1 de marzo de 2009

Por ingrata la maté

Por ingrata la maté
Antes de entrar en el tema, quiero compartirles un chiste:
En el cumpleaños del hombre más viejo del mundo acude un periodista a entrevistarlo.(Periodista): "¿Cuál es el secreto de su larga y sana vida?"
(Anciano): "A que jamás discuto con nadie, jovencito".
(Periodista): "Yo no creo que eso sea suficiente".
(Anciano): "¿Verdad que no?"
Desde que existen los registros históricos, la humanidad ha vivido en guerra constante. Las conclusiones de los paleo-antropólogos es que el exterminio entre grupos rivales era frecuente en los primeros homínidos. En la prehistoria, seguramente se luchaba por el alimento; pero, actualmente, ¿por qué seguimos peleando? Para aquellos que desconocen esta simple verdad histórica, culpan de los problemas a la falta de valores, a la pobreza, a la falta de educación, a la economía mundial, a la desintegración familiar, a la ausencia del temor a Dios, a la televisión o hasta a los videojuegos. Si esto fuera cierto, los problemas serían "nuevos" y podría pensarse que jamás se conocieron en la antigüedad. Pero esto no es así. Los conflictos de hoy no son menos graves que los del pasado, solamente no los percibimos como amenazas en absoluto. Para nuestro ego, una masacre que sucede en otra parte del mundo es menos digna de preocupación que el peligro de que nos roben la cartera.
Toda clase de conflictos se suceden día a día y, aunque no tiene por qué ser así, difícilmente podemos pensar que la vida podría ser totalmente distinta. Peleamos contra amigos, hermanos, padres, hijos, parejas, vecinos, maestros, otros conductores y contra toda la gente en nuestro entorno, es decir, contra el otro; luchamos diariamente contra nosotros mismos, con nuestros impulsos, deseos y necesidades; por último, peleamos contra el mundo en guerras contra las ideas, las palabras, nuestros miedos o contra temibles enemigos imaginarios. Entablamos estos tres tipos de batallas con la firme convicción de que todos, menos nosotros, tienen la culpa de este sufrimiento. Incluso en la lucha interna culpamos a nuestros padres por los conflictos que suceden en nuestro interior. La solución debe venir de afuera y, mientras tanto, somos víctimas inocentes de la maldad humana y eludimos nuestra responsabilidad.
El ingrediente esencial para cualquier conflicto es estar convencidos de que tenemos la razón, la verdad o la justicia de nuestro lado. Y esto es lo más común en nosotros, ya que damos por hecho que aquello que creemos es verdadero o no lo creeríamos. Aún cuando discutimos de algo que desconocemos, algo en lo que no creemos o algo que realmente no nos importa, aún creemos tener razón en nuestro derecho a discutir y a defender nuestra "verdad". Muchas veces "verdades" tan contrarias a la ley natural las cuales expresamos con total candidez y mucha convicción: "yo mataría a los secuestradores" sin pensar que un asesino es mucho peor que un secuestrador, "si me engañas te mato", "muerte a los infieles" o "mueran los ricos". ¿Acaso sólo se requiere de "tener la razón" para convertirnos en asesinos? Para algunos, tal parece que sí. Al menos así sucede en los asesinatos pasionales, en los crímenes de odio y en las guerras. Aunque esos ejemplos son extremos, en la vida diaria hacemos miles de racionalizaciones para justificar cualquier cosa que hacemos, decimos, pensamos o sentimos, aún las más bajas o equivocadas posibles. Creemos tener derecho de bloquear calles porque nuestras demandas "son justas"; los adúlteros nos justificamos diciendo que nuestra pareja "no nos da lo que necesitamos"; como empleados "robamos" al jefe porque éste nos explota; como empresarios evadimos impuestos porque aseguramos que "se van a robar el dinero" y como padre golpeamos a los hijos "para educarlos". No importa si la forma de actuar es buena o mala, nos auto-justificamos en todo momento.
Hemos aprendido a que dos verdades opuestas no pueden coexistir y debemos optar por una: entre ser "buenos" y "malos", queremos ser "buenos" o, tal vez, "malos"; entre el Cielo o el Infierno queremos ir al Cielo; en la lucha de la justicia contra la injusticia, probablemente queremos ser justos y entre la inteligencia o la estupidez, preferiremos ser inteligentes. Todo lo percibimos en forma dualista. Esta percepción de la vida la llevamos a todas las situaciones y construimos todo un sistema de creencias acerca de la parte de la dualidad en la cual debemos estar en todo momento. La elección del lado "correcto" responde a la forma en que creemos que obtendremos el amor y la aceptación de los demás. De pequeños, era cuestión de vida o muerte obtener el amor y aceptación de las figuras paternas; pero para muchos de nosotros sigue siendo tan importante ahora como entonces. Podríamos creer que nuestras elecciones serían las mismas para todos; sin embargo esto no sucede así. Por ejemplo, entre la salud y la enfermedad, algunos escogerán la segunda para obtener atención o los mimos de una madre que sólo en la enfermedad atiende al hijo. Habrá quien opte por ser "malo" ya que ser regañado, temido u odiado es una forma de obtener el reconocimiento ajeno.
En las discusiones con el otro, está la dualidad "o tú o yo" y optamos por el "yo"; entre tener la razón o estar equivocado, preferimos tener la razón; entre ganar o perder, preferimos ganar. Perder un pleito es caer en el lado "indeseable" de la dualidad: el de la mentira, el del error, el del mal o el de los estúpidos. Más aún, es abandonar el lado en el cual creemos que debemos estar para poder ser "amados" y aceptados. Significa que seremos o pareceremos "tontos" y perderemos el amor y respeto de los demás.
Cuando entablamos una lucha contra nuestros pensamientos, deseos, necesidades e impulsos en aras de estar siempre del lado "deseable", cuanto más luchamos, obtenemos más tensión y sufrimiento interno y externo, ya que sabemos racionalmente que es imposible no fallar. Sabemos que no podemos mantenernos del lado "deseable" todo el tiempo, así que ocupamos gran parte de nuestra energía vital esforzándonos en lograrlo. Mantenernos alejados del lado opuesto o perdonarnos cuando fallamos consume tanta o más energía y esto explica la intensidad emocional y la forma tan cruel con la cual castigamos o nos castigamos y la vehemencia que empleamos para no "fallar" y para sacar al otro de su error. Realmente los conflictos con los otros son conflictos con nosotros mismos. Llevamos nuestra lucha interior al exterior y queremos que los demás libren, o al menos compartan, nuestra lucha. Esperamos que los demás sean lo que nosotros necesitamos que sean, que los demás hagan lo que nosotros creemos que deben hacer. Queremos convencer a los otros de nuestras verdades. Creemos que aquello que es bueno para nosotros lo será necesariamente para los demás. Hacemos esto no tanto por procurar el "bien" ajeno sino para alejar el "mal" de nuestro entorno. El conflicto se convierte en completo caos cuando aceptamos creencias absolutas. En los absolutos negativos, por ejemplo, "todo es pecado" o "soy malo", la lucha está casi perdida y necesitamos "purificarnos" con grandes sacrificios como la auto-humillación la auto-inmolación, la flagelación, la denigración y muchas otras actitudes dañinas. En los absolutos positivos nos auto-glorificamos, por ejemplo, "soy mejor que los demás" o "Dios está de mi lado" por lo tanto mis acciones y creencias están más que justificadas.
