14 de marzo de 2014

Viaje relámpago a Guadalajara

Después de mucho buscar, apareció una amiga de la primaria-secundaria en Guadalajara y con motivo de la visita de otra amiga que venía de Houston, pues rápido que se organiza la pachanga para ayer jueves en la noche. Así que, el mismo jueves temprano preparé mis petacas para el viaje... Y luego hice mi maleta.

Como dijo Vicente Guerrero: "La Patria es Primero". Y como la patria está pobre, decido irme en autobús. Más descansado, más barato, más relajado y viendo películas.

Guadalajara, ahí te voy. Según yo, tomaré un almuerzo frugal para llegar a comer sabroso allá. Así que empiezo con unos taquitos de cerdo con rajas. Como llegaré hasta las 4:30 PM, me como también unas empanadas integrales de cajeta y llegando a la central, se me atraviesan unas empanadas hojaldradas de mole con pollo. Por si me da hambre en el camino, llevo cacahuates y el lonche del autobús, que aquí llamamos sandwich porque en Guanatos City, el lonche es lo que aquí llamamos torta. ¿Y las tortas? Allá las tortas son las ahogadas. Ganas de complicar todo, caray.

12:00 AM el autobús es local, así que sale puntualito. La primer película altamente recomendable... para dormir. Ni el título recuerdo. La segunda, la de Amelia Earhart pues sí me gustó y agradecí que no iba en avión por eso de las recochinas coincidencias. La tercera, los primeros treinta minutos de "Little Manhattan" (ABC del amor, una historia de amor a los 11 años) que me recordó mi primer amor, lleno de nervios, palabras que no salen de la garganta y manos sudorosas... a los 20 años. Como no puedo ver una película sin comer, me comí mis reservas alimenticias. Al fondo del lunch, aparece una bolsa miniatura de Chokis. Sólo dos méndigas galletitas. Me Chokis que hagan eso, pero me caen muy bien como postrer postre.

Guadalajara, Guadalajara... Me debes el olor a pura tierra mojada. Eso sí, hace un día precioso. Mi amigo Mario se ofreció a pasar por mí a la central, pero se lo catifixié por el regreso, en la noche. Así que, tan pronto como pongo un pie fuera de la central y al grito de "taxi", se me acercaron más taxistas que vendedores ambulantes en Acapulco en Semana Santa. "¿No hay orden para abordarlos?" -pregunto asombrado. - "No" - dijo uno de ellos, un poco apenado. Con quien usted guste ir. Volteo y veo muchos ojos de taxistas coquetos, como las jóvenes casaderas de los pueblos donde escasean los hombres, que entre sonrisas y tapándose media cara con su rebozo intentan conseguir el favor del fuereño. Los taxistas volteaban la mano... errr... quiero decir, apuntando hacia su auto. Eso sí, todos los autos impecables. Me dirijo al primero de la fila, como todo ciudadano desordenado que ha aprendido a ser ordenado en Querétaro. Resulta ser un taxista pelón, seguramente con zuelas en los zapatos, pero en eso no me fijé bien.

En el camino hacia Tlaquepaque, la típica plática normal de todos lados. El amigo narco que tiene mucho dinero pero que sabe que en cualquier momento se va a morir... O sea, lo normal en estos días.

¡Ajúa! ¡Ya estoy en El Parián! La cantina más grande del mundo... Pero como soy abstemio, paso de largo. Jueves, 5:00 PM, y poquísimas mesas ocupadas. ¿Mariachis? Ninguno. Apenas se escucha a lo lejos música de bolero... mal chiflada, por cierto... El bolero deja de chiflar y me pregunta: - "¿Grasa, joven?". - "No, pa'qué. Si ya tengo mucha" - contesto para mis adentros. Le hago una seña con la mano de que no y sigo mi camino. Estoy indignado. Traigo mis zapatos de fiesta, los únicos presentables que tengo y todavía me los ningunea, no hay derecho. Me alejo pensando en la canción de Atahualpa, que me viene al dedo... del pie... ("porque no engraso mis cacles, me llaman abandona'o... si a mí me gusta que suenen, pa'qué los quiero engrasar").

