La depresión.
¿Cómo explicar los colores a un invidente de nacimiento?
¿Cómo explicar el olor de una rosa a quien jamás la ha olido? He escuchado a gente
decir: "estoy deprimido", cuando solamente está triste. Otros me han
preguntado: "¿cómo sé si estoy deprimido?". La depresión es como un
orgasmo, si tienes duda de si es, es que no es. Es hasta después de años de vivir en un
eterno caos donde nada tiene sentido desde que puedes recordar que aprendes que a eso
se le llama depresión.
La depresión no es una sensación, como el frío o la calidez,
no radica en tus sentidos. No es una emoción, como podría ser la alegría o la
tristeza, no te mueve a la acción sino lo contrario. Tampoco es un sentimiento,
como pueden ser el odio o el amor, porque no tiene objeto. La depresión es un
ESTADO CONSTANTE, como la felicidad. La palabra clave, aquí, es constante. La
felicidad es percibida como una paz constante, no como una alegría o un júbilo que resultan pasajeros.
La depresión puede variar en intensidad pero difícilmente se sale completamente
de ella.
Existen varios “estados”, que representan la forma
permanente de vivir la vida. Los más frecuentes son: Dormido1, deprimido,
perdido2 y feliz. La mayoría
de la gente vive dormida, otros muchos viven en estado de depresión. Otros pocos,
viven perdidos y viven la vida como autómatas que únicamente
reaccionan al medio. Y algunos pocos, muy pocos en realidad, viven en felicidad.
Sin afán de menospreciar, los dormidos están más lejos de la felicidad
que los deprimidos. No porque exista algo malo en ellos, sino porque su vida
transcurre relativamente llevadera en comparación con la intensa y caótica del
deprimido y, por tanto, no tienen la necesidad ni la urgencia de salir de su
estado. El reto de los dormidos para vivir en felicidad es aprender a tolerarla.
Las sensaciones, emociones y sentimientos son pasajeros. Llegan y se van, no se
quedan sino en recuerdos. Así que buscan una sucesión interminable de sensaciones,
emociones y sentimientos, ya sea positiva o negativamente, como podría ser
desde la búsqueda de emociones en algo tan pasivo como el cine o la televisión o
en algo tan intenso como la adicción a los deportes extremos. Incluso la gente
que hace del sufrimiento su vida, no es sino hasta que recuerda que “debe” estar triste que se “pone” triste. La necesidad de esta secuencia interminable resulta
del vacío en que se vive entre uno y otro suceso, el cual resulta indeseable. La
felicidad no es una secuencia de estos eventos agradables, aunque para el
dormido le pueda parecer así. El reto del dormido para alcanzar la felicidad es
aprender a tolerar este “supuesto” vacío, dejar de buscar nuevas emociones cuando
las anteriores se han ido, aceptar que las emociones serán pasajeras y quedarse con lo que ya
está, para que surja la paz. En realidad están muy cerca de lograrla, solo necesita
aprender a tolerarla.
El deprimido vive constantemente infeliz, así que la
constancia de la felicidad no le resultará tan intolerable, pero el pesimismo
intrínseco de la depresión le hace verla más lejana de lo que en realidad está,
incluso la puede llegar a considerar irreal. El deprimido se siente tan pequeño
que todo lo magnifica, como la infelicidad propia, la felicidad ajena y lo
mismo puede suceder en cualquier otra área como puede ser el aspecto físico, como
la anorexia, el intelectual o el laboral. De ahí que haya empleado la palabra intensa al
referirme a la vida del deprimido. Estar en cama todo el día es distinto si se
está descansando a si se vive en una lucha intensa contra la vida.
Una forma de expresar la depresión es la manía, donde se
actúa en sentido inverso a la inmovilidad típica de la depresión. Entonces se
magnifica el actuar como compensación, como puede ser el caso de la vigorexia,
el sexo desmedido, el que no para de
hablar, el eternamente enojado o incluso en algo tan positivo como podría ser el
acopio incesante de conocimientos u objetos. La manía hace de todo para no alejarse
de la carga emocional. Pero este tipo de manía, invariablemente es insostenible
y por momentos descubrirá la depresión real subyacente.