En la lucha contra el mundo, peleamos contra posibles calamidades, catástrofes inminentes, el "día del juicio final", contra grupos religiosos, raciales o políticos distintos al nuestro, contra el comunismo, el capitalismo o el sionismo; también peleamos contra "enemigos imaginarios", como los extraterrestres o grupos "conspiradores" que tratan de apoderarse del mundo. Luchamos tanto para atacar creencias como para defender otras. A diferencia de los otros conflictos donde el enemigo está plenamente identificado (nosotros mismos o el otro), el enemigo en este nivel puede ser cualquiera en cualquier momento: el hermano, la pareja, el equipo rival, el país vecino, los comunistas, los imperialistas, los ateos, las otras religiones, las otras razas, los terroristas, el S.I.D.A., los homosexuales, los ricos, el Gobierno, los indocumentados, el juicio final, los extraterrestres, el cambio climático o el mundo entero. Cualquiera o todos pueden convertirse en enemigos por el simple hecho de estar en el lado "opuesto" de la dualidad, así que vivimos en una angustia y desconfianza constante. La indefinición del enemigo es causa de gran tensión, ya que el enemigo a vencer es "difuso" y "oculto". Una vez instalada la "creencia", sólo se necesita muy poco para desbordar la tensión contenida. El asesinato de indocumentados, los linchamientos contra "presuntos" delincuentes, las persecuciones religiosas, los crímenes raciales y de odio, los exterminios masivos de pueblos enteros, las guerras y los peores crímenes contra la humanidad tienen su origen en esta clase de lucha.
En cada batalla está en juego mucho más que "la verdad" y esto resulta obvio cuando observamos que existen muchas emociones intensas en las discusiones, en muchas ocasiones totalmente desproporcionada al punto de discordia. Recordemos, por ejemplo, cuánta intensidad puede darse en una discusión por un tema tan trivial como un partido de fútbol. Lo que en realidad se disputa es el ego. Perder significa no ser suficientemente inteligente, bueno o fuerte para defender nuestra verdad. Para nuestro inconsciente, perder significa que nuestra propia imagen "morirá", al menos durante cierto tiempo. Por esto, perder o ganar se convierte en un asunto de vida o muerte. Para que nuestro ego sobreviva, debemos probar que estamos en lo cierto y es el otro el que está equivocado.
Lo que buscamos en los pleitos con los demás es mostrar el error al otro. Si no tuviéramos esa intención, no iniciaríamos discusión alguna y bastaría con "dejarlo pasar". Pero, ¿para qué queremos mostrarle su error al otro? La creencia es que el otro finalmente se hará consciente de su error, nos dará la razón y quedaremos "bien" ante él, recuperando su amor o respeto y regresará la armonía. Mientras esto no sucede, pensamos que no hemos hecho lo suficiente e intentamos con más fuerza aún, creando una espiral ascendente de ansiedad e intensidad emocional que terminará cuando la pasión se desborde y nos provoquemos algún daño -físico o emocional- a nosotros mismos o al otro, lo cual era lo contrario de nuestra intención original. Durante el transcurso de la batalla podemos estar tentados a ceder y apaciguar los ánimos; pero, como no abandonamos la idea de que teníamos la razón, esta alternativa nos deja resentimientos hacia adentro y hacia afuera, ya que a la confusión original de "sólo yo tengo la razón" le añadimos el "aceptar lo inaceptable".
Empleamos tres formas de pelear dependiendo de cuál creemos nos asegurará el triunfo: la agresión, donde creemos que podemos imponer nuestra verdad por la fuerza; la sumisión, donde la hostilidad permanece subyacente; y la indiferencia, la cual evade o posterga el enfrentamiento hasta una "mejor ocasión". A veces empleamos más una estrategia que otra en un momento dado de nuestra vida, a veces usamos distintas soluciones ante diversas situaciones o distintas personas. También es posible que intentemos las tres durante una misma discusión. Todo, con el fin de "ganar" la batalla. Ganar es una victoria; pero, ¿es realmente una paz duradera la que obtuvimos? Perder es fuente de sufrimiento; pero, fuera de nuestro ego lastimado, ¿qué perdimos en realidad? Las victorias son "efímeras", las derrotas dejan huellas muchas veces imborrables, ¿vale la pena vivir así?
En el pensamiento dualista en el cual vivimos inmersos, todo debe ser o hacerse de una manera, de la manera "buena", de la manera que nosotros creemos o aprendimos que "debe ser". Iniciamos miles de luchas diarias contra la vida, de todos tamaños, en las cuales sentimos que "debemos" triunfar. Debemos probar que somos "capaces", "fuertes" o "listos"; dignos de amor y reconocimiento. Debemos triunfar sobre nosotros mismos, sobre los otros y sobre las circunstancias. Debemos ser "triunfadores". Cada oposición es una posibilidad de derrota y, la derrota es la "muerte", por eso luchamos con tanta intensidad. Cada pequeño triunfo nos da cierto alivio temporal, tal vez más ánimos de seguir adelante; pero, ¿por cuánto tiempo? Vivir en la dualidad es vivir con temor constante de fallar.
¿Acaso debemos renunciar a nuestro anhelo de ser mejores personas? ¿Acaso no debemos luchar contra la injusticia o la maldad del mundo? El anhelo de ser mejores personas y el deseo de una mejor vida son totalmente legítimos; sin embargo solemos perseguir nuestros mejores ideales en las formas equivocadas. El error parte de la visión dualista del mundo, de la ignorancia e incredulidad de que existe otra forma de vivir la vida.
Empecemos por una manera distinta de pelear, de acabar una discusión o -mejor aún- de no iniciarla. Decía, antes, que el ingrediente esencial es estar convencidos de que tenemos la razón, la verdad o la justicia de nuestro lado. Esto es fruto de la concepción dualista. Lo único que tenemos que hacer es preguntarnos: "¿cuál es la verdad?". En el momento en que busquemos la verdad en vez de probar tener la razón, se acabará la discusión o jamás la iniciaremos. Esto es lo más fácil de hacer, no sujeto a tensiones ni desgaste de energía, deja intacto nuestro ego y nos acerca a la verdad. Si tenemos el deseo auténtico de conocer la verdad abriremos la conciencia, surgirá la inspiración, abandonaremos creencias falsas y erróneas y, por último, habremos dado un verdadero paso hacia delante en nuestra lucha por ser mejores personas. Debemos renunciar a la idea que poseemos la verdad, debemos cuestionar la idea de que sólo existe aquello que vemos o sentimos, debemos permitirnos cuestionar, revisar y eventualmente cambiar nuestras ideas pre-concebidas, nuestras convicciones, nuestros miedos, nuestra forma de vida, nuestros juicios, nuestros valores, generalmente aprendidos sin cuestionamiento alguno. Este acto de humildad nos acerca a la Verdad. Este acto de generosidad con nosotros mismos y los demás abre la puerta a mejores relaciones, a aceptarnos y aceptar a los demás, a vivir la vida como es y no como queremos que sea.