Llego a la tienda de mi amigo, quien se fue a comer y por teléfono quedamos de vernos más tarde. Quiero turistear un rato, estirar las piernas, visitar la plaza, un par de templos y por supuesto los puestos de artesanías mexicanas y chinas que nunca faltan en todo pueblo provinciano. Se me antoja un "tejuino"; pero "mejuino", porque está cerrado.

Son solo unas cuantas cuadras las que he caminado de ida y vuelta; pero la falta de costumbre y el tremendo gasto energético hace que se me abra nuevamente el apetito. Hay pizzas y lonches, pero si ya estoy en tierra de tradición gastronómica, pues lo mejor es aprovechar el viaje. Encuentro un restaurante de comida exótica: lomo de jabalí, cocodrilo y otras rarezas en el menú. Decido comer ahí. Se llama Real San Pedro.

El lugar de poca madre, un patio central de una casona colonial, con su fuente de cantera al centro. Pido una torta de chiche de sirena; pero el capitán se excusa. ¿No tienen chiche de sirena? -pregunto. "No" - responde el capitán - "Tenemos suficiente chiche de sirena, pero ya se nos terminó el bolillo". ¡Ah pinche capitán tan cábula! Encontré la horma de mi zapato. Como el jabalí no es otra cosa que puerco salvaje y de eso hay mucho manejando, pido "Filete Siqueiros" que no sé de dónde diablos tomó el nombre pero si, sí queiro el siqueiros. No acostumbro tomar fotos a mi comida ni antes ni después de comérmela, pero al buscar en Google, encontré el restaurant y el platillo. La paja de encima, no supe si era comestible o no... pero la probé. Me supo a paja y mejor la hice a un lado. Lo que más me gustó, fue que el precio era ridículamente barato para la calidad de la comida. Tiene fama de ser muy limpio, algo me dijeron que ahí "lavaban". Sí, muy limpio todo.

La música a cargo de una cantante y un "cantante-tecladista" empezó casi cuando terminaba de comer, lo cual fue una fortuna porque el chavo destrozaba las canciones. "Cruz de navajas", a cargo de la chica, por fin la escuché en español y ya supe qué dice. Pero a la hora de la comida no me interesa saber de traiciones y muertes. Para eso, vería mejor los noticieros. Luego, el chavo se arranca con "Baby I love your ways" versión whatthefuckisthat. Por último, la cantante se saca la espina con "A moment like this", la cual, neta, sí le salió muy "requetebién". La cantó exclusivamente para mí... bueno, no exactamente... pero yo era el único comensal. Ya iba de salida cuando el chavo se arranca con Hotel California. Apresuré el paso, porque más terrorífico que la letra de la canción, era oírlo cantar. ¡En fin!

Ya con la panza a reventar por el filete y el pan casero de ahí. regreso con mi amigo Mario y de ahí nos vamos al hotel Riú, a recoger a Nancy. El tráfico pesado de la Av. Lázaro Cárdenas nos permitió actualizarnos en chismes y platicar muy padre. Llegamos y... ¡Pinche hotelazo! Los que hablan de la pobreza tercermundista en México deberían darse una vuelta por ahí. Si acaso había algo de pobreza que desentonara con tanto lujo, eran mis jeans de doscientos pesos.

Como no existe mujer que sea puntual, esperamos a nuestra amiga un ratito más. De ahí a La Trattoria, a unas tres cuadras del hotel. Ni para qué la subida y bajada del coche. Y ahí nos esperaba Verónica, la amiga recién encontrada. La alegría de reencontrarnos valió la pena. Fotos y más fotos, pero mi MotoSmart tiene un filtro integrado de cámara pinche y las fotos salen granuladas y amarillentas. Además, el puto auto-enfoque que, cuando le doy clic, tarda largo rato para "encontrar la toma" y me salieron movidas... las fotos, quiero decir.

Y de repente, como de chiste, estamos un ateo, una judía, un católico light y una ultra-católica platicando. Pero como teníamos tanto que recordar, ni para qué tocar temas escabronosos, o sea, los temas "escabrosos" donde la gente se acaba "encabronando".