Un error del deprimido es anhelar regresar al estado de
dormido. La meta es huir, salir o descansar, aunque sea por unos instantes, del
estado de depresión. En general, las cargas kinestésicas son pesadas porque se
perciben magnificadas, innecesarias, sin sentido, pero sobre todo porque no se
desean ni se aceptan ni se liberan, se quedan ahí. La paradoja del depresivo es
que, aunque puede llegar a la felicidad, no se cree merecedor, valioso o fuerte
para lograrlo.
Los dormidos difícilmente entenderán a los deprimidos, pero
sí pueden aprender a respetarlos.
Los castigos y la ira que puedan desatar los padres o
parejas no funcionan o lo hacen en forma negativa, para quien ya, de por sí,
está auto-castigándose y odiando su vida.
Las palabras condescendientes: "pobrecito", "no te preocupes" y otras similares,
dichas de buena fe, demuestran incomprensión y restan importancia a quien ya,
de antemano, se siente incomprendido y minimizado.
En la experiencia del dormido, las emociones son pasajeras y
le es común pensar que así será para el deprimido; pero para este último, nada
es pasajero. La esperanza de futuro, expresada como: “ya se te pasará”, “mañana
será otro día” tendrán nulo significado para quien vive en desesperanza.
Las porras de “ánimo”, “tú puedes” o “échale ganas” llegan
tarde para quien sacó de quién sabe dónde, la fortaleza para tan solo mantenerse
vivo un día más.
El dormido, realiza cosas para llenar la vida y suele
aconsejar desde su propia forma de ver la vida: “sal”, “diviértete”, “ten una
actividad”. Para el deprimido, aunque puede hacer las mismas cosas que el no
deprimido, las realiza con mayor desgaste energético y acaba agotado, por tanto
y para protegerse, se limita a las cosas que le son estrictamente necesarias.
No es necesario entender la depresión, basta con respetarla.
La forma de respetar al hijo, hermano, amigo o pareja depresivo es simple:
preguntar qué necesita él y esperar hasta que esté dispuesto a hablarlo. Por
mientras, habrá que esperar, al lado, y estar dispuesto a ayudarle cuando él lo
pida, en lo que pida, como lo pida y en la medida de las posibilidades. Más que
frases o libros motivadores o inspiradores es necesario mostrar el apoyo y la
disposición de permanecer al lado. Es preferible usar un “te espero” que un “apúrate”, un “no entiendo pero lo acepto” que un “estás mal, cambia”. “No sé cómo
ayudarte pero puedes pedirme lo que necesitas” es una frase honesta que abre la
puerta y respeta al otro.
Tanto el deprimido como el despierto distorsionan su
voluntad y caen frecuentemente en el voluntarismo. Pero mientras el dormido disfruta
las ventajas de salirse con la suya, el deprimido no quiere serlo, lo ve como
una gran imperfección, se enoja con él mismo por serlo, incluso llega a odiarse
por ello y reprime su fuerza de voluntad al máximo como auto-castigo o como medida
de -control pues en realidad teme a esta fuerza que percibe como
desproporcionadamente poderosa y teme hacerse daño o hacerlo a los demás. La cantidad
de energía para llevar acabo cualquier función debe primero igualar a la fuerza
que aplica en contrario y sumar la energía normal que requeriría llevar a cabo cualquier
tarea. De ahí el agotamiento constante de quien vive en la depresión.
El miedo desmedido a la ira desmedida que pudiera volcarse
en los demás, primero sobre los padres ya que la depresión se instala en las
primeras etapas de la vida y luego hacia los demás, se vuelve hacia sí mismo.
El miedo a la ira impide en gran medida aceptarla y canalizarla y requiere otra
gran cantidad de energía para contenerla.