Nuestra percepción dualista del mundo jamás nos dará la felicidad, ni mucho menos traerá paz, justicia o unidad al mundo. La percepción dualista divide todo en dos, como ya hemos visto, pero esencialmente nos divide a nosotros mismos, a nosotros de los demás y a los demás de los demás. La dualidad siempre lleva implícito un juicio de valor y vivir juzgando el mundo y todo lo que sucede conduce a la amargura y a la soledad. Esta forma de vivir la vida entabla luchas interiores y exteriores convirtiendo a todos en enemigos, o cuando menos en extraños.
No pueden vivirse la Fe, la Esperanza ni la Caridad en medio de la dualidad. Estos valores superiores son iguales para todos, aunque empleemos distintos caminos. Para el creyente, la Fe significa la aceptación en nuestro libre albedrío de la voluntad divina; para el no creyente, la armonía con el Universo. Para el creyente, la Esperanza es el anhelo de la felicidad última que es el retorno a Dios, para el no creyente, la trascendencia se da al hacer el bien a la humanidad por el bien mismo. Para el creyente, la caridad es el amor al prójimo como a nosotros mismos, para el no creyente, la hermandad de toda la humanidad. Al abandonar la dualidad, aceptamos que, independientemente de nuestras convicciones religiosas, no pueden actuar las leyes superiores cuando insistimos en hacer nuestra voluntad, no podemos trascender mientras tengamos cuentas pendientes con la vida y que la hermandad es imposible en un plano de desigualdad y de lucha.
Cuando estamos convencidos de lo anterior, podemos dar nuevos pasos. Estos consisten en observar, reconocer y aceptar que no se trata de "esto o lo otro", sino que puede existir tanto verdad como error en todo. Es irreal creer que sólo podemos estar de un lado de la realidad. Es una ilusión creer que podemos o debemos ser, todo el tiempo: "buenos", "listos", "generosos", "bien portados", "bonitos", perfectos","malos", "traviesos" o cualquier otra marca distintiva que elegimos para ser amados y tomados en cuenta. Es más sencillo aceptar la realidad de que podemos ser "buenos y malos", "listos y tontos", "generosos y egoístas", "culpables e inocentes", "justos e injustos" ante distintas situaciones y en distintos momentos. Este paso podría ser difícil de aceptar dada la fantasía dualista de que admitir nuestros errores o aceptar las virtudes ajenas significa "rendirse" o traicionar nuestras convicciones; o bien, puede mal entenderse y creer que debemos dar rienda suelta a la parte indeseable de nosotros mismos. Observar significa estar atentos a nosotros mismos. Reconocer significa tomar conciencia de lo que observemos. Aceptar significa dejar de luchar contra lo que "es", que tenemos ambas partes de las dualidades. Si durante este proceso empleamos juicios para decir que eso que observamos, que reconocemos o que aceptamos es "correcto o incorrecto", estamos cayendo nuevamente en la trampa dualista. Después de vencer la resistencia inicial a renunciar a lo conocido, lo cual puede requerir cierto coraje y arrojo, y de aceptar que hay mucho más de lo que nuestro ego nos permite ver, nos daremos cuenta que es mucho más fácil vivir en la realidad que vivir en constante lucha contra la vida. En la medida que aceptemos nuestras dualidades aceptaremos las ajenas abriendo el camino hacia una vida en armonía.
El último paso consiste en aceptar que existe una nueva realidad, distinta a la conocida. Una realidad que siempre ha estado ahí, aún cuando no la hayamos visto antes, donde la dualidad no existe sino que aquello que percibimos como partes separadas y opuestas son, en realidad, dos partes de la misma cosa: la unidad. En la unidad, aquello que se percibía como "indeseable" deja de parecerlo para entenderse como una parte probablemente útil del todo. Y aquello que parecía "deseable" puede resultar "indeseable" bajo algunas circunstancias. Sin embargo, no se trata sólo de "acercar" los polos antagonistas, sino de unificarlos como una sola realidad. En la unidad, el "mal" deja de ser mal, no porque desaparezca, sino porque se integra junto con el "bien" y complementa la realidad unitaria. La filosofía vino a darnos luz al demostrar que los valores negativos son –únicamente- grados de presencia o ausencia del positivo, así lo que llamamos frío no es sino un grado de la ausencia de calor: el "mal" es cierta ausencia del bien; la oscuridad, un graduación de luz; la mentira, la falta de parte de la verdad o la "ignorancia" como falta de algún conocimiento, ahora sólo hay que llevar esto a la realidad cotidiana, dándonos cuenta que existen infinidad de grados posibles dentro del todo.
La unidad es el cambio total del "o" excluyente por el "y" incluyente. Así, dejamos de creer en "lo uno o lo otro" para admitir "lo uno y lo otro", sea que vaya o no de acuerdo a nuestros gustos, deseos, necesidades o creencias. Aceptar la unidad es renunciar a que las cosas sean sólo de una manera -la nuestra- y aceptar las cosas como son, como se presentan, sin sumisión ni debilidad, sin juicios ni sufrimiento, entendiendo que la vida no depende de nosotros y por tanto es inútil tratar de controlarla. Unificarnos es estar en armonía con nosotros mismos y, por tanto, con los demás. Es tomar el verdadero control de "nuestra vida", entendiendo que nuestros actos, pensamientos, sentimientos y nuestra trascendencia dependen sólo de nosotros, no de la aceptación de los demás, para vivir y ser felices. Vivir en unidad significa poner nuestras cualidades al servicio propio y ajeno, no por el deseo de sobresalir u obtener reconocimiento sino para enriquecer la vida y a los demás, en espíritu de entrega. En la unidad entendemos que el amor que buscamos sólo llegará cuando dejemos de esperarlo y empecemos por darlo primero nosotros.
Antes de tratar de unirte con Dios, si eres creyente, o para trascender, es indispensable primero unirnos nosotros mismos.
  • No puede haber entendimiento donde sólo me escucho a mi mismo
  • No puede nacer hermandad donde trato de vencer a los otros
  • No puede darse igualdad donde intento sobresalir de los demás
  • No puede hablarse de solidaridad donde sólo busco la auto-glorificación
  • No puede nacer la colaboración donde uso mis habilidades como armas
  • No puede anidar la tolerancia donde tengo miedo de las ideas ajenas
  • No puede existir paz donde libro cruentas batallas ante cualquier conflicto
  • No puede haber respeto donde todo es pasado por el tamiz de mis juicios
  • No puede florecer la creatividad donde tengo miedo de hacer el ridículo
  • No puede haber libertad interna donde dependo de la aceptación ajena
  • No puede darse la reconciliación donde mi ego lastimado espera vengarse
  • No puede manar felicidad donde mis triunfos causan sufrimiento ajeno
  • No puede fluir la vida donde sólo habrá de ser a mi modo
  • No puede encontrarse la Verdad donde sólo puede existir mi verdad
  • No puede surgir el verdadero amor donde manda mi ego enfermo
  • No puede darse el crecimiento donde me aferro a mis creencias infantiles
  • No puede alumbrar el conocimiento donde me empeño en el auto-engaño
  • No puede haber Fe donde impera mi voluntarismo
  • No puede haber Esperanza donde obedezco a mi miedo
  • No puede haber Caridad donde vence mi orgullo
Swami-guito,
Enoch Alvarado