Lo malo de los risttorantes italianis son los nombres de sus platillos... que si a la cabronara, que si a la putanezca, que si el lingüinni y el penne... Y me tuve que aguantar la risa cuando ordenaban. Me sugirieron que pidiera camarones a la diabla. Les dije que no, que mi ex, no iba conmigo. Acabé pidiendo saltimbocca que estaba a pedir de bocca, es lomo con jamón serrano en salsa gravy. Gravy quedaría con tanta carne en un solo día... Y por supuesto, pan relleno de queso.

Por último llegó nuestro amigo Oscar, que ya sabíamos llegaría tarde. Alcanzamos a cotorrear un rato más, tomar las últimas fotos y redondear la velada. Lo de redondear fue literal, porque los dos estamos redonditos redonditos. Lamentamos la ausencia de Judith que, de último momento, no nos pudo acompañar.

Hora de despedirnos, no sin antes prometerse los jalisquillos verse más seguido, cosa que dicen cada año, pero que nunca cumplen. Dejamos a Nancy en su hotel y me llevó mi amigo a la central camionera. Por suerte, encuentro lugar en el siguiente autobús que llega en una hora... y quince minutos más de retraso.

¡Rumbo a casa! Aunque el autobús entra a Irapuato y me despierta tanto pinche bache, me vuelvo a dormir y despierto en Querétaro.

¡Llegamos! Dice el conductor mientras abre la puerta. Y yo, medio apendejado, como suelo despertar, pregunto: ¿Pues a dónde fueron? Me quito el pabilo, o sea me despabilo, agarro mi coche que dejé en el estacionamiento y me voy derechito a almorzar mi menudo de todos los viernes con mi menudero favorito, no vaya a ser que luego se me rompa "la hiel" como decíamos de niños para justificar nuestros antojos. Y de ahí, rumbo a casa.

¡Estoy en casa! ¡Hecho pedazos!… Pero bueno, con tanta carne y pan no me los iba a echar en el camión, ¿verdad? Eso sí, muy contento de ver a mis amigos de la infancia y listo para la siguiente reunión. Espero las fotos para poner una con Oscar.

25 de febrero de 2014

Depende, joven.

Depende, joven.


El primer diagnóstico certero de mi condición mental lo hizo Hermenegildo Torres, allá por los 70s, sin conocerme y sin necesidad de pruebas sicológicas: Era pendejo. Mi primera reacción fue rechazar el diagnóstico. La pendejez ajena era obvia, pero yo no encontraba la mía por ningún lado… lo cual confirmaba el diagnóstico. Mi propia pendejez impedía darme cuenta de lo pendejo que era porque todo pendejo cree que no lo es.

Pendejez de muchos, consuelo de pendejos. A final de cuentas, la sabiduría popular son las pendejadas compartidas y universalmente aceptadas. Es más fácil aceptar la pendejez que ser el único no pendejo en un mundo de pendejos y viceversa, porque creerse el único pendejo o creerse el único no pendejo es igual de pendejo.

Como pendejos, nos subimos a un pedestal de superioridad moral o intelectual pendeja auto-conferida para desde ahí pendejear a los demás, Pendejeamos abierta, oculta o disimuladamente a los demás, dependiendo del grado de respuesta que podemos obtener de vuelta, y por poder prever esto, queremos creer no ser pendejos o al menos tan pendejos de ignorarlas, como harían otros pendejos. Pendejeamos. pues,  porque en nuestro interior nos sabemos pendejos, tratamos de demostrar lo contrario y apuntamos afuera para desviar la atención; pero inevitablemente haremos nuestras propias pendejadas y arreglarlas u ocultarlas antes de ser descubierto provoca una reacción en cadena de pendejadas. Aceptar la propia pendejez es liberador para el pendejo de baúl*. De abajo hacia arriba, todo es ganancia, de arriba para abajo, todo es pérdida. No podemos ser tan pendejos como para no entender algo tan simple. Aceptar ser pendejo es ser un poco menos pendejo.