Por último, la visión magnificada del depresivo exige un
perfeccionismo desproporcionadamente irreal contra el cual suele compararse. En
la comparación no solamente sale perdiendo sino que se coloca en los últimos
sitios de la repartición de dones. El orgullo, como distorsión de la razón, está
seriamente lastimado. La imperfección se percibe tan magnificada que el
deprimido quiere desaparecer o, cuando menos, pasar desapercibido. Salir a la
calle, mostrarse e incluso platicar requiere un esfuerzo adicional. Incluso en
aquellas áreas libres de conflicto, el deprimido vive en la constante
desvalorización y no reconoce sus méritos, sus dones ni sus logros como tales. No
desde la humildad sino desde la perspectiva fatalista que, cuando le resulte
innegable el mérito, lo considera mera suerte y vive en el miedo constante de
ser descubierto como el mérito fraudulento que percibe.
Aunque para el deprimido parezca imposible salir de este
estado, precisamente por su visión fatalista y catastrófica de la vida, sí es
posible y no está fuera del alcance de nadie. Pero no saldrá hacia el dormir o
hacia el perderse. Le es imposible ya que la depresión viene de la represión de
sus fuerzas, no de la negación ni de la inconsciencia. El único camino posible
es hacia la felicidad. No sobre-simplificaré dando recetas mágicas. Toda la ayuda
externa es bienvenida, médica o terapéutica, pero requiere de un trabajo
personal para ampliar la consciencia y reconocer, aceptar, conocer y manejar las
fuerzas internas: Desenredarlas, hacer que trabajen una al lado de la otra, en
colaboración, no interfiriendo entre ellas, para pasar del miedo al amor, del
orgullo a la razón y del voluntarismo a la voluntad.
Para alinear nuestras fuerzas internas podemos empezar por preguntarnos,
ante cualquier situación de la vida que valga la pena revisar: ¿Qué siento? ¿Qué
pienso? Y ¿Qué quiero? Las tres preguntas son necesarias e igualmente
importantes. Seguramente observaremos el entrelazamiento de las tres, por
ejemplo, “siento que es correcto/incorrecto”
cuando en realidad es “Pienso que es correcto/incorrecto”. “Siento que quiero/no
quiero”, mezcla el sentimiento con la voluntad. “Quiero o no quiero” da más luz
al asunto. “Pienso que estoy triste”, por ejemplo, es reemplazar la emoción
real con aquella que creemos que deberíamos sentir. Tal es el caos de nuestra
vida y poner orden no requiere sino un poco de disciplina. Ahora ya lo sabes,
ahora ya lo puedes usar en tu beneficio.
Separar las fuerzas desanudará la tensión entre ellas ya que
acaba la lucha entre ellas. Una vez aclaradas las verdaderas intenciones de
cada una de las fuerzas, podremos tomar decisiones más conscientes a la vez que
vamos aclarando el camino. Si lo que siento es amoroso, lo que pienso es
verdadero y lo que quiero es bueno, entonces difícilmente tendré dificultad en tomar
una decisión. Sin embargo, cuando alguno de los aspectos no puede ser cubierto,
lo cual es bastante frecuente en un principio, también podremos tomar una
decisión no tan equilibrada, pero estaremos conscientes de las posibles
consecuencias de la misma y nos podemos preparar para un posible mal resultado.
Lo importante es, pues, dejar fuera el auto-engaño.
Separar las fuerzas tiene la ventaja de poder atender cada una
de ellas por separado y en la intensidad y frecuencia que cada una requiere. No
existen terapeutas intelectuales ni de la voluntad, pero dejarlas de lado
cuando se trabaja en sicoterapia ayuda a centrarse en los sentimientos. La
razón podrá ayudar a entender y poner orden mientras que la voluntad podrá ayudar
a mantenerse firme en caminar constantemente hacia la libertad emocional.
Notas.
1 No me gusta el término “dormido” pero es el que
se emplea comúnmente, en contraposición por “despertar” a la consciencia. Así
que pido perdón de antemano por usarlo. Prefiero darme a entender que inventar
nuevos términos que solo tengan significado para mí.
2 No creo ofender a ningún “perdido” ya que, de
serlo, ni siquiera estaría leyendo esto y si lo leyera, no se preocuparía por
entenderlo.