8 de febrero de 2009

La Cannabina de Ambrosio

La Cannabina de Ambrosio.

Acabo de leer un artículo acerca de los efectos benéficos de la mariguana en el organismo ya que tiene efectos anestésicos y preventivos del cáncer colorrectal. El mismo artículo expone que ser una droga “callejera” le da un cariz controversial a su uso médico. Hemos juzgado tanto a las drogas que emplearlas, aún en nuestro beneficio, resultaría bastante difícil. Así como a la mariguana, hemos aprendido a “satanizar” muchísimas cosas que podrían beneficiarnos. Muchas especies de animales y vegetales han desaparecido por ser consideradas “peligrosas”. Muchas personas, razas y culturas han sido oprimidas o exterminadas por ser “diferentes”. Muchas ideas han sido rechazadas, algunas veces por la idea misma y otras veces por quien la expresa.

Hace años, cuando apareció la zacarina, las compañías azucareras lanzaron contra ella una feroz campaña difamatoria acusando al producto de cancerígeno. Hoy se sabe que no lo era; pero en su momento, fue considerada una “verdad” médica. De igual forma, hace más de 30 años, Fidel Castro denunció la esclavitud moderna de los pueblos a manos del BM (Banco Mundial) y FMI (Fondo Monetario Internacional) a través de préstamos multimillonarios en dólares impagables por los pueblos, prestados a gobernantes corruptos. Esta idea, por venir de un “enemigo” fue rechazada por los gobiernos latinoamericanos. Hoy, estos mismos pueblos llevan decenas de años en la miseria por estas deudas. Una buena idea es una buena idea. No importa si la expresa la persona “equivocada”.

La humanidad ha avanzado por la gente que piensa diferente, por los inconformes, por aquellos que cuestionan, que creen que las cosas pueden ser de otra manera. Sacudir el status quo es peligroso para ambos bandos. La gente que no desea cambios que ve amenazada su “seguridad” responde a su propio miedo y ataca con fiereza para defender sus posiciones ganadas y las cosas conocidas. Los innovadores pueden sufrir la indiferencia, la burla, la ignominia, la expulsión del grupo, la persecución o hasta la muerte sólo por pensar o hacer las cosas en forma diferente. La intolerancia es la constante hacia las nuevas ideas.

La sociedad no sólo se defiende de nuevas ideas, sino también las previene. La manera más empleada por los gobiernos es la creación de un enemigo imaginario. Éste es el origen de todos los males y la labor del Gobierno es "defender" a la población de este peligro. En el siglo pasado, vimos desfilar una secuencia de “enemigos” de la Sociedad: las mafias, el comunismo, el sionismo, nazismo, fascismo, los inmigrantes, el narcotráfico y el terrorismo. Una vez definido quién será el enemigo, la propaganda por todos los medios en contra de ese “grupo” es terrible y constante. La televisión, la prensa, novelas, el cine y toda clase de expresión cultural o sub-cultural reflejará las barbaries y atrocidades de las que es capaz enemigo. Se consigue volcar contra ellos todo el odio y el miedo de la sociedad a tal grado que resulta “moralmente aceptable” y hasta deseable la lucha encarnizada contra “los malos”. Así fueron masacrados millones de judíos en la Segunda Guerra Mundial y, actualmente, no tenemos remordimiento alguno por la masacre de ciudadanos inocentes iraquíes o afganos. La inmensa campaña logra establecer las siguientes ideas en la mente de la gente: “Nuestra conciencia está tranquila, nosotros somos los buenos y ellos los malos. Muerte al enemigo”.

Incluso grupos relativamente inocuos y con un claro ideal social son ridiculizados o ignorados. Así, los globalifóbicos, los ecologistas y los defensores de derechos civiles o animales son considerados como “locos” o “raros” y su mensaje no es investigado. No nos interesa saber qué quieren estos revoltosos. Podemos verlos con simpatía, tal vez; pero acabamos acusándolos de románticos, ilusos o ingenuos.