Si creemos que nos aceptamos, pero no aceptamos nuestra propia pendejez, nos estamos engañando. Dije engañando y no haciéndonos pendejos porque pendejos ya estábamos hechos desde antes. Lo pendejo no se hace, se nace. Aceptar no es luchar. Todo conflicto viene de la no aceptación de algo y eso cualquier pendejo lo sabe. Así que si luchamos contra nuestra pendejez tenemos la batalla perdida porque nos hundiremos cada vez más dentro de ella. Aceptar tampoco es rendirse, como acabamos de pensar porque somos tan pendejos que creemos que solo hay dos posibilidades. Aceptar es entender que ser pendejo es parte de nuestra personalidad como lo es ser inteligente. Ambas son dos caras de la misma moneda y no hay límite claro entre ellos. El éxito radica en cuál de las dos usemos frente a las distintas circunstancias de la vida. Algunos pendejos triunfan porque su habilidad para aprovechar las circunstancias se encuentra del lado no pendejo de la moneda. Uno es su pendejez y su circunstancia.

Ser pendejo no es ni bueno ni malo. Tampoco es sinónimo automático de superioridad ni de inferioridad, porque siempre habrá otro más o menos pendejo que nosotros según nuestro pendejómetro particular que falla bastante porque lo construyó un gran pendejo: tú. Avergonzarse o enorgullecerse por ser pendejo es de pendejos, así que invariablemente sucederá.

Lo que nos hace distintos, únicos e irrepetibles son nuestros estilos personales de ser pendejos. En qué áreas de la vida dejamos salir a nuestro pendejo interior y en cuáles a nuestro pendejo exterior, porque algunos tienen lo pendejo a flor de piel y otros, lo ocultan un poco más o por más tiempo. Los estilos individuales son tan infinitos como la pendejez misma. Cada cabeza es un mundo de pendejadas.

Las relaciones humanas se realizan mayormente en el plano de la pendejez, de pendejo a pendejo. Nuestras partes pendejas se identifican, se saludan, se amigan o enojan entre ellas. Si te encuentras discutiendo con un pendejo, al otro le sucede exactamente igual. Respondemos a las pendejadas ajenas dejando salir nuestra propia pendejez a jugar. Eso sí, con nuestras mejores armas para ganar, porque además de pendejo somos ventajosos. Si no viviéramos en la pendeja, nos daríamos cuenta que nos molesta lo que no aceptamos, así que si no hay aceptación por la pendejez propia no la habrá por la ajena, y el respeto a la pendejez ajena es la paz. 

No nos molesta tanto ser pendejos sino que nos lo diga otro pendejo y nuestra respuesta emocional a esa pendejada viene dada por la fórmula: R = kP/A. Donde “R” es la respuesta, “k” es nuestra pendejez, “P” es la pendejez ajena observada y “A” es nuestra capacidad de aceptación de nuestra propia pendejez.

Los sabios dudan, los pendejos están seguros… Lo digo con toda seguridad. Y tengo un sueño hoy: que algún día, pendejos grandes y pendejos chicos, pendejos pobres y pendejos ricos, se den la mano como hermanos y podamos vivir en la pendeja en paz. Pendejos de todo el mundo, ¡uníos!


*  Por pendejos nos metemos en baúles en vez de closets.

1 de febrero de 2014

Qué sabe nadie

Qué sabe nadie.


Constantemente soy acusado, juzgado, sentenciado y castigado por quien me quiere y quien no me quiere, por quien cree conocerme y por quien no me conoce en absoluto. Privado de los derechos de audiencia y de defensa, tengo que aceptarlo sin derecho a réplica, sin clemencia ni piedad, mucho menos absolución. El cerrojo está echado, el prisionero olvidado, no se vuelve a hablar de él. La llave arrojada al río y la vida continúa.

Cuando les pregunten dirán que no saben de mí, que fui un ingrato, que me he ido. Pero sigo aquí, donde me colocaron para que no puedan verme. Mi verdadero carcelero no son ellos, ni siquiera sus actos, sino la obscuridad que les impide darse cuenta de lo que hicieron.

Si en algún momento me visitaron, encontraron luz donde esperaban tinieblas, amor donde esperaban lucha o comprensión donde esperaban perdón, porque mi libertad es interior, ninguna reja puede aprisionarla y nadie puede impedirme seguir amándolos desde mi confinamiento.

