en mi lista.

Agradezco que me hayas traído la cachorrita que quería. No la escuché ladrar pero te oí cuando le dabas de comer: “Trágate todo, perra”. Yo también le insistiré que se tome su lechita “hasta la última gota” como tú ordenabas. Debe estar “preciosa y enorme” porque es lo que dijo tu hija.

Me puse un poco triste cuando dijiste que era hora de partir porque estaba por llegar tu reno. Me imagino que es el que tiene las astas más grandes de todos, porque dijiste que era “el cornudo” entre risas.

La Navidad me gusta mucho. Mi mamá despierta todas las mañanas muy feliz y con una gran sonrisa. Lo que no me gusta es que a papá le toca el horario nocturno. Te escribo mientras espero que llegue para empezar a abrir los regalos y decirle que se equivocó, que tu risa no es "Jo jo jo" como hace cuando te imita, sino "Jajaja".

Sinceramente tuyo, Juanito.

8 de septiembre de 2016

Los pretendientes


Los pretendientes. Ya no les llamaré creyentes sino pretendientes: Pretenden saber lo que no saben. Pretenden ser buenos aunque jamás hagan el bien. Pretenden tener un amor y desbordan odio. Pretenden callar a los demás mientras ellos no se callan. Pretenden imponer su moral y no son un ejemplo a seguir. Pretenden ayudar con oraciones en vez de hacer algo. Pretenden confiar en Dios y sólo quieren un amuleto. Pretenden anhelar la vida eterna y les aterra la muerte. Pretenden ser hermanos y no se toleran unos a otros. Pretenden desear la paz y hacen la guerra. Pretenden hacer la voluntad divina cuando hacen la suya. Pretenden ser humildes y presumen su humildad. Pretenden ser víctimas cuando son inquisidores. Pretenden tolerar a la vez que juzgan a los demás. Pretenden defender valores y no defienden sino tradiciones. Pretenden y no son, porque fingir es el camino fácil, como todo camino de bajada.