Cuando surge una nueva idea peligrosa no es necesario refutarla. Basta con etiquetar a su autor como uno de nuestros enemigos para desprestigiar su persona junto con su idea. Los estadounidenses han cambiado su discurso contra Cuba. Ya no es “comunista”, ahora es “terrorista” y así actualizan el odio irracional contra la isla. Un reformista religioso será un “ateo”, falso profeta o enviado de satanás. Un médico que emplee métodos poco ortodoxos de curación es un “charlatán”, como fue el caso de Patch Adams.

Sin embargo, el miedo al enemigo no dura para siempre. Cuando el niño crece, desaparece el miedo al “coco”, aunque no desaparece el miedo. Es decir, la sensación de miedo persiste; pero ya no creemos más que vendrá el “coco” si nos portamos mal. Es entonces cuando se necesitan crear nuevos miedos y nuevos enemigos. Los miedos personales nos los buscamos nosotros mismos, tales como el miedo a los fantasmas, a los extraterrestres o al demonio, es cuestión de gustos. Los miedos sociales nos llegan a través de los medios de comunicación: los guerrilleros, los terroristas, los narcotraficantes, los indocumentados, etc.

Los políticos emplean muy bien el miedo y el odio de la población. Promueven con total desvergüenza estos sentimientos para obtener los votos de la sociedad. Las campañas políticas no son de ideas, sino para colocar al contrario como “enemigo” en la percepción social. Dijo Goethe: “No hay peor esclavitud que la del que se cree libre sin serlo”. Defendemos nuestra “libertad” y nuestra democracia con dientes y uñas pero, ¿realmente votar entre tres o cinco candidatos nos da representación real ante el gobierno? ¿Votar por un candidato que desconocemos es democracia? ¿Realmente hay diferencia significativa entre votar por un solo candidato que votar entre tres o cinco? ¿Realmente nos podemos considerar libres si tenemos que emplearnos a cualquier precio con tal de poder comer o llevar de comer a nuestra familia? Si hoy cuestionamos nuestra democracia seremos considerados “traidores” a la Patria, “emisarios del pasado” o quién sabe cuántas cosas más seremos. Hace 20 años las cosas eran similares, aunque en sentido opuesto. Cuestionar el “dedazo” y la sucesión PRIsidencial, digo presidencial, era ser “revoltoso”, cuando menos y “comunista” cuando más.

Tenemos miedo de todo: miedo de morir, miedo de enfermarnos, miedo de perder el empleo, miedo de que nuestros hijos caigan en la droga, miedo de herir los sentimientos de los demás, miedo a pecar, miedo al pecado de los demás, miedo de ser víctimas de la delincuencia, miedo a las autoridades, miedo a los desastres naturales, miedo a hacer el ridículo, miedo al qué dirán, miedo a lo desconocido, miedo al más allá, miedo al miedo, miedo a la libertad, miedo a perder la libertad, miedo al rechazo, miedo a la soledad, miedo al amor, miedo a perder el amor, miedo a ser vulnerables, miedo al compromiso, miedo a la sexualidad, miedo a fallar, miedo a no ser quien creemos deberíamos ser, miedo a nuestros enemigos, miedo a sufrir, miedo a las ideas, miedo al cambio, miedo a vivir... Miedo y más miedo. Somos nosotros quienes vivimos con miedo y somos nosotros los únicos que podemos abandonarlo. Vivir con miedo es vivir tras las rejas de nuestra propia prisión que creamos para vivir “encerrados, pero a salvo”. Amar nuestras rejas es la muerte del espíritu, es seguir el camino fácil de vivir sin vivir. Vivir con miedo es morir mil veces.

Contrariamente a lo que pudieramos pensar, la manera de vencer el miedo no es tener valor, sino la aceptación. Por ejemplo, el miedo a morir desaparece cuando aceptamos que esto habrá de suceder algún día, no viviendo temerariamente. El miedo proviene del ego insano. El miedo de perder el empleo surge cuando no confiamos plenamente en que nuestras habilidades, capacidades o conocimientos serán suficientes para conservar el empleo actual o en conseguir otro empleo. Tenemos miedo cuando creemos que no podremos enfrentar cualquier situación que nos traiga la vida. Tenemos miedo a que las cosas "no sean como queremos que sean", a "no ser quienes queremos ser", a "no ser quien creemos que tenemos que ser". El ego insano es quien tiene miedo, en realidad, de morir o de ser sacudido fuertemente. Aceptar que somos falibles y que podemos enfermarnos, fallar o hacer el ridículo no significa que siempre estaremos enfermos, siempre fallaremos o que el ridículo nos perseguirá por el resto de nuestras vidas. Aceptar que en la vida sucederán miles de sucesos agradables y desagradables nos permite fluir con ellos, no luchar contra ellos. Debemos dejar de juzgar aquello que sucede en nuestras vidas como “bueno o malo”. La vida “es. Somos nosotros quienes hacemos juicios y juzgar no es aceptar. Lo que te sucede podrá resultarte agradable o desagradable, deseable o indeseable, esperado o inesperado; pero considerarlo “bueno o malo” te aleja de la aceptación de lo que es, aún cuando sólo sucedieran cosas “buenas”.

Enoch Alvarado

31 de enero de 2009

La guerra de los Dioses.

La guerra de los Dioses.
Tengo un Dios que me ama, me cuida y salva de los peligros, me perdona mis fallas, cumple mis deseos y tiene para mi prometida la felicidad eterna. Definitivamente es muy “conveniente” un Dios así. Sobre todo, comparado con otros dioses cuyo carácter es enteramente opuesto: Un Dios que vigila, que castiga o que exige determinados comportamientos. Por supuesto, creo en el Dios que a mi me satisface y no puedo concebir que Dios no sea así. Por tanto, “mi” Dios y sólo mi Dios es el verdadero. Los demás son meras ilusiones o engaños del demonio. Quien piensa igual que yo, se salvará; pero quien no, irá al infierno.

Desgraciadamente, cada quien tiene su concepción de la divinidad la cual refleja sus más profundas necesidades y deseos. Es obvio que el Dios implacable y terrible de unos en poco se parece al Dios amoroso de otros. Ambos bandos se descalificarán mutuamente. En nuestro sistema de creencias, nosotros y sólo nosotros tenemos la razón. Ellos están equivocados terriblemente. ¿Equivocado yo? jamás. Lo mismo sucede en todas las religiones. Damos por hecho que sólo mi religión es la buena y las demás, falsas y, aún dentro de mi religión, las cosas son como yo las creo. Es muy cómodo pensar que ya me “salvé”, que ya “la hice” pues estoy del lado correcto…¡sólo por creer algo!. Yo estoy bien, los demás están mal. No hay posibilidad alguna de que yo me equivoque porque… ¿por qué? Sencillamente por nuestra necesidad infantil de tener a Dios de nuestro lado y “sentirnos protegidos”. Nos aferramos al pensamiento mágico que nada nos sucederá.