Me pasan su lupa para magnificar mis errores, mis dudas y mis defectos, que son tantos y tan variados como los de ellos, con el fin de poder convencerse de que su precaria e inestable comodidad es preferible. Me necesitan ahí, en la prisión, para convencerse de que es el castigo justo para quien intente romper sus cadenas. Reconocer y abandonar mis propias mentiras les recuerda que no toleran las suyas. El amor que les tengo pone en evidencia el tamaño real del suyo y la incapacidad para darlo de vuelta. Vivo con los ojos abiertos, sin traicionarme, desnudo, sin máscaras, rompiendo paradigmas, destrozando creencias, reinventándome todos los días. Mi crimen no es ser quien soy sino mostrar quién pueden ser y no se atreven.

Pero qué sabe nadie... ni yo.


15 de enero de 2014

La depresión

La depresión.

¿Cómo explicar los colores a un invidente de nacimiento? ¿Cómo explicar el olor de una rosa a quien jamás la ha olido? He escuchado a gente decir: "estoy deprimido", cuando solamente está triste. Otros me han preguntado: "¿cómo sé si estoy deprimido?". La depresión es como un orgasmo, si tienes duda de si es, es que no es. Es hasta después de años de vivir en un eterno caos donde nada tiene sentido desde que puedes recordar que aprendes que a eso se le llama depresión.

La depresión no es una sensación, como el frío o la calidez, no radica en tus sentidos. No es una emoción, como podría ser la alegría o la tristeza, no te mueve a la acción sino lo contrario. Tampoco es un sentimiento, como pueden ser el odio o el amor, porque no tiene objeto. La depresión es un ESTADO CONSTANTE, como la felicidad. La palabra clave, aquí, es constante. La felicidad es percibida como una paz constante, no  como una alegría o un júbilo que resultan pasajeros. La depresión puede variar en intensidad pero difícilmente se sale completamente de ella.

Existen varios “estados”, que representan la forma permanente de vivir la vida. Los más frecuentes son: Dormido1, deprimido, perdido2 y feliz.  La mayoría de la gente vive dormida, otros muchos viven en estado de depresión. Otros pocos, viven perdidos y viven la vida como autómatas que únicamente reaccionan al medio. Y algunos pocos, muy pocos en realidad, viven en felicidad.

Sin afán de menospreciar, los dormidos están más lejos de la felicidad que los deprimidos. No porque exista algo malo en ellos, sino porque su vida transcurre relativamente llevadera en comparación con la intensa y caótica del deprimido y, por tanto, no tienen la necesidad ni la urgencia de salir de su estado. El reto de los dormidos para vivir en felicidad es aprender a tolerarla. Las sensaciones, emociones y sentimientos son pasajeros. Llegan y se van, no se quedan sino en recuerdos. Así que buscan una sucesión interminable de sensaciones, emociones y sentimientos, ya sea positiva o negativamente, como podría ser desde la búsqueda de emociones en algo tan pasivo como el cine o la televisión o en algo tan intenso como la adicción a los deportes extremos. Incluso la gente que hace del sufrimiento su vida, no es sino hasta que recuerda que “debe” estar triste que se “pone” triste. La necesidad de esta secuencia interminable resulta del vacío en que se vive entre uno y otro suceso, el cual resulta indeseable. La felicidad no es una secuencia de estos eventos agradables, aunque para el dormido le pueda parecer así. El reto del dormido para alcanzar la felicidad es aprender a tolerar este “supuesto” vacío, dejar de buscar nuevas emociones cuando las anteriores se han ido, aceptar que las emociones  serán pasajeras y quedarse con lo que ya está, para que surja la paz. En realidad están muy cerca de lograrla, solo necesita aprender a tolerarla.

El deprimido vive constantemente infeliz, así que la constancia de la felicidad no le resultará tan intolerable, pero el pesimismo intrínseco de la depresión le hace verla más lejana de lo que en realidad está, incluso la puede llegar a considerar irreal. El deprimido se siente tan pequeño que todo lo magnifica, como la infelicidad propia, la felicidad ajena y lo mismo puede suceder en cualquier otra área como puede ser el aspecto físico, como la anorexia, el intelectual o el laboral.  De ahí que haya empleado la palabra intensa al referirme a la vida del deprimido. Estar en cama todo el día es distinto si se está descansando a si se vive en una lucha intensa contra la vida.