Es obvio que las creencias tan opuestas y encontradas acerca de la divinidad no pueden ser todas ciertas; sin embargo nadie está dispuesto a ceder un paso. Porque eso sería traicionar a Dios y entonces perderíamos todos los “privilegios” que tenemos con Él. ¿Es en realidad Dios como yo quiero que sea? Al crear una imagen “privada” de Dios lo estamos creando a nuestra imagen y semejanza. En realidad a imagen y semejanza de nuestros miedos, deseos y necesidades no resueltos.

Cuando algo malo nos sucede podemos considerarlo como “castigo divino” por aquellos que creemos en un Dios temible o bien, una “prueba” o bien, que sucedió porque “fallamos” en nuestra Fe, para quienes creemos en un Dios amoroso. No es porque en la vida sucedan cosas buenas y malas. En vez de aceptar la realidad, la acomodamos para justificar el carácter de Dios y, sobre todo por nuestra necesidad de que intervenga en nuestras vidas. Torcemos la realidad para justificar nuestras creencias. Así, la aparición del V.I.H. fue, para algunos, un signo “inequívoco” de la ira de Dios contra los varones homosexuales. Cuando se supo que no es exclusiva de ellos se convirtió un signo “inequívoco” de la ira de Dios contra los pecados de toda la humanidad. Coloquialmente decimos: "Si se muere, fue el médico. Si se cura, fue la Virgen".

Sin embargo, hemos constatado muchas veces que nuestros deseos no son cumplidos. ¿Acaso Dios no nos escuchó? Normalmente, no podemos aceptar eso y lo justificamos con argumentos: “Dios está muy ocupado”, “Mi Fe no es lo suficientemente buena” o “Dios me está castigando”. Entonces, necesitamos de “otros” semidioses para que nos “auxilien” o para que ellos sí nos concedan nuestros ruegos. Así, cuando Dios no es suficiente, acudimos a los Santos y ahí, entre ellos, hay unos más “milagrosos” que otros. O mejor, vamos derechito con la Virgen, ella es “Madre de Dios” y, por tanto, muy “influyente”. A últimas fechas, a falta de los milagros esperados, estamos recurriendo a los ángeles. Cuando tampoco sean escuchados nuestros ruegos, nos inventaremos algo nuevo para seguir pidiendo y esperando por los tan ansiados milagros.

Creer en la intromisión de Dios en todos los asuntos de la vida contiene la semilla de la apostasía. Si creemos que Dios manda las “bendiciones”, también creemos que Dios manda las “maldiciones” y castigos. Si no en nosotros, al menos esperamos que lo haga con los demás. Mientras todo sale como queremos, estamos muy “contentos” con “nuestro” Dios; pero cuando algo sale mal empiezan los reclamos, el alejamiento y hasta la blasfemia. Creer en la intervención divina en los asuntos humanos es renunciar al compromiso de vivir la vida. Si nos preguntamos “¿por qué Dios permite tanta miseria o injusticia en el mundo?” no vamos a ninguna parte. Si cambiamos la pregunta y la enunciamos en primera persona: “¿por qué permito yo tanta miseria o injusticia en el mundo?” entonces nos haremos conscientes de nuestra responsabilidad y podremos empezar a hacer algo, al menos en nuestro ámbito. Si vemos a un niño pasando frío y esperamos que Dios baje a cobijarlo estamos perdiendo el tiempo. Si le regalamos algo con qué cobijarse, entonces habremos dado un paso adelante. La responsabilidad viene con la madurez. Dar la espalda a la vida y esperar que venga Dios a arreglar los asuntos humanos y nuestros asuntos es fruto del pensamiento mágico infantil.

Tenemos la certeza que Dios está de nuestro lado y este es un sentimiento real. Tenemos certeza legítima de este sentimiento. Pero aunque la sensación es verdadera, eso no significa que nuestra creencia sea verdadera. Aún así, contra toda lógica, basamos nuestra Fe en esta certeza. Este sentimiento es tan “humano” que lo encontraremos en todas las religiones y aún fuera de ellas. Si visitamos un templo evangélico encontraremos a muchas personas recibiendo el “Espíritu Santo” bailando, revolviéndose, “hablando” otras lenguas, gritando o cayendo al suelo. ¿Acaso ellos están recibiendo realmente al Espíritu Santo? Aceptarlo sería pensar que nuestra religión no es la verdadera. Para nosotros, se trata de histeria colectiva y contraria a la “verdadera” religión. Pero quienes participan en el evento sinceramente creen que es el Espíritu Santo quien los “posee” y será imposible convencerlos de lo contrario, ya que también su certeza es legítima. Las curaciones milagrosas de otras religiones son patrañas, supersticiones u obras del demonio; pero las “propias” son verdaderas y obras de Dios. Las deidades hindúes que beben leche son tonterías de gente ignorante; pero las vírgenes que lloran no lo son. Una estatua de un dios africano es idolatría, una de un santo católico, es digna de todo respeto. Las apariciones de ángeles o vírgenes a católicos son verdaderas, las apariciones de ángeles de José Smith son falsas. Ver el rostro de Jesús en una mancha es milagro; ver el nombre de Alá en las nubes es ridículo. La Biblia está dictada por Dios, el Corán no lo es. Nuestra certeza no admite competencia con la ajena. Así que concluimos que son satánicas, ridículas o las ignoramos completamente.

En verdad el sentimiento de que Dios está con nosotros es real y nos “llena”. Muchas veces es tan intenso que podemos sentir una exaltación o “éxtasis místico” y somos “adictos” a éste. Esta exaltación también la sienten los idealistas revolucionarios, los soldados americanos que van a matar “terroristas” a Medio Oriente, aquellos jóvenes que salieron a golpear “emos”, los soldados nazis y en aquellos que pertenecen a la dianética, la gnosis, al KKK o a otros grupos. Es un sentimiento que mezcla “pertenecer”, “poseer la verdad” y la “superioridad moral”. Cuanto más grande el sentimiento, más justificables encontramos nuestros actos. No importa si es en nombre de “Dios”, del “Socialismo”, de la "pureza racial", de la “Libertad y Democracia” o en nombre de la “Ciencia” este sentimiento llevado al extremo ha conducido a las peores conductas a través de la historia de la humanidad.

El secreto de la felicidad es aceptar la vida, dejar de luchar en contra y empezar a fluir con ella. A final de cuentas, los sucesos de la vida son “neutros” y somos nosotros quienes les damos el significado que podemos, queremos o necesitamos. Un mismo suceso puede resultar triste o alegre, bueno o malo, castigo o bendición, según nuestro propio sistema de creencias. Por ejemplo, la muerte de un ser querido puede verse como un castigo divino o como un acto de misericordia de Dios ante una agonía. Un embarazo puede ser una bendición o un problema.
No se trata de renunciar a nuestras creencias. Se trata de renunciar al falso sentimiento de “seguridad”, de levantarnos de nuestra postración (que por cierto Dios jamás nos pidió lo hiciéramos), de responsabilizarnos por nosotros mismos –nuestros actos, pensamientos y sentimientos–, aceptar la vida como es y empezar a vivirla, que para eso estamos aquí.

Enoch Alvarado

13 de enero de 2009

Un baile de máscaras

Un baile de máscaras.

El origen del self ideal.
Como seres humanos, nuestra vida transcurre entre sentimientos de amor y desamor, paz y angustia, felicidad y tristeza y otros muchos más. De pequeños, somos especialmente vulnerables a los sentimientos negativos tales como rechazo, incomprensión, burla o desamor. Estas experiencias negativas, ya sean temporales, repetitivas o permanentes las percibimos como muy dolorosas y cercanas a la muerte. De pequeños nos culpamos a nosotros mismos por cualquier rechazo (sobre todo cuando aún no estamos diferenciados del mundo) y, por tanto, asumimos que los rechazos son a causa de nuestra “maldad”. En esa etapa, la aprobación de nuestros padres es crucial y, con el fin de evitar el rechazo, reprimimos todo aquello que parezca ser el origen de la desaprobación de nuestros padres y creamos el self ideal. Y, con el pensamiento exagerado de los pequeños, no basta con ser “buenos” sino hay que ser “totalmente buenos”. Así, se implanta también una exigencia de perfeccionismo que nos ayudará en mucho, a arruinar hasta los momentos más felices de nuestras vidas.

También es posible que un hecho traumático en etapas posteriores, algo que nos resulta tan doloroso como para dejarnos sentirlo nos provoque el mismo efecto: negar nuestros verdaderos sentimientos. Muchos podemos recordar el momento en que decidimos “no volver a pasar por esto”. En ese momento, nos hicimos un “juramento” que nos hizo elegir alguna u otra máscara.

El origen de las máscaras.
La premisa básica del self ideal es la falsa creencia de que no somos aceptables, deseables o dignos de amor “tal como somos”. Las máscaras son, entonces, el mecanismo de defensa que creamos para “parecernos” a este self ideal. Creamos máscaras para ocultar nuestro self rechazado. Máscaras que podamos mostrar al mundo “sin sentir vergüenza” . Máscaras que nos eviten volver a ser lastimados por el rechazo. Máscaras que nos vuelvan “invulnerables” al dolor. Máscaras con las que creemos ganaremos –finalmente- la aceptación y el amor añorado.

Como las máscaras son nuestra actuación del self ideal, podemos sentirnos orgullosos de “cumplir con nuestro deber” y, por tanto, nos da un sentimiento de superioridad sobre los demás.

Tenemos miedo de mostrarnos ante los demás y de aceptar para nosotros mismos que somos débiles, egoístas, ambiciosos o envidiosos; o que estamos enojados, tristes, derrotados y todo aquello que nuestro self ideal no puede ser. Al poner una máscara entre los demás y nosotros, tratamos de impedir que se acerquen demasiado y nos lastimen. Cuando lo hacemos ante nosotros mismos, nos traicionamos y, por tanto, nos sentimos indignos y capaces de las peores acciones. Así, aumenta el miedo de ser quien en realidad somos.

Estamos tan acostumbrados a vivir la vida como podemos, que muchas veces no sólo dejamos de luchar; sino que resistimos cualquier intento en contrario, ya sea que provenga de nosotros mismos o de los demás. Por esta obstinación o voluntarismo a mantener el status quo nos justificamos en miles de formas (“no vale la pena”, “para qué, si así está bien”, “no es posible”, “yo no puedo”, “no creo”, “no merezco” y muchas formas más) y perpetuamos las máscaras.

Usar máscaras es vivir de “mentiritas”, apartándonos de nuestra realidad, tanto en lo que percibimos como negativo como en lo positivo. La no aceptación nos lleva a vivir con miedo y angustia constante de “fallar” y no ser “como debemos ser”. La máscara nos mantiene alejados de la felicidad de aceptarnos y, por tanto, de amarnos. Aceptarnos no significa ceder ni rendirse ante aquello que no nos gusta, sino ser conscientes de ello, ser honestos con nosotros mismos.

Sería simpático, si no fuera en realidad patético, que “juramos” que los demás creen que somos la máscara que nos ponemos y así, solemos ir por la vida en un baile de máscaras. Sin embargo, los demás responderán con mayor o menor rechazo a ellas, consciente o inconsciente. Este rechazo suele revivir las experiencias dolorosas del pasado y refuerza nuestra necesidad de una máscara más perfecta. Así, creamos un círculo vicioso de mayor falsedad y mayor exigencia, aumentando el rechazo y el dolor que originalmente tratábamos de evitar.

Reconocer nuestras máscaras.
Cuando juzgamos a los demás o a nosotros mismos, cuando tememos que algún deseo, motivación, intención o sentimiento sea descubierto o se haga evidente, cuando sentimos vergüenza o culpa por no estar a la altura de nuestra exigencia, cuando queremos dar una impresión o apariencia distinta de lo que sucede en nuestro interior, cuando sentimos que la vida es superficial y sin sentido, estamos empleando máscaras.

Existen tres tipos de máscaras. La máscara de amor, la máscara de poder y la máscara de serenidad. Sin embargo, las máscaras son distorsiones de la realidad y en ellas, el amor se convierte en dependencia y sumisión; el poder en agresión y control; y la serenidad en ausencia y retraimiento. El amor, el poder y la serenidad deberían coexistir gratamente en nosotros. Pero en las máscaras las vivimos como opuestas entre sí e irreconciliables. Para ampliar más la distorsión añadimos nuestra exigencia perfeccionista y buscamos ser “totalmente amorosos”, “totalmente poderosos” o “totalmente serenos”.