Una forma de expresar la depresión es la manía, donde se actúa en sentido inverso a la inmovilidad típica de la depresión. Entonces se magnifica el actuar como compensación, como puede ser el caso de la vigorexia, el sexo desmedido,  el que no para de hablar, el eternamente enojado o incluso en algo tan positivo como podría ser el acopio incesante de conocimientos u objetos. La manía hace de todo para no alejarse de la carga emocional. Pero este tipo de manía, invariablemente es insostenible y por momentos descubrirá la depresión real subyacente.

Un error del deprimido es anhelar regresar al estado de dormido. La meta es huir, salir o descansar, aunque sea por unos instantes, del estado de depresión. En general, las cargas kinestésicas son pesadas porque se perciben magnificadas, innecesarias, sin sentido, pero sobre todo porque no se desean ni se aceptan ni se liberan, se quedan ahí. La paradoja del depresivo es que, aunque puede llegar a la felicidad, no se cree merecedor, valioso o fuerte para lograrlo.

Los dormidos difícilmente entenderán a los deprimidos, pero sí pueden aprender a respetarlos.

Los castigos y la ira que puedan desatar los padres o parejas no funcionan o lo hacen en forma negativa, para quien ya, de por sí, está auto-castigándose y odiando su vida.

Las palabras condescendientes: "pobrecito",  "no te preocupes" y otras similares, dichas de buena fe, demuestran incomprensión y restan importancia a quien ya, de antemano, se siente incomprendido y minimizado.  

En la experiencia del dormido, las emociones son pasajeras y le es común pensar que así será para el deprimido; pero para este último, nada es pasajero. La esperanza de futuro, expresada como: “ya se te pasará”, “mañana será otro día” tendrán nulo significado para quien vive en desesperanza.

Las porras de “ánimo”, “tú puedes” o “échale ganas” llegan tarde para quien sacó de quién sabe dónde, la fortaleza para tan solo mantenerse vivo un día más.

El dormido, realiza cosas para llenar la vida y suele aconsejar desde su propia forma de ver la vida: “sal”, “diviértete”, “ten una actividad”. Para el deprimido, aunque puede hacer las mismas cosas que el no deprimido, las realiza con mayor desgaste energético y acaba agotado, por tanto y para protegerse, se limita a las cosas que le son estrictamente necesarias.

No es necesario entender la depresión, basta con respetarla. La forma de respetar al hijo, hermano, amigo o pareja depresivo es simple: preguntar qué necesita él y esperar hasta que esté dispuesto a hablarlo. Por mientras, habrá que esperar, al lado, y estar dispuesto a ayudarle cuando él lo pida, en lo que pida, como lo pida y en la medida de las posibilidades. Más que frases o libros motivadores o inspiradores es necesario mostrar el apoyo y la disposición de permanecer al lado. Es preferible usar un “te espero” que un “apúrate”, un “no entiendo pero lo acepto” que un “estás mal, cambia”. “No sé cómo ayudarte pero puedes pedirme lo que necesitas” es una frase honesta que abre la puerta y respeta al otro.

Tanto el deprimido como el despierto distorsionan su voluntad y caen frecuentemente en el voluntarismo. Pero mientras el dormido disfruta las ventajas de salirse con la suya, el deprimido no quiere serlo, lo ve como una gran imperfección, se enoja con él mismo por serlo, incluso llega a odiarse por ello y reprime su fuerza de voluntad al máximo como auto-castigo o como medida de -control pues en realidad teme a esta fuerza que percibe como desproporcionadamente poderosa y teme hacerse daño o hacerlo a los demás. La cantidad de energía para llevar acabo cualquier función debe primero igualar a la fuerza que aplica en contrario y sumar la energía normal que requeriría llevar a cabo cualquier tarea. De ahí el agotamiento constante de quien vive en la depresión.

El miedo desmedido a la ira desmedida que pudiera volcarse en los demás, primero sobre los padres ya que la depresión se instala en las primeras etapas de la vida y luego hacia los demás, se vuelve hacia sí mismo. El miedo a la ira impide en gran medida aceptarla y canalizarla y requiere otra gran cantidad de energía para contenerla.