La máscara de amor es un intento por obtener amor “aparentando ser amorosos”. El juego implícito es "no me hagas daño porque soy bueno y porque soy bueno, me darás lo que yo te pida". Al usarla, nos volvemos sumisos y dependientes; pero también altivos y despreciativos. La falsa creencia es que “debemos ser amados a toda costa”. La seguridad y autoestima dependen de poseer el amor y la aprobación de los demás. Dado que no pretendemos ser responsables de nosotros mismos, realmente conduce al desamparo y a forzar a los demás a satisfacer nuestras necesidades. Usamos el “desamparo” como un arma para crear sentimientos de culpa en los demás. Al emplear esta máscara vemos el mundo como un lugar lleno de “papás” y “mamás”, de quienes buscamos la protección; pero también podemos sentirnos decepcionados por no encontrarlos y vernos como una de las pocas personas “buenas” que quedan en el mundo. La máscara de amor tiende a anular los sentimientos propios en aras de la aceptación ajena, por tanto, se aleja del amor verdadero y nos convierte en víctimas.

La máscara de poder la empleamos para controlar la vida de los demás dando la apariencia de ser fuertes, independientes, y competentes. El juego implícito es "no quiero que me quieran sino con el miedo que me tengan basta". La falsa creencia es que la vida a una “lucha de poder”. La seguridad y la autoestima dependen de “ganar” siempre, despreciando las necesidades y debilidades humanas y menospreciando a quien comete un error. Tras la búsqueda del triunfo rechazamos el amor y la cercanía. Como entablamos una lucha sin cuartel contra todos y por todo, las sensaciones de vergüenza y fracaso son muy frecuentes. Esto se compensa siendo más frenéticos, dominantes y repartiendo culpas por nuestros fracasos. La negación de nuestras necesidades afectivas se convierte en estrés y en actividad incesante, alejándonos de la paz y la tranquilidad. La máscara de poder nos convierte en tiranos.

La máscara de serenidad la empleamos para escapar a los sentimientos negativos, problemas y dificultades de la vida aparentando ser “serenos”, aunque en realidad estemos evadiendo la vida. El juego implícito es "ojos que no ven, corazón que no siente". Normalmente esta máscara se emplea cuando las otras dos fueron incapaces de funcionar. Creemos que ni el amor ni la autoafirmación están a nuestra disposición y decidimos “alejarnos”. Es la actitud de la zorra ante las inalcanzables uvas (“al fin que ni quería”). La falsa creencia es que los problemas desaparecerán si los ignoramos (actitud de avestruz). La auto-traición es casi total. El compromiso con nosotros mismos y los demás es pequeñísimo. Con esta máscara nos encerramos en el intelecto, la religión o en una vida “espiritual” interior. La máscara de serenidad nos vuelve espectadores en vez de actores de la vida.

Las máscaras combinadas. Muchas veces empleamos más de una máscara en nuestras vidas, con gran confusión pues cada una de ellas emplea caminos diferentes basada en premisas contradictorias. Por ejemplo, la máscara de amor pretende ser completamente amorosa, negando la fuerza y la independencia. La máscara de poder niega la necesidad de amor, pretendiendo ser todopoderosa. La máscara de serenidad no entra en lucha por el amor ni en la batalla para dominar, pues desprecia ambas actitudes. Toda esta confusión provoca escisión en nuestras vidas y acabamos acomodando una máscara en el trabajo, otra en casa y otra ante los amigos. Así, podemos ser tiranos en el trabajo y sumisos en casa o viceversa; desapegados a la familia, pero muy afectuosos con los amigos.

Fuera máscaras.
Las máscaras jamás podrán funcionar pues se basan en la falsa creencia de que es posible evitar la imperfección, la frustración, el rechazo, la decepción, el dolor y demás sentimientos que no toleramos. Si reconocemos que son inevitables, los aceptamos y aprendemos a tolerarlos, o mejor aún, a trascenderlos, entonces podremos reducir la necesidad de las máscaras.

El orgullo, el miedo y el voluntarismo son los obstáculos a vencer para librarnos de nuestras máscaras. La única forma es atrevernos a ser lo que en realidad somos (vencer el miedo), dejar de creer que somos lo que no somos (vencer el orgullo) y comprometernos con el cambio (vencer el voluntarismo). No quiero decir que sea fácil o que debamos simplemente arrojarlas para siempre. Esto es irreal. Mientras no estemos listos para reconocer nuestras fallas y asumir el compromiso de aceptación de nuestro self real, las seguiremos necesitando y usando. Sin embargo, el primer paso es ser conscientes de ellas sin culpa ni castigo.

Aun cuando el self ideal a menudo se construye de aspectos reales y positivos, su intento por esconder al self verda­dero es tan equivocado como la falsa premisa de que somos intrín­secamente indignos de ser amados. Para poder ser felices (y para poder dar felicidad) necesitamos aceptar nuestra imperfecta naturaleza humana. Debemos hacernos conscientes que nos enojan nuestras imperfecciones, que no las aceptamos. Debemos observar nuestra resisten­cia a la auto-aceptación. Es preferible vivir nuestra vida imperfecta que tratar de vivir una mentira creada por nosotros mismos. Podría decir que el self ideal debería morir, ¡pero jamás vivió! Sólo fue un invento de nuestra mente.

Auto-aceptarnos, respetarnos y amarnos es la forma de deshacernos de las máscaras. Sin embargo, se requiere mucho valor para aceptar y convertirnos en nuestro self verdadero. Implica desembarazarnos de muchas de nuestras creencias que nos han acompañado durante toda la vida. Creencias tan antiguas y enraizadas que se convierten en las premisas a través de las cuales nos juzgamos y juzgamos al mundo. Creencias que surgieron cuando éramos totalmente débiles e indefensos, llenos de miedo y teníamos pensamiento mágico, surgidas de la intolerancia de manejar los sentimientos que consideramos negativos.

Nuestro self real es mucho más que el self ideal inventado. Al permitirnos ser lo que en realidad somos estamos en contacto con nosotros mismos y entonces podemos encontrar la paz, seguridad y amor dentro de nosotros mismos y dejar de buscarla en los lugares equivocados, por las razones equivocadas de la forma equivocada. Cuando abandonemos nuestras máscaras seremos seres humanos verdaderos.

Enoch Alvarado