Por último, la visión magnificada del depresivo exige un perfeccionismo desproporcionadamente irreal contra el cual suele compararse. En la comparación no solamente sale perdiendo sino que se coloca en los últimos sitios de la repartición de dones. El orgullo, como distorsión de la razón, está seriamente lastimado. La imperfección se percibe tan magnificada que el deprimido quiere desaparecer o, cuando menos, pasar desapercibido. Salir a la calle, mostrarse e incluso platicar requiere un esfuerzo adicional. Incluso en aquellas áreas libres de conflicto, el deprimido vive en la constante desvalorización y no reconoce sus méritos, sus dones ni sus logros como tales. No desde la humildad sino desde la perspectiva fatalista que, cuando le resulte innegable el mérito, lo considera mera suerte y vive en el miedo constante de ser descubierto como el mérito fraudulento que percibe.

Aunque para el deprimido parezca imposible salir de este estado, precisamente por su visión fatalista y catastrófica de la vida, sí es posible y no está fuera del alcance de nadie. Pero no saldrá hacia el dormir o hacia el perderse. Le es imposible ya que la depresión viene de la represión de sus fuerzas, no de la negación ni de la inconsciencia. El único camino posible es hacia la felicidad. No sobre-simplificaré dando recetas mágicas. Toda la ayuda externa es bienvenida, médica o terapéutica, pero requiere de un trabajo personal para ampliar la consciencia y reconocer, aceptar, conocer y manejar las fuerzas internas: Desenredarlas, hacer que trabajen una al lado de la otra, en colaboración, no interfiriendo entre ellas, para pasar del miedo al amor, del orgullo a la razón y del voluntarismo a la voluntad.

Para alinear nuestras fuerzas internas podemos empezar por preguntarnos, ante cualquier situación de la vida que valga la pena revisar: ¿Qué siento? ¿Qué pienso? Y ¿Qué quiero? Las tres preguntas son necesarias e igualmente importantes. Seguramente observaremos el entrelazamiento de las tres, por ejemplo, “siento  que es correcto/incorrecto” cuando en realidad es “Pienso que es correcto/incorrecto”. “Siento que quiero/no quiero”, mezcla el sentimiento con la voluntad. “Quiero o no quiero” da más luz al asunto. “Pienso que estoy triste”, por ejemplo, es reemplazar la emoción real con aquella que creemos que deberíamos sentir. Tal es el caos de nuestra vida y poner orden no requiere sino un poco de disciplina. Ahora ya lo sabes, ahora ya lo puedes usar en tu beneficio.

Separar las fuerzas desanudará la tensión entre ellas ya que acaba la lucha entre ellas. Una vez aclaradas las verdaderas intenciones de cada una de las fuerzas, podremos tomar decisiones más conscientes a la vez que vamos aclarando el camino. Si lo que siento es amoroso, lo que pienso es verdadero y lo que quiero es bueno, entonces difícilmente tendré dificultad en tomar una decisión. Sin embargo, cuando alguno de los aspectos no puede ser cubierto, lo cual es bastante frecuente en un principio, también podremos tomar una decisión no tan equilibrada, pero estaremos conscientes de las posibles consecuencias de la misma y nos podemos preparar para un posible mal resultado. Lo importante es, pues, dejar fuera el auto-engaño.

Separar las fuerzas tiene la ventaja de poder atender cada una de ellas por separado y en la intensidad y frecuencia que cada una requiere. No existen terapeutas intelectuales ni de la voluntad, pero dejarlas de lado cuando se trabaja en sicoterapia ayuda a centrarse en los sentimientos. La razón podrá ayudar a entender y poner orden mientras que la voluntad podrá ayudar a mantenerse firme en caminar constantemente hacia la libertad emocional.
Notas.
1 No me gusta el término “dormido” pero es el que se emplea comúnmente, en contraposición por “despertar” a la consciencia. Así que pido perdón de antemano por usarlo. Prefiero darme a entender que inventar nuevos términos que solo tengan significado para mí.
2 No creo ofender a ningún “perdido” ya que, de serlo, ni siquiera estaría leyendo esto y si lo leyera, no se preocuparía por entenderlo.